¿Un mal de abuelos?
Antonio Rebollo padece la enfermedad de párkinson desde que tenía 35 años y asegura que el mejor arma para luchar contra los temblores es escuchar las experiencias de otras personas afectadas
Un leonés cuenta cómo es su vida con la enfermedad de párkinson
El parkinson es una enfermedad neurológica asociada a la rigidez muscular que provoca dificultades para andar, temblores y coordinación en los movimientos. Es una enfermedad frecuente, en España afecta a más de 150.000 personas, el 75% mayores de 50 años, el otro 15% son jóvenes a los que la vida se les parte por la mitad. Antonio Fernández Rebollo, un leonés de 45 años, fue diagnosticado hace ya 10 años y es uno de esos casos extraños en los que la enfermedad comienza a desarrollarse antes de los 50. Aunque no hay datos oficiales, Antonio asegura que en Castilla y León « no llegamos a los 20». «En 1995 pasé un verano muy estresante, había mucha sequía y en el campo dependemos del agua, empecé a arrastrar los pies y a sentirme ada vez más cansado», asegura Antonio, que continúa: «Primero fui a acupuntura, porque pensaron que era por la mala circulación, pero enseguida me derivaron a neurología, en cuanto me vieron allí me mandaron dar un paseo por el pasillo y el doctor me dijo, tienes parkinson, me sentó fatal». Tratamiento El tratamiento médico de la enfermedad de parkinson intenta controlar los síntomas supliendo la alteración de los transmisores. Se suele usar Levodopa, que es la molécula que el cerebro utiliza para producir Dopamina, con ello se mejora la coordinación de movimientos y se suele asociar con otros agonistas dopaminérgicos como la Carbidopa. «Al principio me dieron Levodopa, estaba fenomenal era como si me empujaran, pero este tratamiento no se debe tomar al principio de la enfermedad, así que ahora estoy tomando dopaminérgicos y un neuroprotector, como mi enfermedad aún no está demasiado evolucionada no la tomo, prefiero la actividad física, hay días que no puedo pero me esfuerzo porque mis neuronas sigan trabajando», explica Antonio. Cada enfermo es diferente, pero Antonio asegura que «si vas a rehabilitación alguien mueve tus piernas por ti y entonces el cerebro no trabaja, yo tengo mis trucos cuando voy caminando por la ciudad y comienzo a arrastrar los pies cuento las baldosas, así alargo los pasos». Antonio Fernández es agricultor y asegura que aunque puede seguir trabajando, limita sus cultivos a su nueva situación. Antes cultivaba remolacha, pero «los herbicidas y pesticidas son un posible desencadenante de la enfermedad así que ahora solo cultivo maíz; no deja mucho dinero, pero tampoco genera muchas pérdidas y no da mucho trabajo». Consecuencias sociales Lo peor de esta enfermedad tal vez no sea lo que se ve, el tembleque en la las manos o los movimientos lentos, sino las consecuencias sociales: «Hay días que me siento nervioso o angustiado. Esta enfermedad, como me la han diagnosticado a mí, con 35 años te corta la ilusión y las perspectivas de futuro; en mi caso no puedo hacer inversiones en el campo, ahora no puedo sacarles rentabilidad», afirma Antonio. «La gente joven a veces oculta su enfermedad, porque les pude dar problemas en el trabajo, o porque no quieren que se sepa que tienen una enfermedad degenerativa, porque ellos mismos no lo asimilan», explica Antonio.