Carreras, nervios, besos y fotos de recuerdo
Cualquiera diría que lo que se celebró ayer en Astorga fue una boda de verdad. La novia aparentaba a la perfección creerse su papel: presentó síntomas de nerviosismo mientras esperaba en la casa paterna la llegada del cortejo nupcial a pedirla, pareció ruborizarse ante los piropos, y sonrió todo el tiempo mientras duró la ceremonia, que fue larga. El novio se movió solemne por todos los escenarios del enlace y agradeció con movimientos de cabeza las canciones que el coro le dedicaba a él y a su futura esposa . El público corrió de un punto a otro del recorrido tratando de no perder detalle, y comentó lo primoroso que era el hermoso traje de la novia y la inmejorable planta del novio.
Por todos los rincones se oía eso de «¡Vivan los novios y los padrinos!», y surgían manos que sostenían cámaras de fotos intentando captar algún detalle del enlace.
Uno de los momentos más simpáticos de la jornada llegó cuando, tras cambiar el pañuelo de soltera por el de casada de la contrayente, la pareja compareció en la puerta de la iglesia ante público e invitados. Unánimes, todos gritaron «¡Que se besen, que se besen!», y ellos no tuvieron más remedio que juntar sus mejillas y fundirse en un estrecho abrazo que para sí hubieran querido otros novios igualmente ilustres.
Además, no faltó la rivalidad entre los mozos del pueblo y los de fuera en la carrera del bollo. También, como en toda boda de postín que se precie, algunos asistentes se quejaban de que los fotógrafos les impedían ver los momentos importantes, y el número de autoridades que acudieron fue directamente proporcional al estatus de los contrayentes. Éstos posaron con los curiosos que les rogaban una foto de recuerdo.