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León

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Pero lo que no vio en su salsa la Pícara Justina, fue la industriosa aljama judía del arrabal descrito. Un siglo había transcurrido, hasta su periplo leonés, desde la controvertida expulsión de los hebreos por los Reyes Católicos. Otros viajeros, más madrugadores en el reparto de los tiempos, tuvieron ocasión de convivir en el entorno de Santa Ana y San Martín, con los avispados judíos que conformaban el principal poblamiento de la zona, a lo largo de la Cal Silvana, así conocida por el impacto carismático que tuvo en ella la familia semita Silván. Y fueron testigos de cómo, en el reino leonés, los judíos soportaban la mayor parte de la contribución, pues según documentos de las distintas chancillerías, se recibieron 218.300 maravedíes en el año 1290, procedente de las comunidades hebraicas. En este tiempo florecía en nuestra tierra la cultura judía, hasta el punto de dar hombres de la talla de Moisés de León, sabio filósofo autor del Zoar, una de las obras capitales del judaísmo, a quien actualmente la ciudad de León le ha dedicado el conjunto del caserío integrado en el actual Polígono 10. El siglo XIV, nos muestra una potente aljama judía asentada en esta parte de la ciudad. La integración en la sociedad cristiana es un hecho más que demostrado, pero la habilidad de los judíos para dominar la situación económica, obliga a frenar su impulso mediante leyes que controlen la expansión. Así vemos cómo Alfonso XI prorroga el pago de las deudas contraídas con los semitas a los cristianos leoneses, el dos de diciembre de 1332. O el fallo del rey Pedro I, a favor del Concejo de León en el pleito promovido por el judío don Zag Aben Benín, que poseía en León el arrendamiento del tablero oficial del juego de dados. La propia Iglesia, con el beneplácito de Enrique II -el primer Trastámara- recibe anualmente sin ningún tipo de escrúpulo, de manos de la comunidad judía leonesa, dos mil maravedíes con destino a la Abadesa del monasterio de Gradefes para atenciones de vestuario, percibiendo otros seis mil del obispo, Deán y Cabildo catedralicio, según comunicación Real recibida el 27 de diciembre de 1375 en la propia sinagoga judía «que es cerca la puerta de Cal de Moros». Superadas las revueltas antijudías de finales del siglo XIV, la aljama leonesa goza de una prosperidad y prestigio envidiable. Los documentos nos muestran a varios físicos y sangradores -cirujanos y médicos de hoy- instalados en las altas instituciones cristianas: Rabí Yaco, que recibe tres mil maravedíes anuales del Cabildo «ya que otro mejor non se podía haber al presente». Especial renombre tiene el físico Salomón Seteni, médico de la nobleza «el mejor físico en medicina que vivía en León, que acompañó a Suero de Quiñónes en la verdadera corte de gran caballero que llevó don Suero al famoso Passo Honroso de la Puente del Órbigo». Nosotros, los mozos de los años cincuenta, que todavía conocimos la encantadora estampa pueblerina en la calle de Santa Ana, y atisbábamos curiosos el trasiego masculino en visitas non santas a las nuevas mocitas de munición que se ofrecían en la casa de La Apache , contemplamos hoy el único resto de aquel sugerente «Barrio Latino»: la humilde iglesia de Santa Ana, que parece pedir perdón cohibida entre los insulsos y gigantescos paralelepípedos habitados, que ocupan los espacios donde durante varios siglos estuvieron los bellos soportales con sabor judeo-morisco sustentados por sólidos troncos de negrillo.

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