El desconocido puerto de Vegarada
El recorrido histórico por el Curueño a través de la antigua calzada romana descubre la ingeniería del Imperio, paisajes y rincones de gran belleza y hasta aguas termales
Antes del nacimiento de Cristo, eje de los tiempos en los calendarios cristianos, los romanos remataban la conquista de España. Doscientos años de luchas, enfrentamientos, asedios y traiciones le habían costado al Imperio la dominación física de los hombres hispanos, que como los astures acorralados en Lancia, sólo entregaron a Roma los despojos de una resistencia por encima de lo límites humanos. Corría el año 19 anterior a nuestra Era, la inaugurada tras la muerte de Cristo. Después, durante cuatro largos siglos, los dominadores llevaron a cabo una intensa y sistemática labor de explotación y expoliación de los recursos que ofrecía la tierra conquistada. Para ello fue necesario un complejísimo montaje, que amparado y protegido militarmente desde la disciplina legionaria, abarcaba las más cuidadas estructuras administrativas, industriales y de servicios, para lo cual fue imprescindible tejer y crear una fluida red viaria que aún hoy sorprende por su brillante labor de ingeniería. Mejores comunicaciones En lo que respecta a nuestra provincia, las calzadas romanas cubrieron áreas tan extensas, que en algunos puntos, según la evidencia de los vestigios, superó a las actuales comunicaciones terrestres. La Montaña, a pesar de las dificultades hidrográficas y orográficas, contó con numerosas vías secundarias que unían Asturias y León a través de puertos, que andando el tiempo sólo fueron usadas por arrieros y pastores que hicieron coincidir los viejos trazados con las rutas de La Mesta, así tenemos el puerto de Piedrafita o el de Vegarada, cerrados hoy al tráfico convencional por falta de firmes adaptados a las necesidades modernas y a los transportes convencionales que utilizamos de forma común. El eje viario principal, que unía la Legio VII Pía (León) con Cesar Augusta (Zaragoza) y Astúrica (Astorga), conocido como Itinerario número 1 de Antonino, tenía una derivación secundaria que partía muy cerca de la ciudad de Lancia y subía más o menos paralela al Río Porma hasta llegar a las inmediaciones del actual pueblo de Castro del Condado, desde donde se bifurcaba para seguir los cauces del Curueño, hacia Vegarada y el propio Porma hacia Cofiñal. Remontando el río Curueño Una vez en el Curueño, rebasado el conjunto de Ambasaguas y Barrio de Nuestra Señora, la calzada romana queda difuminada entre la actual carretera y el cauce del río. Las mil y una faenas agrícolas realizadas a lo largo de siglos, y la coincidencia de algunos tramos con los caminos en uso, deja muy pocas huellas en el amplio valle que se extiende hasta La Vecilla. Por eso, cuando nuestra calzada romana alcanza toda su personalidad y se deja sentir con pelos y señales, es a partir del puente de Valdepiélago, que bien pudo servir de enlace hacia la Vía del Porma a través del «Puente Viejo» de Boñar, y derivaciones también hacia el Bernesga por La Robla, en una tupida red de comunicación para la época de la que hablamos. Tierra de vadinienses Fueron tierras vadinienses -según han dejado demostrado eminentes arqueólogos, como Gómez Moreno, de acuerdo con la abundante epigrafía encontrada en la zona-, donde los astures hacían frontera con los pueblos cántabros, y se supone que esta calzada fue una de las muchas construidas con fines estratégicos para agilizar la conquista en una comarca que ofreció a los romanos la más dura resistencia de las campañas emprendidas en Hispania. Desde Valdepiélago a Montuerto, adaptándose a la estructura del macizo montañoso que atraviesa, la calzada se encañona con el río y aumenta su pendiente, aprovechando como base los propios depósitos fluviales de la margen izquierda donde la anchura lo permite, o ajustándose otras a la ladera en los tramos más abruptos, en los cuales pueden observarse aún, con todo detalle, numerosos paños de muros compuestos por grandes bloque pétreos que sujetan el talud. Aguas termales Entre Montuerto y Nocedo, con el fin de salir de una prolongada angostura, o tener que cruzar el río, la calzada se eleva unos ochenta metros para descender nuevamente a los niveles próximos al cauce. Dos kilómetros más al Norte, con una perfecta definición, atraviesa las Caldas de Nocedo, donde a juzgar por la conocida afición romana a disfrutar de las aguas termales, es de suponer que tendrían una captación adecuada para el aprovechamiento de esos ricos manantiales que hasta hace pocos años seguían siendo reclamo para la hidroterapìa o cura de aguas en esta zona de la provincia.