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León

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Esa mañana, como cada día, Reinaldo se dirigió a su viejo establecimiento de boinas y sombreros. Acercó el candado moviéndolo con la soltura que da los muchos años de un gesto repetido a diario y lo abrió. Retiró la barra horizontal que cruzaba las verticales haciendo de soporte, y a la vez de tope de seguridad; separó las dos rejillas una a cada lado, con fuerza, ya que el óxido y el tiempo estaban dejando su huella. Necesitan aceite, pensó mientras sacaba del bolsillo la llave de la puerta de cristal.

Reinaldo entró en el establecimiento, se quitó el abrigo gris pasado de moda pero con el que se sentía bien vestido, hecho un señor. Lo cepilló cuidadosamente y lo colgó en la percha de la trastienda. Luego retiró tratando de no despeinarse el sombrero de fieltro. Lo cepilló también y lo colocó en la repisa del perchero de madera. Sobresalía demasiado, lo retiró y lo volvió a colocar. Aprobó con la mirada mientras se abrochaba la bata gris y cuidadosamente se colocaba los manguitos que protegían el borde de sus camisas, siempre blancas, siempre limpias.

Salió a la tienda. Encendió la estufa de butano; luego limpió cuidadosamente el mostrador de madera al que mantenía siempre brillante con cera virgen. Después fue hacia el escaparate donde se ordenaban varios sombreros de distintas épocas. Con un plumero les retiró cuidadosamente el polvo, uno a uno, mirando cada pieza; algunas tenían mucho valor. Se sentía orgulloso de su colección y le exhibía con satisfacción de coleccionista tenaz.

Miró hacia fuera. No se veía nadie por la calle. Hacía frío. Para salir a pasear aún es muy temprano, pensó.

Dirigió su mirada hacia la plazoleta, enfrente de la tienda. Primero a la izquierda, hacia la iglesia, una obra de sobria arquitectura en la que destacaba una torre mudéjar, superpuesta sin demasiado acierto; luego hacia la derecha. Ahí estaba, sentado en el banco de piedra, vestido elegantemente con traje de buen corte, sombrero y bastón. Lo habían colocado allí hacía unos meses. Como un amigo fiel, que quisiera acompañarle durante las largas horas de espera hasta que entrase algún cliente. Reinaldo quería ver cierta sonrisa lúcida en el rostro y una mirada, enfocada hacia su pequeña tienda, que parecía hablarle. Quizá envidiaba un poco su serenidad inmóvil.

A primera hora, sin faltar una sola tarde, una mujer venía a sentarse en el banco de piedra junto al hombre de bronce. Se sentaba a su lado, muy cerquita y pasaba toda la tarde quieta y callada. Desde la protección de su puerta acristalada remarcada por tablillas de madera y la semioscuridad que le proporcionaba el ventano Reinaldo la miraba. Se había acostumbrado a su presencia, incluso de alguna forma se había enamorado de ella y la esperaba con el ansia, nunca antes sentida, de un primer amor. No podía precisar su edad. Posiblemente pasaría de los cincuenta pero conservaba un aspecto joven. Empezó a aprobar o desaprobar la ropa que usaba; le sentaban bien los colores vivos, los beiges y los grises le daban un aspecto enfermizo. Algún día venía maquillada y vestida como de fiesta; otros llevaba un vestido sencillo como de trabajo. Observó con complacencia que nunca usaba pantalones. A Reinaldo no le gustaba que las mujeres usaran esa prenda tan poco adecuada para ellas.

El sombrerero advirtió que, cada día, ella sacaba algo nuevo de su bolso grande, de colores chillones, para enseñarle al hombre del banco. Un día era un libro, otro una cinta de pelo, a veces era una caja llena de algo que Reinaldo no alcanzaba a ver; otras veces un cuaderno pequeño en el que tomaba notas, e incluso, un día de sol, sacó un álbum de fotos. Cuando ella le descubría su tesoro diario, esperaba a que no hubiera nadie y empezaba a contarle algo que el tendero no podía oír. Callaba como si él le contestase. Incluso fruncía el gesto, arrugaba la frente, sonreía feliz. Una vez hasta se permitió una sonora carcajada interrumpida bruscamente porque alguien se acercaba por el extremo de la calle. Luego, volvía a mover los labios. Al final de la tarde, cuando se marchaba, su sonrisa había desaparecido y Reinaldo la veía alejarse cabizbaja.

Una tarde, el tendero abrió su establecimiento más tarde que de costumbre. Le extrañó que al llegar ella no estuviese. «¡Vaya, hoy nos hemos retrasado los dos!». Pero no llegó; tampoco al día siguiente. Reinaldo empezó a sentir un ligero malestar en el estómago. Esa mujer de la que nada sabía, formaba parte de su rutina y aunque le costaba reconocerlo, también de su vida. Le gustaría enterarse del porqué de su ausencia pero no sabía a quién preguntar. La angustia crecía en su pecho y le subía hasta la garganta.

Confuso, cerró el establecimiento y se fue a casa. Al pasar por el quiosco compró un diario local. Quizás allí encontrase alguna pista. Ojeó las noticias locales, los ecos de sociedad, los avisos y anuncios y llegó a las páginas de esquelas. Leyó en una de doble ancho y tres de alto el fallecimiento de Dª Adela Espinosa de los Monteros. Podía ser ella. Tenía aproximadamente su edad. Sus apenados sobrinos agradecerán la asistencia a los funerales que se celebrarán en la iglesia parroquial de Sta. María.

La tarde del día siguiente abrió puntual. Se colocó tras el escaparate, mirando con atención hacia el pórtico de la iglesia. Las campanas tocaban a duelo. Se acercó un coche fúnebre. Un reducido número de personas acompañaban al féretro. Entre todas le llamó la atención la figura de un señor alto, de buen porte, con traje, bastón y sombrero. Se quedó como hipnotizado mirándolo; luego volvió la vista hacia el banco de piedra. Estaba vacío. Dirigió de nuevo su mirada hacia la iglesia pero ya habían entrado dentro los fieles. Una inquietud interna se apoderó de él; se sentía enfermo. Se retiró a las trastienda y empezó a colocar en orden las cajas del almacén. La actividad rutinaria y segura le fue calmando.

Salió más tarde de lo que acostumbraba. Allí estaba de nuevo él, en la misma posición que siempre, el mismo gesto altivo y seguro de sí mismo; el mismo traje y el mismo bastón ; pero creyó percibir en sus ojos un brillo distinto. Había cambiado y Reinaldo no podía precisar en qué. Se sentó junto a él, callado, tranquilo. No necesitaba decir nada, tampoco quería oír nada, ni pensar nada. Solo quería estar un rato allí. Luego se levantó y se dirigió hacia su casa.

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Todos los días, antes de abrir se sentaba junto a él un ratito, el justo para darle los buenos días y hacer un comentario del tiempo. Luego, parsimonioso se levantaba, se sacaba el sombrero y con una ligera reverencia le saludaba mientras con paso firme se dirigía hacia su tienda de boinas y sombreros.