| Crónica | El desafío nuclear de los ayatolás |
Los campos de la locura Desfile de jefes de Estado para la investidura de Michelle Bachelet
La discusión sobre el programa nuclear de Teherán parece esconder la construcción del «casus belli». La razón para desencadenar una guerra y quedarse con el crudo iraní
Bachelet se cruza la banda tricolor en el acto de toma de posesión
El Gobierno norteamericano decía el miércoles que no buscará la imposición de sanciones contra Irán en la primera fase de las deliberaciones del Consejo de Seguridad sobre su programa nuclear. El Departamento de Estado afirmaba que espera que el foco de la atención mundial en el Consejo hará que el régimen de los ayatolás cambie de rumbo. ¿Declaración de intenciones, o estrategia en varias fases que apunta a un verano caliente con movilizaciones internas y una campaña de desobediencia civil como adelantan los disidentes iraníes en Estados Unidos a sueldo de la Administración Bush? Por el momento, ya se ha conseguido una victoria diplomática al traspasar el foro de debate nuclear, de la Agencia Internacional para la Energía Atómica, con sede en Viena, al Consejo de Seguridad, en Nueva York, el lunes pasado. Los cinco miembros permanentes del Consejo, Estados Unidos, Rusia, Francia, China y el Reino Unido han establecido una serie de pasos. Los primeros se espera sean pequeños e incipientes. Sin embargo, las declaraciones de dos pesos pesados de la Administración, el embajador ante las Naciones Unidas, John Bolton, y el vicepresidente, Dick Cheney, apremiando para que se detenga el enriquecimiento iraní de uranio, han encendido todas las alarmas. Wang Guangya, el representante chino -el gigante de la economía mundial, con pies de barro, porque no cuenta con petróleo y su principal proveedor es Irán- definía la situación como «seria» pero apuntaba que «las medidas que se tomen no deben en ningún modo agravar la situación». Según muchos observadores, nos hallamos en el estadio de búsqueda de c asus belli , como ocurrió antes de la guerra contra Irak y, además, con los mismos pretextos: un régimen en Oriente Medio en manos de un «tirano» y el desarrollo de armas de destrucción masiva. Y además en zona en la que se halla Israel, a one bomb country, un país que puede ser borrado del mapa con una sola bomba. La arenga del presidente radical iraní, Mahmud Ahmadineyad, retomando los deseos de Jomeini y de todos los duros de la región, eliminar de un plumazo la existencia del estado hebreo, ha presentado una excusa perfecta a los enemigos del estado teocrático de Teherán. Presencia israelí Seymour Hersh, el veterano periodista norteamericano, famoso por sus acusaciones de masacres civiles en Vietnam o, más recientemente, por destapar el escándalo de las torturas en la prisión iraquí de Abu Ghraib, ha descubierto «la presencia de fuerzas especiales israelíes dentro de Irán, en una tarea urgente de localización de los centros donde se estaría enriqueciendo uranio. Lo hacen desde una base en el norte de Irak, vigilada por efectivos israelíes con aprobación norteamericana». Un secreto a voces, recogido por la misma prensa israelí. Como la visita a Jerusalén, del líder kurdo, Massud Barzani. Según otra rama de la rumorología típica de estos casos, si se llegan a aprobar bombardeos selectivos para acabar con la amenaza nuclear iraní -como la de la central iraquí (francesa) de Osirek, en 1981- podrían participar cazabombarde-ros de la OTAN -hace 25 años lo hizo un escuadrón israelí- para no exaltar todavía más los ánimos. Para los amantes de la teoría del paralelismo Irak-Irán o Mesopotamia-Persia, sirve de prueba concluyente que el «papel» de Ahmed Chalabi -el polémico abogado de buena familia iraquí, enemigo de Sadam, exiliado en Ammán y habitual de los restaurantes y los lobbies que más cuentan en Washington- en los tiempos previos a la invasión de Irak, lo desempeñe ahora Maryam Rajavi, compañera del fundador -misteriosamente desaparecido- de batallones de guerrilleros iraníes anti-Jomeini, en suelo iraquí. Hasta ahora habían sido considerados un grupo terrorista, pero parte de los 8.500 millones de dólares que el Congreso norteamericano ha aprobado como ayudas a la insurgencia en Irán irán para ellos. El otro pilar del plan para derrocar a los ayatolás es el actual sha, Reza Pahlevi, hijo del último, Mohamed Reza. En 1953, la CIA ya le devolvió el trono, en la famosa «Operación Ajax», después de que el primer ministro, Mossadegh, nacionalizara el petróleo. Shahriar Ahy, mensajero extraoficial entre el Sha y la Casa Blanca, en los tiempos previos a la revolución jomeinista de 1979, dejó su cargo como presidente de una multinacional de la comunicación en Arabia Saudí, a principios del 2004, para asumir el cargo de consejero de Reza Pahlevi. Su domicilio se halla a pocos metros de la central de la CIA en Langley, Virginia. La pista del petróleo Decían los latinos que para entender los vaivenes de una situación complicada la fórmula «Qui pro bono? (¿A quién beneficia?)» sirve como timón de un proceso intelectual más o menos difícil. Como la de la pista del dinero. Ahora deberíamos actualizarlo todo, y optar por seguir otra pista, la de los oleoductos... Desde el Cáucaso, el Mar Caspio, donde se hallan las mayores reservas del mundo de gas, al Golfo Pérsico, los oleo-ductos que faltan para tener una continuidad geográfica segura, son precisamente los iraníes. Triángulo estratégico Entre Irán e Irak, en el triángulo estratégico trazado desde el descubrimiento del petróleo en el sur de Irán, en 1901, se encuentran las mayores reservas del mundo de petróleo. En las marismas que forman las desembocaduras de tres ríos: el Karún iraní, el Tigris y el Éufrates, iraquíes, en el Golfo. La parte iraquí, ya está en manos británicas y norteamericanas. Tres ríos y tres ciudades: Ahwaz, en Irán -donde últimamente no paran de estallar bombas-, Basora y Amara, en Irak. Las marismas de las mayores bolsas de petróleo por explotar del mundo tienen un nombre: gakul maachnum, los campos de la locura. Según las leyendas, allí se situaba el paraíso terrenal. Con una ceremonia solemne pero al mismo tiempo alegre y emotiva, la socialista Michelle Bachelet, una médica de 54 años, separada y con tres hijos, asumió ayer su cargo como primera presidenta de Chile por un período de cuatro años. Vestida de traje blanco, la nueva presidenta saludó a mandatarios y ministros de más de 200 países que llegaron a este país sudamericano para asistir a un cambio de mando histórico. «¿Prometéis desempeñar fielmente el cargo de presidenta de la República y guardar la Constitución y las leyes?», le preguntó el senador y ex presidente Eduardo Frei (1994-2000), encargado de tomar el juramento. Y la flamante mandataria respondió: «prometo» con los ojos húmedos pero sin llorar. Valparaíso irrumpió en un largo aplauso y vivas de familiares y amigos a Michelle. Enseguida, el presidente saliente, Ricardo Lagos, se quitó la banda tricolor y la entregó a Frei, que se la colocó a Bachelet cruzada sobre su traje blanco. Los actos comenzaron en la víspera cuando llegaron a Santiago los primeros visitantes ilustres para saludar a Bachelet. El príncipe Felipe de Borbón fue el primero. Luego la presidenta de Nueva Zelanda, Helen Clarck; el presidente de Sudáfrica, Thabo Moeki; el mandatario electo de Haití, René Préval; el vicepresidente de Cuba, Carlos Lage; la secretaria de Estado de Estados Unidos, Condoleezza Rice, y la gobernadora general de Canadá, Michaelle Jean.