¿Quién se ensuciará las manos?

Emigrantes ilegales y refugiados son utilizados como mano de obra barata en la reconstrucción de la ciudad. Para muchos, es la única oportunidad laboral tras el huracán

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Tatiana López - env. especial | nueva orleans
León

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Antes de Katrina las manos de Rhedra White eran consideradas por muchos habitantes de Nueva Orleans casi como un tesoro local. Experimentada chef de uno de los hoteles más prestigiosos de la ciudad, a sus 46 años, Rhedra lo perdió todo en el huracán: «Pero sigo teniendo mis 10 dedos para trabajar». Cuando Diario de León contacta con la antigua cocinera en la habitación 306 del hotel Beft Western, la mujer utiliza su preciada posesión frotando la puerta del cuarto de baño completamente manchado de rojo. «¿Eso es sangre?» Rhedra agita lentamente la cabeza en un signo afirmativo. A pesar de estar más acostumbrada a manejarse entre cacerolas que a presenciar autenticas sangrías no parece impresionada. Ya ha limpiado varias habitaciones y se ha inmunizado contra el asco «alguien tendrá que limpiar todo, ¿no?», comenta sonriendo. La mujer tiene razón, sólo en el hotel donde trabaja la suciedad acumulada en las esquinas inunda el aire con un olor nauseabundo. Pero aún así enfundarse los guan-tes de plástico y convivir con la lejía durante 12 horas no se hace por vocación: «Yo tengo que ganar dinero, me quedé sin nada y no puedo esperar a que mi hotel me vuelva a contratar. Estaba en el campo de refugiados y esta empresa buscaba gente para limpiar. No me lo pensé 2 veces.». Quizá fuera la falta de reflexión, o simplemente la falta de oportunidades, lo que hizo que Rhedra aceptara un empleo en el que se le exige una media de 12 a 14 horas de trabajo, y se le paga por debajo del sueldo habitual. Un empleado de la empresa cobra 14 dólares mientras ella sólo cobrará 10 por cada 60 minutos de esfuerzo. «Sé que no es gran cosa, pero es todo lo que tengo. Ellos por lo menos me dan ropa, lo único que pude sacar cuando el agua subió al segundo piso fue lo que llevaba puesto. Tengo que comprar otra casa, rehacer mi vida, necesito dinero», se justifica. Su discurso no es extraño en un país acostumbrado a que el Tío Sam no pague ni una sola factura. Desde la administración Bush se insiste en que llegarán 50.000 millones de dolares, pero las promesas no convencen y las subcontratas encuentran el terreno perfecto con miles de personas desplazadas y dispuestas a cualquier trabajo. Por si acaso no hubiera suficientes nacionales para recoger la basura, Estados Unidos ya ha llamado a las puertas de su vecino Méjico. Concretamente ambos países han llegado a un acuerdo por el que ningún contratista sera sancionado durante los próximos 45 días si utiliza a indocumentados para trabajar en Nueva Orleáns. La oportunista tregua no satisface a todos. «Es una vergüenza, los van a utilizar, les pagarán una miseria, y después los devolverán a su estado irregular», protestaba al enterarse de la noticia un trabajador temporal ecuatoriano desplazado desde Houston por una subcontrata de limpieza. Aún así, la mayoría de los contratistas presentes en la zona todavía no habían aprovechado la oportunidad. «Pero si eso es así lo haremos pronto», aseguraba Rob Davis, responsable de la empresa Cleaner Safesty.

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