Arrieros somos...

León tiene a gala ser la cuna de la Arriería Andante, con mayúsculas, desde su tierra maragata, una costumbre que pobló los caminos de mesones ya desaparecidos

(fotografía del año 1926)

Publicado por
Enrique Alonso Pérez villaquilambre
León

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León fue tierra de arrieros. Ya en el siglo X, la autoridad histórica de Claudio Sánchez Albornoz, sitúa en su delicioso libro Estampas de la Vida en León Hace Mil Años , un grupo de arrieros montañeses de la vieja y ensolerada comunidad de Los Argüellos, traficando en el mercado leonés mediante el trueque de productos de la tierra por unos «cueros de vino», pimentón, sal y aceite. Las antiguas ventas donde reposaban los arrieros en el centro de la ciudad han desaparecido dejando paso a la modernidad. La arriería argollana tuvo una enorme importancia durante más de un milenio. Las comunicaciones con los fronterizos asturianos y su identificación con los «vaqueiros de alzada» hermanaron desde siempre ambos pueblos, hasta conseguir que aquellas fronteras fuesen una pura imposición por la abrupta naturaleza, nunca un obstáculo para el entendimiento y la relación entre las gentes. El aislamiento montañés de los pueblos astures determinó estas salidas para efectuar el trueque de productos de la tierra por aquellos que escaseaban o se desconocían en sus latitudes. La cita de estos rudimentarios mercaderes se celebraba en torno a la naciente población que la Legio VII propiciaba en la confluencia de los ríos Torío y Bernesga. La necesidad del intercambio, como complemento, descubrió la posibilidad de negociar con el excedente de la mercancía propia. De esta manera, en su doble función de trueque y venta, nació la arriería argollana que llegó a tener gran predicamento en mercados provinciales y nacionales. Y por aquello de que para muestra vale un botón, tenemos a mano los datos que nos facilita el Catastro del Marqués de la Ensenada en un pueblo de los Argüellos, concretamente Cerulleda, del municipio de Valdelugueros, que en el año 1753 tenía 33 vecinos, cuya dedicación, durante el buen tiempo, se centraba en las labores agrícolas y ganaderas; mientras que en los meses de invierno trajinaban en el negocio de la arriería 18 de ellos, que tenían entre todos 27 caballos de carga, considerados, según estimación de la Junta del Catastro, como un aporte de 50 reales de vellón por cabeza, aunque es muy posible, que por el miedo a la fiscalización de la renta, no fuesen reales del todo sus declaraciones tributarias. Pero León tiene a gala ser la cuna de la Arriería Andante, con mayúsculas, desde su tierra maragata... Bien es verdad que el fenómeno arriero de esta singular tierra de maragatería ha sido estudiado, novelado, poetizado e idealizado por legiones de escritores y mentores de lujo. Entre todos han logrado elevar el rango de una circunstancia, implacablemente impuesta por una tierra yerma, a la categoría de un ejercicio vocacional. Estas dos corrientes de la rudimentaria mercadería arrieril pasaba por León con sus recuas de caballos y mulas para aprovechar los mercados semanales y revisar los huecos de sus alforjas al objeto de no perder la mínima posibilidad de compra-venta-trueque en los habituales trasiegos de ida y vuelta. Nuestra ciudad contaba, a mediados del siglo XIX, con unos siete mil habitantes, que vivían en su mayoría del trabajo artesanal y agrícola. El sector que podemos llamar de «servicios» no pasaba del cinco por ciento de la población activa. Encuadrando entre ellos a mesoneros y venteros. El auge de la arriería, durante el siglo XVIII, hizo proliferar en León el número de mesones. A los que ya existían -muy bien descritos por la Pícara Justina en su viaje a León en 1605- se fueron sumando otros, situados a extramuros de la ciudad, no lejos de las puertas medievales. Nuestros abuelos, o más bien bisabuelos, llegaron aún a conocer tres de los mesones más caracterizados entre las gentes de paso: el del Pico , el del Gallo y el del Ángel . Este último, aunque con distinta función, todavía puede verse en la calle del Caño Badillo. Quizá el más popular de todos ellos, era el del Pico . Su peculiar forma aguda disparada hacia la plaza de santo Domingo, era el pórtico que rasgaba las que hoy son populosas calles de Ramón y Cajal y Padre Isla. La inmediata proximidad del Rastro Viejo y ferial de ganados contribuyó hasta 1917 -fecha en que su solar sirvió de base al Instituto General y Técnico Padre Isla- a mantener una ocupación rentable que podía, a su vez, ofrecer unos servicios dignos. Más tarde sucumbió en la nueva configuración de la plaza, herido ya por la desaparición de la arriería y los feriantes aledaños. Su solar fue ocupado por el primer «rascacielos» que en León se construía: la casa de «Goyo», que dejó a las gentes de entonces «con la boca abierta» al contemplar por primera vez en la ciudad aquel artilugio llamado ascensor.

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