Luis Artigue EL AULLIDO

«La nave de los muchachos griegos»

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León

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LEEMOS, vivimos y no hay forma de hacer coincidir una cosa con la otra. Argumentos. Sufrimos tal sobredosis de historias y argumentos cerrados que la literatura actual empieza a tener mucho de ilusionismo. Avanzamos mientras las novelas lineales nos llevan de la mano del principio al fin como en un viaje organizado, pero de vez en cuando... De vez en cuando un libro de ficción nos sorprende por su estructura discontinua, por su temática políticamente incorrecta, y éste parece reconciliarnos con la vida densa, tormentosa, con la vida difícil de leer y de vivir. Acaba de ver la luz la última novela de Luis Antonio de Villena titulada La nave de los muchachos griegos (Ed. Alfaguara), que viene a ser parecido a decir que el mundo, el ámbito moral que nos circunda, tiene otro instrumento para ensancharse. Se trata de una obra ecléctica -a un tiempo erudita y underground- construida en fragmentos independientes en los que está insertada una trama principal. Ésta narra la última parte de la vida de Petronio, un gobernador romano «demasiado griego», coleccionista de libros, anillos y chicos, enamorado del ocio y el arte, hedonista escritor de la época clásica más epicúrea, hombre extravagante, «refinado vividor» como exponente de «la pureza extrema de lo masculino». Alrededor de esa trama y de ese personaje van insertados capítulos temporalmente aleatorios que configuran en conjunto un mundo diferente, excéntrico, alternativo; secuencias luminosas de «la vida maravillosamente brutal que sólo quiere ser vida». Se combinan así intencionadamente, entre la parte dedicada a Petronio, anécdotas deshilachadas que tienen que ver con Maurice Sachs, Edward Carpenter, Oscar Wilde, un mafioso caribeño que quiere poner un burdel de chicos en Barcelona, y otros. Son fragmentos insertados transgrediendo la concepción clásica de novela, subvirtiendo la dictadura lineal del tiempo, protestando contra el Orden y la Tradición tanto con la temática como con la estructura narrativa de esta obra pretendidamente diferente. «La diferencia es siempre más narrable», escribe el autor. Sin embargo sorprende, aún más que la estructura, la documentación meticulosa, la intertextualidad, el profundo rigor histórico y filológico al que está supeditada la imaginación formando una bella simbiosis. En medio -entre hondas reflexiones sobre lo caduco de la idea convencional de Orden y Bien, sobre la sobrevaloración de la amistad, sobre el poder, y el placer como opción vital inteligente- impactan las escenas de erotismo homosexual explícito, crudamente lírico a veces, sin complejos ni concesiones siempre. Esos pasajes no sólo educan y amplían los valores morales y la cosmovisión de cualquier lector, sino que deleitan a los paladares más exquisitos por la atmósfera exótica y el tono repleto de contrastes, clasicista a pesar de todo, narrado con una prosa referencial, politonal y rica en recursos. El motivo común de ese erotismo es la figura del «hijo-amante», que sirve para mostrar, desde un prisma libresco y comprometido, «el extraño fuego de lo masculino, desafiando al mundo». He aquí una novela transgresora, argumentada, tan diferente que destaca entre la homogeneidad narrativa imperante en el mercado actual. Una obra que defiende con inteligencia, en mi opinión, cierta heterodoxia moral muy necesaria en estos tiempos nuestros tan inclinados al pensamiento único. He aquí la literatura del Contrapoder: «El contrapoder (qué nombre se le dé no es pertinente al caso) es algo por entero necesario. Absolutamente. Una compensación, como mínimo, al desorden del orden». Fragmentos abiertos, puentes en esa máquina del tiempo que es La nave de los muchachos griegos. A quien le guste la innovación y la sorpresa, a quien eche de menos un mundo menos cuadriculado, a quien no tenga miedo de la diversidad e incluso sienta que ésta enriquece la existencia y hace avanzar la civilización, le recomiendo la novela de Luis Antonio de Villena.

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