David Fernández Villarroel y Miguel Paz Cabanas

Cada lector es un pájaro de cuenta y… cada uno cuenta la feria como le va en ella. A quien esto escribe le provocan admiración sin límites los pájaros; las avecillas del Señor, especialmente, no los grandes pajarracos. De ahí que la referencia ornitológica más nimia suponga siempre un fogonazo de atención.

David Fernández Villarroel. El pájaro «no estaba quieto ni un instante y saltaba continuamente de una rama a otra…».

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NICOLÁS MIÑAMBRES
León

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Y… donde menos se piensa salta la liebre; o vuela el ave, llevando un mensaje inesperado en su aleteo. En este caso, hablamos de coincidencias ornitológicas, curiosas sin duda. Los dos escritores citados en el epígrafe de este trabajillo tienen en los escaparates obra nueva y, además, obra de memorias y recuerdos. Hay sin embargo en ellas una diferencia esencial: David Fernández Villarroel en Años de guardar rescata experiencias de su infancia rural de posguerra en La Braña, denominación literaria de su pueblo. Miguel Paz Cabanas, más joven, recrea en Memorias de un cabrón resentido sus vivencias infantiles, juveniles y de madurez en el ámbito urbano, con Bilbao y León como referentes esenciales, aunque sin olvidar las tierras de Babia.

Las diferencias entre ambas obras son evidentes, pero se da una inesperada semejanza en dos capítulos con protagonista ornitológico paciente. En la obra de David Fernández Villarroel la secuencia se titula «El andarríos»; en la de Miguel Paz Cabanas, «Queda niebla».

«El andarríos»

No es ningún secreto decir que el mundo infantil de posguerra en los ambientes rurales tenía como diversión infantil esencial el mundo de los pájaros, en múltiples formas, pero ninguna desde la perspectiva de la moderna ecología. Nada extraño era oír a los mayores dos refranes tremebundos: «ave que vuela, a la cazuela» y «ave de paso, cañazo». Fue un mundo que dignificó Miguel Delibes con El Camino. Con esa novela (un bello canto a «la Arcadia perdida») Delibes, a través de Daniel el Mochuelo, convirtió e en personajes de novela a los niños de pueblo.

El narrador de Años de guardar es, a fin de cuentas, un nuevo Mochuelo. También dejará su pueblo para ir a estudiar. A progresar, se lamentaría el protagonista de El camino. En el capítulo de «El andarríos», el niño acompaña a su padre cuidando las ovejas. Pero es un niño ilustrado: «Antes de mediodía ya había acabado el libro…» y decide (después de intentar hacer «un mapa de ríos, islas y lagos con el agua que escurría del pozo de la fuente») «hacer una jilba con una rama de salguera».

El niño no está contento. Se aburre con las ovejas y, además, recuerda que su abuelo se encuentra muy enfermo. El recuerdo del abuelo le detiene en su deseo de matar con su vara una lagartija. «Y yo me sentí vagamente satisfecho —piensa— por haberle conservado la vida». Tratando de matar su aburrimiento, el niño se dedica a contar todos los animales que puede descubrir. Y ahí surge lo inesperado: «Pasó entonces la sombra de un pájaro. Volaba muy bajo y se fue a posar en un espino. Era un andarríos y parecía desorientado, como si se hubiera perdido». El niño lo observa con atención: «No se estaba quieto ni un instante y saltaba continuamente de una rama a otra del espino. Aun así, lo tenía tan cerca que era un blanco perfecto».

Y ahí comienza la mínima tragedia:

«Despacio y con mucho disimulo me hice con una piedra».

El andarríos cayó desplomado, pero antes de llegar al suelo movió con desesperación las alas, revoloteó ofuscado unos instantes y logró al fin, dando trompicones, remontar el aire y perderse entre el matorral». Y surge entonces el temor atávico: «El abuelo estaba muy enfermo (…) y yo había querido matar un pájaro (…). Me acerqué al espino: unas plumas en el suelo, nada más. Ni rastro de sangre (…). No lo había matado, pero lo importante, lo que de verdad contaba era la intención. Dios me iba a castigar».

El niño vuelve con las ovejas. Al llegar al pueblo «oímos el sonido cantarín de la esquila de la iglesia». Es un anticipo inquietante, que toma cuerpo en el triste final: «El abuelo murió aquella misma noche, de madrugada».

«Queda niebla»

Frente a la considerable extensión de la narración de David Fernández Villarroel, la de Miguel Paz Cabanas es de llamativa brevedad. Frente al sentimiento de temor y culpabilidad del niño de pueblo, el narrador, en el libro de Miguel Paz Cabanas, parece actuar con cierta crueldad y pérfido objetivo gastronómico: «Una vez asesiné a una golondrina». Cazados los pájaros, «luego los desplumábamos con agua caliente y los cocinábamos en una cazuela de barro». La avecilla se presenta como un animalito elegante, confiado: «La golondrina que, a diferencia de otros pájaros asustadizos, puede pasarse largos minutos posada en un cable, esperó imprudentemente a que la abatieses de un balazo». Todo se agrava al conocer la delicada condición de la hirundo rustica : «era una de esas que vuelan zigzagueando por el cielo y llevan sobre sus huesos un frac pulcro y minúsculo». Todo ello, claro está, acentuado por la condición de la golondrina, una de las pocas avecillas que nunca eran objeto de las rudas artes venatorias de los niños en la posguerra. Eran líricos y sublimes protagonistas de leyendas delicadas y sublimes. No hay duda para el autor, de la atrocidad de la experiencia: «Fue un crimen innombrable, triste, y yo fui testigo y actor de aquella crueldad».

No es el mismo desenlace del relato anterior, pero queda igualmente una extraña y parecida sensación de desasosiego:

«Luego he tenido a personas que murieron en mis brazos y su último hálito, el suspiro del moribundo, fue tan misterioso como el cuerpo inerte de aquella golondrina».

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Bécquer no distinguía las golondrinas . Ni falta que le hacía, por supuesto. Es muy posible que en la rima LIII, que comienza con «Volverán las oscuras golondrinas», los pajarillos cuyos nidos cuelgan del balcón de la amada no son golondrinas sino aviones, el delichon urbica. A fin de cuentas, semejantes confusión es frecuente en estas tierras leonesas. El término «golondrina» incluye la hirundo rustica , el delichon urbica y el vencejo común, apus apus. Y no era mal aficionado Bécquer a los pájaros. Prueba de ello es que el manuscrito de sus poesías lleva por título «Libro de los gorriones. Rimas. Poesías que recuerdo del libro perdido».