Una iglesia tolerante, de manga ancha con los falsos penitentes

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León

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La figura del falso penitenciario encontró fácil presa en la credulidad y buena disposición del abigarrado paisanaje que se dirigía a Compostela en busca de indulgencias. Estos maestros del engaño absolvían los más graves y reservados pecados, imponiendo la penitencia de más difícil cumplimiento, para pasar inmediatamente a conmutarla por una limosna y así «facilitar» los perdones. Usaban cartas apostólicas falsas, se arrogaban la potestad de conceder indulgencias de «motu propio», dispensaban sobre los votos, absolvían de perjurios y homicidios. La multiplicación evangélica de los panes y los peces no fue nada en comparación de las reliquias y su pasmosa ubicuidad, de manera particular en el Camino Francés y en el español. Tolerancias del Cabildo, picardías de sacristanes y de guías conocedores de idiomas dieron pie a que se mostraran otras reliquias de nuestro Apóstol: el hacha con que fue cortada su cabeza, sandalias y otras mil zarandajas inventadas para el momento. El hacer el Camino en alegre juntamiento, debió de ser frecuente entre los pícaros. Covarrubias, en su Tesoro de la Lengua Castellana (Madrid 1611) incluye entre los rasgos del falso peregrino el amancebamiento. «El que disimulando con el hábito de peregrino y el bordón anda vagando por el mundo por no trabajar», dice, y se examinan con cuidado porque suelen ser hombre y mujer amancebados, y dicen estar casados.

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