El otro Enrique del Mercado
Después de casi tres décadas como sacristán del Mercado, Enrique Valle deja el cargo con tristeza pero agradecido a la gente y sobre todo a la Virgen por haberle ‘escogido’.
Es el otro Enrique del Mercado. Y aunque nunca ofició una misa, sabe casi tanto o más de los secretos que se esconden entre los muros de ese bendito templo donde quiso quedarse a vivir la mismísima Virgen María. Hasta hace solo un mes ‘cabalgaba’ cual fiel escudero junto al incombustible don Enrique. Así lo hizo durante casi tres décadas como sacristán. Pero el Cielo llamó primero al histórico párroco y ahora este ‘niño’ de 62 años está decidido a cumplir su parte del trato. «Don Enrique y yo siempre hablábamos de que nos jubilaríamos juntos», recuerda. Y así será. Se marcha triste pero satisfecho por los servicios prestados a una parroquia que considera ‘suya’. Lo hará después de Pascua, cuando todo esté cumplido.
Mozo del barrio, Enrique Valle Piedralba lleva colaborando de una u otra manera con la Iglesia del Mercado desde que tenía 20 años. «Me gustaba venir al montaje y desmontaje de la Virgen para la procesión del Viernes de Dolores». Lo suyo fue un flechazo. Amor incondicional. Ayer, cuando los focos apuntaban hacia quienes gustan de ser protagonistas, me cuentan que ‘Quique’ aprovechó para desahogarse una última vez con su ‘Madre’ en la sacristía. Solo a sola. Un gracias fue suficiente.
De toda la ‘liturgia’ que requiere el antes y el después de la primera procesión de la Semana Santa leonesa, Enrique se queda con la colocación del manto como uno de los momentos más especiales para él. «La mayor joya es mirarla cara a cara y susurrar algo así como ‘ahora te vas de paseo, vuelve pronto’. Y cuando ya reposa en el camarín pienso ‘estás sana y salva’». Muchos son los que arriman el hombro a la hora de preparar la imagen como Dios manda, pero la última palabra siempre la ha tenido Enrique. Su mítica «está preciosa» pone el punto final a la jornada del jueves. Es entonces cuando el bullicio se apaga casi tan rápido como se marchan los braceros el viernes. Luego él se queda recolocando el manto «para que se le vea bien la cara por los laterales». Seguro que Manolo te lo perdona.
Lo de ser sacristán no es algo que uno elija cuando juega a qué será de mayor en el colegio. De hecho Enrique es uno de los últimos en ejercer un oficio en vías de extinción. «Trabajaba como montador de ascensores, pero me jubilaron por enfermedad». En uno de tantos paseos por el barrio, don Enrique le cogió por banda, justo en la plaza del Grano. «Me propuso probar como sacristán y le dije que sí, pero sólo unos días». La cosa se alargó. Luego todos se acostumbraron a verle pulular por cada rincón del Mercado. Nunca faltó un ramo de flores, ni una visita guiada a los cientos de peregrinos que vagaban por la iglesia. Convirtió el portal de Belén en toda una ‘city’ con más de 17 concursos ganados a sus espaldas. Ya no se lo daban por vergüenza torera. Todo lo hacía él a mano, desde la panadería, al puente, pasando por el castillo de Herodes. Y cada año, pillo, le ganaba más espacio mientras el párroco hacía la vista gorda.
Se jubila sí, pero en su particular ‘epitafio’ escribe que siempre estará a disposición de los nuevos administradores. Al fin y al cabo es y será ‘el sacris’.