Casco 201

Nueve jornadas en el latido de la segunda Marcha Negra, conviviendo día y noche con sus 200 hombres o en la mayor de las soledades, me dicen que la mina volverá a llorar

Imagen del «201», derecha, durante la marcha en el tramo entre Brañuelas y Astorga.

León

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No había que buscar al ahogado aguas arriba, sino más bien dejarse llevar río abajo. Todo podía ocurrir, pero pronto valoraron el simple trabajo de un cronista pegado día y noche a ellos y lo aceptaron como uno más del grupo en cuestión de horas; y acabaron siendo 222, con sus minutos y sus segundos. Siempre juntos o cada uno en la mayor de las soledades, los 200 hombres que culminaban el pasado jueves la segunda Marcha Negra fueron contando su pequeña historia, a su manera, abriéndose poco a poco y convirtiendo, sin saberlo, una crónica puramente descriptiva en un relato diario de desasosiegos, anhelos y turbaciones. Terminó la aventura y el periodista que firma, tras atravesar una envidiable aventura personal y profesional, acabó bautizado como el «201», número de orden con el que recorrió los 195 kilómetros que separan la salida de Villablino, el martes día 21, de la llegada a la capital leonesa el día 29. Al pasar por pueblos grises como el plomo, estos ojos han dejado atrás imágenes que recuerdan a familias de otro siglo despidiéndose de héroes con una misión.

Vivir en las entrañas de la marcha sus nueve días de recorrido por las cuencas mineras, primero, y por los páramos leoneses, después, ha sellado estampas y gestos irrepetibles. Me quedo con aquel momento en Corbón del Sil, en la primera etapa. Una mujer muy anciana, enlutecida, esperaba a los mineros sentada fuera de su casa, una vivienda ya alejada del pueblo. No podía articular palabra, pero la fortaleza de su mano alzada, tendida al paso de los mineros, y las lágrimas secas en su rostro expresaban más que cualquier frase o silencio. La imagen tenía la fuerza dramática del Goya más tormentoso y, a la vez, una dulzura extrema. La columna de los 200, con el gesto dirigido hacia la anciana, pasó muda.

¿De qué otra manera se puede interpretar la acogida de la marcha en los pueblos mineros si no es que en ella veían el último hilo de esperanza en el futuro? He visto salir a todo un pueblo, niños y viejos, a despedir a los mineros hasta donde la Guardia Civil se lo permitió. Y estoy seguro que muchos de ellos continuarían hasta el infinito si les hubiesen dejado. He paseado los ojos por las ventanas del geriátrico en un pueblo ennegrecido y he visto a centenarios hacer un esfuerzo sobrehumano por susurrar un «¡viva!» o a los hijos e hijas de los mineros echarse a la calle espontáneamente con una energía arrolladora. Desde luego, el paso de los 200 se vivió en las cuencas como una auténtica heroicidad. En respuesta, unos se portaron mejor que otros. Mientras las familias, vecinos e industriales de muchos municipios mineros se volcaron, junto a Cruz Roja, con el apoyo humanitario a esta marcha, hubo lugares en los que incomprensiblemente estos hombres no llegaron a comer un plato caliente durante días o donde se les habilitó un metro cuadrado por persona para dormir. Se percibe que ya no hay unanimidad social en el apoyo a sus reivindicaciones. El desinterés viene siendo proporcional a lo lejos que quede el problema. Las prejubilaciones han hecho mucha «pupa» en la sociedad, pero hay que dejar claro que en esta marcha se ha reivindicado más la perspectiva de las recolocaciones y la reindustrialización que el subsidio de un sector en dulce agonía. La mayoría de los integrantes no pasaba de los 30-35 años y había un amplio grupo de chavales veinteañeros subcontratados, que es lo que abunda ahora, cuyo sueldo neto ronda los 800-900 euros. Acudió una representación de todas las categorías profesionales del sector del carbón, desde el transportista al picador. Y el denominador común, por tanto, no son los sueldos de 3.500 euros que tanto rascan en un momento de crisis como el actual, sino lo otro.

Sería valiente abordar el problema real a unos pocos meses de las elecciones, pero es evidente que se debería aprovechar el momento para diagnosticar un problema crónico, como es el que padece la industria energética y, en particular, la minería del carbón. Claro que sale más barato comprar el mineral en países donde no existen derechos humanos y que las minas -"en León sólo está en manos privadas-" no pueden vivir de las subvenciones para los restos. Por tanto, el futuro para evitar la incertidumbre permanente que viven las cuencas leonesas sólo puede atravesar dos caminos: nacionalizar el sector y equipararlo a la minería asturiana (Hunosa) o privatizarlo con subvenciones que sirvan de colchón para un verdadero reajuste. Pocos con los que compartí noches de polideportivo conocen mineros beneficiados de un plan de reindustrialización. Y eso que ya se han invertido más de 1.700 millones de euros en las cuencas leonesas para este fin desde que se puso en marcha el primer plan del carbón, en 1998. Es previsible, por todo esto, que la historia se repita.

Sólo Santa Bárbara les pone de rodillas. En lo humano aparentan ser broncos, rudos. Pero llevan impregnada una disciplina que les hace ser hombres particularmente educados guardando el turno, compartiendo lo que sea u ofreciendo sitio. También es gente sentida y que ha añorado muy especialmente a los guajes, porque si hay algo sorprendente en este colectivo son sus jóvenes mujeres y los numerosos hijos. Casi siempre eligieron la mina por tradición o necesidad y, es curioso, pero absolutamente todos mantienen que el tajo engorda -"algunos trabajan a 26 grados con 70% de humedad-". Su respeto a los viejos mineros es admirable, tanto que los gestos que han tenido constantemente los prejubilados de la Marcha Negra del 92 han servido de aliento para continuar cada día. Los que quedan, porque muchos ya no están. Si hay un rasgo sociológico destacable es su culto a los muertos. Abundaban camisetas con fotografías de familiares fallecidos -"me apenó en lo más profundo ver a Elías Barrero abanderar la columna humana en León con la fotografía de su hermana Sheila, víctima de un asesinato sin resolver-", los mensajes en los cascos a padres o hermanos con vidas mutiladas por la mina, los cayados de antepasados que custodiaban con miramiento y recuerdos de todo tipo, siempre visibles. Sus silencios tampoco son como los del resto. Parecen más largos. Muchos de ellos buscaban la soledad en el primer cigarro o el último. Enternecedoras las conversaciones telefónicas por la noche con sus hijos y, por qué no decirlo, encuentros entre machos alfa, pero sin que trascendieran a más. Yo las llamaba las «damas de negro», por emular el coraje de las «damas de blanco» que luchan por la liberación de prisioneros políticos en Cuba. Ellas, esposas o madres, han sido, como en cualquier odisea humana, un pilar fundamental. Han seguido cada paso, les han cuidado, no les han dejado nunca solos. Aunque también he escuchado el recóndito lamento del hombre abandonado.

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Ha habido días y días, desencuentros incluidos. El más sonado fue el que protagonizaron el día de la Huelga General al no querer sumarse a la manifestación sindical de León. Tiene su lógica. Esa mañana, en Villadangos del Páramo, se acercaron dirigentes de León y forzaron la adhesión de la manifestación de la huelga a la columna humana de mineros, relegando a las familias y a todos los demás al final de las pancartas del 29-S. Desde el mismo día de la partida, si hay algo que se dejó claro es que se llegaba a León el día 29 porque era la fecha que Bruselas debatía la propuesta española del decreto sobre el carbón, no por la huelga. Aún así, las federaciones sindicales, que por otro lado han estado apoyando la marcha desde el principio, insistieron en unir las manifestaciones frente a la sede de los sindicatos con el siguiente orden: mineros, manifestantes de la huega y familias. Ni que decir tiene que las miles de personas que acompañaron a los mineros respaldaron con vivos aplausos su sentada para no adherirse a la manifestación de la huelga. Lo demás fueron provocaciones recíprocas que no llegaron a más. Mala foto para el final de una aventu ra humana vivida bajo el casco 201. No creo que hayan sido héroes, porque son hombres vulnerables; tanto que la mina volverá a llorar.