La tarde de las faenas inventadas

La terna sale a hombros ante un encierro con pocas posibilidades. Hermoso de Mendoza aprovechó el buen cuarto y Ponce el repetidor quinto; Padilla arrancó la oreja del sexto para asegurar la puerta grande.

Pese al mal juego que dio el ganado, la terna que protagonizó el festejo de la tarde de ayer fue sacada a hombros por los aficionados.

León

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EL FESTEJO

Toros: Se lidiaron dos toros para rejones de San Pelayo, fijo y repetidor el cuarto; y cuatro de Albarreal, sosos, parados y con falta de celo. Sólo el quinto permitió el lucimiento, y recibió palmas en el arrastre. Los toreros: Pablo Hermoso de Mendoza: dos pinchazos hondos, rejón entero atravesado (palmas); pinchazo sin soltar y rejonazo (dos orejas). Enrique Ponce: estocada (dos orejas); estocada, cuatro descabellos (vuelta al ruedo). Juan José Padilla: estocada entera, descabello (oreja); estocada (oreja).

LA PLAZA

Se cubrió la mitad del tendido en una tarde de mucho calor, en la que Padilla repitió actuación, tras el triunfo logrado el día anterior, ante la baja de José María Manzanares. El torero de Alicante sufrio el sábado una voltereta en Algeciras, dos días después de haber reaparecido tras su cogida el pasado día 5 en la feria del Corpus de Granada. El percance le supuso una contusión en la misma zona donde se había producido la luxación del octavo arco costal izquierdo, y los doctores le recomendaron reposo, por lo que ayer no pudo hacer el paseíllo en la feria leonesa.

Hermoso de Mendoza, ejecutando el ‘teléfono’ con uno de sus caballos estrella, Pirata. JESÚS.

El rejoneador estellés clavó con pureza. JESÚS.

Ni estaban dispuestos los toreros a cerrar la feria de León sin triunfo, ni el público a que se le fuera en balde una tarde que amenazaba ruina ganadera. Aunque los que no estaban dispuestos eran los toros. Allí les pusieron, sí, y no desarrollaron maldad ni complicaciones pero, por no poner de su parte, ni lucieron bravura ni fuerza, ni dieron opción a la emoción. Uno de ellos sólo se movió hipnotizado por la muleta milagrosa de Enrique Ponce, capaz como es de milimetrar altura, distancia y velocidad para prender el renqueante trote de un toro a modo de embestida. O el marmolillo que cerró festejo, al que Juan José Padilla hizo todo tipo de diabluras con tal de que le permitiera despedirse del público leonés por la puerta grande, después del gran triunfo del día anterior. Sólo el segundo de Pablo Hermoso de Mendoza siguió la grupa de los caballos con alegría y repetidor, y lo aprovechó el rejoneador.

Este, como el primero de rejones con el hierro de San Pelayo, aguantó en el centro del ruedo toda la faena y siguió a las monturas con celo. El torero de Estella se lució en este con Dalí, un caballo con mucho nervio que provocó las embestidas con la cola, fue de frente para que el jinete clavara en los medios al estribo y despertó ovaciones con piruetas en la cara del toro, alguna tan ajustada que salió apurado del adorno.

Pero Hermoso de Mendoza levantó al público de los asientos con Pirata, un caballo que no pierde la cara al toro, con el que colocó banderilllas cortas y pares a dos manos, incluso se volcó en el ‘teléfono’ en un vibrante final de faena en el que el astado seguía acudiendo alegre a los cites. Pinchó con el rejón de muerte pero no soltó la empuñadura, hasta que enterró el acero. Provocó derrame y rodó en los medios el toro, al que Pirata lanzó un postrer mordisco antes de emprender trote hacia los corrales. Se pidieron con fuerza las dos orejas.

Enrique Ponce desorejó al primero de su lote, que hubiera medido el suelo a buen seguro en otras manos. Una oreja por una de sus clásicas faenas de sabio, y otra por un soberbio volapié de efecto inmediato. El valenciano sabe como nadie el conjuro para que le valgan todos los toros. También los que no valen. Al primero de Albarreal lo meció con suaves verónicas de recibo, y aunque evidenció pronto la falta de fuerzas apenas lo probó con la muleta, de la que salió en los primeros pases punteando y con la cara por las nubes, para sobarlo después con cuidado sin dejarse tropezar la franela. Despacioso, con tiempo entre pase y pase, alternó naturales, ayudados y pases de pecho con vistosos cambios de mano, molinetes y una variedad de pases que lograron lucimiento y mantener en pie al toro.El primero fue un toro que buscó las tablas desde la salida, y cuya lidia se centró sobre todo en citarlo para sacarlo al tercio, y en intentar encelarlo para que siguiera a los caballos. Misión imposible, siquiera de salida, con Napoleón haciendo gala de un enorme temple para sacarlo de las tablas. Hermoso de Mendoza quebró con suavidad y temple con Berlín, cabalgó a dos pistas e intentó hacerse con la noble pero sosa embestida del animal. Con Disparate se esforzó en animar los tendidos, y recurrió por último al espectacular Pirata para clavar las cortas y el par a dos manos, además de otros adornos que resolvió sin apreturas. Mató mal, y la cosa quedó en palmas.

Enrique Ponce alternó su toreo clásico y reposado con los adornos con la muleta. JESÚS

El valenciano perdió los trofeos en su segundo por la espada, tras una meritoria faena.  JESÚS

Con la izquierda le echó los vuelos de la muleta al hocico, desplegó su repertorio incluso de rodillas aprovechando la media arrancada y compuso al final un trasteo lucido y efectivo que le valió no sólo los trofeos, sino que los tendidos corearan un año más ‘Torero, torero’.

También pareció imposible componer una faena con el que hizo quinto. Un toro que despistó al público, ya que acudió alegre al capote, se paró tras hacer un extraño pero empujó con fijeza en el caballo. Perdió las manos, desorientó a los banderilleros, pero el torero de Chiva se fue directo al centro del ruedo a brindar al respetable.

Cómo no, él sí lo había visto. Intuyó nobleza y posibilidades a un toro que embistió con cierta viveza, al que cogió la medida de inmediato. No se dejó tocar la tela, y le desengañó para tirar de él adaptándose a su velocidad, que la tenía, pero sin perder el temple. Se fue entonces a terrenos del 7, donde siempre se encuentra a gusto, y le buscó también las vueltas por el pitón izquierdo. No escatimó pases de adorno entre su toreo clásico y pausado, erguida la figura, componiendo los pases de pecho.

Fue una faena larga porque al final el de Albarreal no se cansó de embestir, ni volvió a doblar las manos. Ponce sacó de Babieca todo lo que había desvelado en el caballo, para rematar con pases a pies juntos antes de cuadrar minuciosamente para la suerte final. Enterró el estoque, algo atravesado, que escupió en parte el toro. Tardó en morir, y el torero perdió los trofeos al tener que utilizar cuatro veces el descabello antes de despachar a su enemigo. Dio, eso sí, una clamorosa vuelta al ruedo.

Juan José Padilla sustituyó al lesionado José María Manzanares tras el incontestable triunfo del día anterior. En su primero ya salió a por todas, con un público que el sábado había renovado su entrega total al Ciclón de Jerez. Cuatro largas cambiadas y una tanda de recibo a pies juntos, de la que salió trompicado sin consecuencias, y un vistoso toreo con el capote a la espalda para preparar el puyazo, fueron el preámbulo de su jaleado tercio de banderillas, con mucho lucimiento y pinturería. Encandila su par al violín.

Inició la faena citando desde el centro del ruedo con una tanda de rodillas, para seguir después animoso una serie a la que el astado acudió con cierta alegría, aunque con una embestida que exigía media altura. Se acabó pronto, reservón y con un molesto calamocheo que costó sortear, incluso dándole distancia en los naturales.

Padilla repitió actuación y repitió también salida por la puerta grande. JESÚS

Padilla echó entonces rodilla a tierra, porfió con desplantes y cercanías hasta tirar los trastos y ofrecer el pecho al toro con arrojo. Que es lo único que podía hacer ante el inválido, que despachó de estocada tendida y descabello. Paseó un trofeo.

Con sus compañeros ya con la puerta grande asegurada, recetó un variado saludo capotero al que cerró plaza, que se fue al picador que guardaba la puerta antes de que el sobresaliente realizada un quite. Solvente de nuevo en banderillas, inició faena con estatuarios a pies juntos, y una entregada tanda animando la embestida con la voz. Corrió la mano con la muleta alta, para no obligar al toro, y volvió la vista continuamente a los tendidos para suplir con entusiasmo la falta de emoción del astado, cuyo cansino viaje deslució también el toreo con la mano izquierda.

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El animal estaba deseando rajarse desde el primer momento, y acabó ignorando los alardes de Padilla, que le acarició el lomo, le besó la testuz, se acodó en el teléfono, se desplantó de espaldas,... Unas manoletinas acompañando al toro en su huida hacia las tablas fueron el preámbulo de una estocada entera pero tendida. Tardó el toro en morir pero el público exigió la oreja que le abría la puerta grande. Después se vino arriba y reclamó el segundo trofeo. Hizo bien el presidente en aguantar.