León y la Constitución de 1812
DIARIO DE LEÓN se suma al bicentenario de La Pepa y ofrece desde el martes el libro sobre los 26 leoneses que impulsaron la reforma y participaron en las sesiones que convirtieron a súbditos en ciudadanos.
F. carantoña
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Apesar de las dificultades e injusticias que provoca la crisis económica, la inmensa mayoría de los españoles estamos de acuerdo en que la democracia representativa, la libertad y el derecho a la educación, la sanidad y una jubilación digna nos permiten vivir mejor que ninguna de las generaciones pasadas. La Historia nunca se detiene, ni es un camino que avance necesariamente hacia el progreso y el bienestar, por eso somos también conscientes tanto de que podemos perder lo que hemos conseguido, como de que está en nuestras manos mejorarlo.
No hay que mirar muy lejos hacia el pasado para encontrar desigualdades, injusticias y arbitrariedades mucho mayores de las que hoy podemos censurar en nuestro sistema. Si fuéramos un poco más hacia atrás en el tiempo, no demasiado en términos históricos, descubriríamos una sociedad desde hacía milenios anclada en la actividad agraria, fundamentada en la desigualdad natural entre los seres humanos, en la que el poder residía en el monarca y en la que la mayoría de la población -rural, pobre y analfabeta- carecía de casi todos los derechos que hoy nos parecen naturales. Hace doscientos años, en ese país semifeudal, dominado por la intolerancia religiosa, un parlamento elegido en medio de grandes dificultades, pero que representaba a los habitantes de todos los territorios de la monarquía hispánica, aprobó las leyes y la Constitución que abrieron el camino hacia la moderna democracia. España se dotó de una de las primeras Constituciones escritas de la Historia Contemporánea, un texto muy avanzado para su época, que fue admirado e incluso copiado por los liberales de otros países.
La reunión de las Cortes de Cádiz en 1810 y la aprobación de la Constitución en 1812 fueron el fruto de una revolución contradictoria que, como bien indicaba Marx en un artículo que escribió en 1854 para un periódico norteamericano, tenía como en ningún sitio «la impronta de la regeneración unida a la impronta reaccionaria». Los españoles se levantaron en 1808 por su rey, pero también por su libertad. El deseo de cambio estaba muy arraigado en la sociedad, el rechazo a la «tiranía» era generalizado tras el gobierno de Godoy, aunque muchos luchaban sobre todo contra un emperador francés al que consideraban hijo de la revolución. Que el rey estuviese ausente facilitó que el pueblo recuperase la soberanía, que hubiera abdicado sin contar con la opinión de los españoles y que Napoleón dispusiese del trono según su voluntad dio argumentos a los liberales para defender la soberanía de la nación y, como dispone el artículo segundo de la Constitución, que: «La Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona».
Las Cortes de Cádiz representaban a las élites de la España de hace dos siglos: un tercio de sus diputados eran eclesiásticos, otro tanto, quizá más, nobles -sobre todo hidalgos- y el resto eran hombres de leyes, cargos municipales y funcionarios de la administración. Casi no había «burgueses», sin embargo los liberales lograron sacar adelante reformas que todavía hoy nos asombran por su modernidad. La nueva Constitución estableció que las leyes serían elaboradas por un parlamento elegido por sufragio prácticamente universal masculino y que «el objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bien estar de los individuos que la componen». Una nación que estaba «obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen». Así quedaron sentadas las bases de un sistema político representativo, fundamentado en el principio de la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos y en la libertad individual.
El camino hacia la moderna democracia, hacia una sociedad más justa y próspera, fue largo y tortuoso, pero quedó abierto por la Constitución cuyo segundo centenario conmemoramos. Merece que hagamos un esfuerzo por conocerla, también a los diputados que participaron en su elaboración. Deseamos que el libro que ofrecemos a los lectores gracias a Diario de León contribuya a ello, especialmente porque se centra en lo más próximo, en cómo participó León en la obra de las Cortes.