80 aniversario del nacimiento | el articulista que empezó en león
El primer Umbral
Hoy se cumplen ochenta años del nacimiento en Madrid de Francisco Umbral (1932-2007), hijo de la coyantina Ana María Pérez Martínez (1905-1953). Como hiciera su madre, el escritor siempre se quitó tres años. En León, donde trabajó tres años, publicó su primer artículo, confesó por escrito su verdadera edad y adoptó el seudónimo de Umbral.
Francisco Umbral recoge en Villablino, el 12 de septiembre de 1965, su Premio Provincia de León de Literatura, por ‘Días sin escuela’, dotado con diez mil pesetas y medalla.
Cuando obtuvo en 2000 la edición de plata del Premio Cervantes, Francisco Umbral ya llevaba un cuarto de siglo mecido por las olas del éxito. Más o menos, los mismos años que cumplía aquel galardón dignificado en su estreno por el poeta Jorge Guillén, que lo recibió sin reyes ni ministro, de manos de un director general granadino con mueca de fastidio. Entonces ya era Umbral escritor de culto, cronista rutilante y el novelista de la memoria. Pero los comienzos fueron bien distintos. Sus primeras novelas no pasaron de finalistas en certámenes de variado pelaje (el Guipúzcoa, el Elisenda de Moncada y así), con dos decepciones muy hirientes: el Alfaguara surgido en la órbita de Cela (que ganó Torbado) y el Nadal tutelado por Delibes, que fue a parar a Cunqueiro.
A lo largo de tres años, entre 1958 y 1961, Francisco Umbral desarrolló en León la primera escala de su trayectoria literaria, con un empleo en la emisora del Movimiento y sección fija en DIARIO DE LEÓN. Tres años antes de su llegada, había publicado el primer artículo de su carrera en Arco , la revista del Seu de Veterinaria que dirigía Carlos Vélez, y cuatro después de su despedida recibiría en el cine Muxiven de Villablino el premio Provincia de León de Literatura por la novela Días sin escuela . Vélez, que era hijo del fundador de Proa , hizo tres números de Arco antes de poner en marcha la aventura de Acento cultural y más tarde el televisivo Encuentros con las letras . Sus contraportadas estuvieron dedicadas a Machado, Vallejo y Lorca, y junto al texto de Umbral aparecían versos de Celaya, Alberti, Crémer o Miguel Hernández. Hablamos de León, ‘la ciudad fría y gótica’, en las postrimerías de 1955.
Experiencia en la radio
En la radio, adonde lo llevó su primo José Luis Pérez Perelétegui, que era el director, coincidió con Luis del Olmo, quien a veces ponía voz a sus cuartillas, aunque él prefería el timbre melodioso de María Jesús Álvarez Moro. También estaba entonces en la emisora, que acababa de mudar su indicativo de Radio Falange por el más aséptico de La Voz de León , una hermana de Rodolfo Martín Villa. Y los poetas José Luis Chiverto y Salvador de Pablos. Eran aves de paso. Luis del Olmo y María Jesús, hacia la radio de Madrid. María Teresa Martín Villa, hacia la recién creada emisora episcopal, donde tuvo una muerte anunciada y muy emotiva, casi de mártir de las ondas. Los poetas también volaron. Chiverto se hizo llanisco por amor y Pablos dio tumbos hacia el olvido.
En aquellos años leoneses emprende Umbral una corresponsalía peculiar para El Norte de Castilla , donde combina los imperativos de la agenda oficial con el calendario de ferias agropecuarias y certámenes de la trucha. Cultiva la columna literaria en DIARIO DE LEÓN, donde el cura Lama le da cancha, además de una página miscelánea de literatura, arte, crítica de estrenos y anuncio de concursos, cuyo formato trasplantará más tarde al Ya de Madrid. Sus secciones en La Voz compiten con las de Crémer en Radio León . También lleva programas con público y piano, discos dedicados, espacios comerciales de las firmas más rumbosas de la ciudad y la asesoría cultural del Círculo Medina de la Sección Femenina. Machaca las mañanas en los veladores del Vitoria y por las tardes hace a veces el paseo de los poetas con don Antonio de Lama, ida y vuelta entre la catedral y el Bernesga. Junto a Gamoneda, Pereira, César Aller y Castro Ovejero, el crítico musical sordo que dirige el Conservatorio.
Hasta el 2 de octubre de 1958 no se estrena como Umbral. Sigue firmando como Francisco Pérez Martínez, los apellidos de su madre coyantina, de Valencia de don Juan. Cerca, aguas abajo del Esla, está Algadefe (‘cuya extraña eufonía me atrajo’), nutriente de sus seductoras algadefinas. En León tiene una familia acogedora y bien situada, sobre todo el primo Santiago, gerente del Servicio Municipal de Aguas, secretamente enamorado de su madre y dadivoso con los caprichos del niño. Él le regaló el único juguete recordado de su infancia. También va construyendo su obra y tejiendo los primeros contactos. Trae a Hierro al Círculo Medina, que luego lo llevará a Madrid, a su primera lectura de relatos en el Ateneo, y le publicará Tamouré en Editora Nacional, ilustrado por el poeta.
También en el relato
A principios de los sesenta, Umbral cultiva el relato, que le da las primeras satisfacciones literarias: premios en Alicante y Badalona, en Tomelloso y León. Gana el concurso de cuentos de DIARIO DE LEÓN con La paloma en el negociado y su firma se convierte en habitual de programas festivos y guías comerciales, hasta que estalla el escándalo en una sesión navideña del cinefórum, cuando las damas de azul y los flechas le silban su presentación del Orfeo de Cocteau. La prensa falangista aprovecha el trance para ajustar cuentas y Umbral el barullo para decir adiós. Antes publica durante un mes en el diario su sección La ciudad y los días. Ya en Madrid, recupera en la revista de la Casa de León, a lo largo del verano de 1962, Crónica de las tabernas leonesas , en cuyo capítulo dedicado a Villa Evarista, la bolera con porrón del Ejido, confiesa su nacimiento en 1932. Han pasado los años y algunos malentendidos siguen en pie.
En los años oscuros de Madrid, trabaja con García Nieto en Cultura Hispánica y derrocha colaboraciones en las revistas oficiales: Poesía Española, Mundo Hispánico, Cuadernos Hispanoamericanos y La Estafeta Literaria. A mediados de los sesenta, emprende la colaboración diaria a través de la agencia Colpisa, que supone su primera etapa como articulista de referencia, antes de la incorporación sucesiva a El País, Diario 16 y El Mundo . De la década prodigiosa, cuando reseña una media de diez libros poéticos al mes, le viene su predilección lírica, que alimenta y distingue una prosa singular. De la poesía obtiene también algunos de sus mejores títulos: Mortal y rosa , de Salinas; El Giocondo , de Lorca; Un carnívoro cuchillo , de Miguel Hernández; Si hubiéramos sabido que el amor era eso, de Rafael Montesinos. Pero, sobre todo, su dedicación a la crónica literaria lo convierte en testigo privilegiado del fin de una época, el declive del franquismo.
Más allá de los ademanes altisonantes que arropan al personaje, su obra se decanta en elegía sustantiva a través de una prosa lírica y melancólica por la que transitan la infancia, la adolescencia, el erotismo y la provincia como espacios iniciáticos de revelación y descubrimientos. En 1965, además de los relatos agrupados en Tamouré , publica Larra, anatomía de un dandy (donde fantasea su bautismo en la misma pila de la Virgen de la Paloma) y Balada de gamberros , finalista del Premio Guipúzcoa que obtuvo Enrique Cerdán Tato. Un año más tarde aparece Travesía de Madrid , en plena decepción del Alfaguara que ganó Torbado. Luego pasa su bienio negro del que emerge en 1968 con el ensayo Lorca, poeta maldito , que le reporta viajes, conferencias y prestigio. También una ruidosa polémica con los hermanos del poeta, molestos porque desvela su homosexualidad. Insiste en el género con un Valle-Inclán y un Lord Byron , que es traducción inconfesa de André Maurois. En 1970 se despide momentáneamente de este tipo de ensayismo con un Delibes poco canónico, que transparenta las predilecciones estéticas del biógrafo.
Las vírgenes (1969) recoge los restos de su narrativa breve, que más tarde agrupará con un prólogo luminoso en Teoría de Lola . Apenas volverá al relato breve. Un año antes, su novela El Giocondo , todavía titulada ‘Historias del Gijón’, queda finalista en el Nadal que gana Cunqueiro. Problemas con la censura retrasan su aparición hasta 1970. Es su primera novela convencional, escrita en clave, y constituye un éxito notable. Los lectores identifican entre sus personajes a famosos como Marsillach, Rabal o María Asquerino y a escritores que encajan el retrato con reproches: Brines, Bousoño, Gala o Fernando Quiñones. Entre medias, se malogra en una edición marginal otra buena novela lírica, Si hubiéramos sabido que el amor era eso , que apresa en sus páginas el texto de varios relatos. Lo mismo ocurre con las cinco historias de Las europeas , una novela erótica publicada en Andorra. La década que anuncian asistirá a la consagración de Umbral como narrador lírico, memorialista y escritor de periódicos. Ya lejos de León.