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GONZALO PARENTE
León

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DE PRONTO, toda Europa ha puesto su atención en Turquía. La visita de Benedicto XXVI ha representado la gran ocasión y el momento estratégico que han podido aprovechar tres protagonis-tas de oportunidad: la Iglesia de Roma, la UE y Turquía, cada uno con sus propios intereses, pero en cierta forma convergentes. El Papa está interesado en que el mundo musulmán, en este caso representado por 80 millones de turcos, acepte su ofrecimiento de afecto fraternal para abrir un diálogo sin mirar atrás; la UE requiere de Turquía dos condiciones difíciles pero no imposibles de cumplir: el reconocimiento de Chipre y la práctica de los derechos humanos; Turquía, ese gran país puente entre Oriente y Occidente, miembro activo de la OTAN, empeñado en integrarse en Europa, tiene la gran ocasión para demostrar que puede convivir con los países europeos y que éstos encontrarían en ellos una puerta para el entendimiento con el mundo islámico. El sueño de Ataturk, padre de la Turquía moderna, se realizará el día que esta nación se siente en el Parlamento europeo. La visita del Papa ofrece esa posibilidad, buena para todos, o al menos así parece .

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