El presidente sólo está dispuesto a seguir si el nuevo Gobierno tiene garantías de estabilidad
Prodi urde nuevos pactos con Italia sumergida en un limbo político
Los democristianos piden cambios de programa para pactar con la izquierda
La política italiana ha entrado en un limbo de absoluta incertidumbre y que además es enormemente confuso, porque es muy ruidoso. Decenas de líderes, desde los grandes a los más variopintos jefecillos, opinaban y se replicaban ayer a todas horas sobre las múltiples hipótesis para sacar al país del atolladero en que entró el miércoles con la caída del Gobierno de centro-izquierda de Romano Prodi. La vibración de las conspiraciones se nota en las paredes y los teléfonos arden. Quien debe mantener la cabeza fría y tiene la última palabra es el presidente de la República y jefe de Estado, Giorgio Napolitano. Tras recibir la dimisión de Prodi, después de que el Senado rechazara su plan de política exterior, se ha reservado la decisión de aceptarla o no y hoy inició una ronda de consultas con todos los partidos, que terminará mañana por la tarde. Con esta visión general y las confidencias de cada cual, comprobará si aún existe una mayoría para que gobierne Prodi, o por el contrario no queda más remedio que convocar de nuevo elecciones, aunque sólo hayan pasado 10 meses desde las últimas. Berlusconi y la oposición prefieren un Ejecutivo técnico consensuado que sirva para llegar a unos comicios «quizá en un año». Estabilidad necesaria ¿Existe una mayoría fiable para gobernar en Italia? Ése es el gran debate, pero tiene muchas respuestas y, la verdad, ninguna es buena. Pero parece casi mejor que perder aún más tiempo organizando otros comicios o con un Gobierno técnico descafeinado y sin margen de maniobra. Romano Prodi confirmó el miércoles que está dispuesto a seguir sólo si los nueve partidos de La Unión, la coalición de centro-izquierda, le garantizan que esta vez nadie le va traicionar, un mensaje a comunistas, verdes y demás revoltosos para que cierren filas. Es lo que dice cada vez desde 1996, y luego se lo suelen prometer, pero al final siempre se la acaban jugando de nuevo. El miércoles, de hecho, se salieron de la votación dos comunistas, disconformes con la presencia italiana en Afganistán. Todos los partidos de La Unión hacían ayer acto de contricción, se juraban de nuevo amor eterno y pedían a Prodi que volviera. Un problema de números Sin embargo, al margen de las lealtades, el gran problema de Prodi es puramente numérico. Salió de las urnas con sólo dos votos de diferencia en el Senado, una ventaja mínima con la que nadie ya se atreve a poner la mano en el fuego. Con un tránsfuga ya declarado, un puñado de senadores siempre incontrolables y siete vitalicios que son de opinión cambiante o salud precaria, no salen los números. Es más, este grupo de venerables diputados honoríficos mayores de 80 años es la verdadera clave. Como paradigma del país, Italia está en manos de un puñado de ancianos que llevan décadas en el poder y siguen decidiendo sus destinos. La derrota del miércoles se debió a una gripe de Oscar Luigi Scalfaro, favorable al Gobierno; el voto contrario de Francesco Cossiga, siempre imprevisible; y la abstención por sorpresa de Giulio Andreotti, que en principio iba a apoyar al Gobierno pero cambió de idea, y Sergio Pininfarina, que nunca pisa el Senado y misteriosamente ayer apareció sólo para hundir a Prodi. Por esa razón, la única solución es ganar más apoyos de los actuales y La Unión se ha pasado las últimas horas en una febril búsqueda de nuevos amigos, calculadora en mano. Como en los viejos tiempos -antes de los cinco años de Berlusconi-, se ha tendido la mano a quien en la oposición quiera cambiar de bando a título individual. Pero tras este intento a la desesperada, también ahora como en el pasado la llave de la estabilidad vuelve a estar en manos de los partidos pequeños y sus pormenorizados chantajes. Descartados Forza Italia, el partido de il Cavaliere ; la Alianza Nacional posfascista de Fini y la separatista Liga Norte de Bossi, los habituales grupillos democristianos están en el punto de mira. La UDC de Casini, crítica con Berlusconi y siempre dispuesta a esgrimir el interés nacional cuando coincide con el suyo, ayer se hizo la remolona, pero se mantenía posibilista. Su exigencia es muy sencilla: entrar ellos y que salgan los comunistas. Sin embargo, esto rompería la Unión como hoy se entiende y todo saltaría por los aires. También anda por ahí un democristiano disidente, Marco Follini, que hizo su propio partido y pide a cambio del apoyo «un giro al centro». En todo caso, si al final hay un Gobierno, quizá sólo viva para cambiar la demencial ley electoral que aprobó Berlusconi antes de irse y convocar nuevos comicios. Es el origen del desastre de estos días, pero es que ése era su objetivo declarado: hacer imposible un gobierno de Prodi.