Vegonha Rodríguez busca la inspiración para sus nuevas obras en las estrellas
Vegonha Rodríguez es una joven escultora que ama, sobre todas las cosas, a la naturaleza en cualquiera de sus expresiones. Por eso crea bosques animados a partir de planchas de hierro e inventa deliciosos universos de piedra, madera y metal. A Vegonha le gusta que su carrera artística discurra despacio, como el tiempo en su hogar en pleno campo. No tiene prisa por triunfar, aunque sí es urgente para ella expresar cada día lo que siente.
Vegonha Rodríguez «inventa deliciosos universos de piedra, madera y metal».
Hay muchas y muy diferentes maneras de llegar a la escultura. Vegonha cree que para ella lo más importante ha sido la casualidad. «Me dedico plenamente a la escultura desde hace doce años —dice—. Llegué a ella a través de un cúmulo de coincidencias. Yo venía de otra profesión que me di cuenta de que no me gustaba. Esto sucedió cuando tenía ya más de veinte años. Decidí entonces comenzar por el principio, hice una primera parada en la Escuela de Arte de León, donde descubrí el modelado. Posteriormente fui a estudiar a la Escuela de Arte de Valladolid, pensando en dedicarme a hacer decorados para teatro, decoración de interiores y ese tipo de cosas. Pero poco a poco fui creando algunas piezas y comencé a exponer… casi simplemente porque mis amigos y familiares me arrastraron a ello».
Exposiciones, obras en varios lugares de la provincia leonesa y el reconocimiento de los interesados por el arte, no acaban de hacer pensar a la artista que tiene un sitio de relevancia entre los artistas leoneses. «Aún —asegura— no me considero una escultora, no sé si llegaré algún día a ser una artista como Dios manda. Al principio me dediqué exclusivamente al barro. Lo que quería era fundir mis trabajos en bronce, pero como no me lo podía permitir me conformé con el barro y hacía mis apaños para que el resultado final tuviera unas pátinas que fueran semejantes al metal… pensaba que algún día podría fundirlas, pero no pudo ser, todo lo que hacía me lo compraban y no me dejaban tiempo para intentar ir a la fundición».
Y aparecieron los árboles
Y entonces hicieron su aparición los árboles y el hierro. «Como seguía pensando en las calidades de los metales decidí dedicarme a trabajar con el hierro, que es un material más asequible. Fue en ese momento cuando me enamoré de los árboles y ahí estoy, haciendo árboles desde hace un montón de años».
Vegonha ha querido sintetizar en unos estilizados árboles de hierro, con la pátina de la herrumbre, las siluetas gráciles de los árboles que desfilan como vertiginosos fantasmas ante las ventanillas del coche en el que viaja camino del pueblo donde reside. «Me gusta mucho el juego de movimiento que registran los árboles cuando pasas a su lado a toda velocidad. El contraste de los que están muy lejos, con los más cercanos, hace que el que los contempla tenga la sensación de que se mueven, de que interpretan una danza ancestral. Después, contemplándolos en reposo, esos largos pasillos de las plantaciones semejan naves de una inmensa catedral gótica. Partí de la idea de comprometerme con las cosas que a mí me preocupan y decidí que el mantenimiento de la naturaleza, el medio ambiente, eran muy importantes y por eso comencé a hacer esculturas e instalaciones de árboles, de árboles de hierro difíciles de destruir y que recordaran a los que los veían la importancia de nuestros bosques y de la naturaleza en general».
El bosque de Vegonha Rodríguez está formado por siluetas metálicas de la máxima sencillez. Son una evocación poética del contraluz que podríamos encontrar al atardecer en muchos lugares de nuestra geografía. «He querido impregnarles de unas texturas que den la sensación de que por ellos ha pasado el tiempo. Tiene una capa de óxido y después una ligera pintura que es también una referencia a las sufridas cortezas de los chopos».
Y los peces nadaban entre nubes de algodón
Pero además de los árboles Vegonha tiene otro motivo al que ama especialmente: Los peces. «Mis preocupaciones por la tierra se ampliaron también a las aguas, al mar, y entonces surgieron los peces, que son otro de mis motivos recurrentes».
Algunas obras de Vegonha se despliegan en el espacio intentando capturar el aire, mientras que otras recuerdan el mar con su ondulada superficie y claras referencias a los peces. La escultura explica que en este momento sus obras se acercan más a la naturaleza, algunas basadas en motivos marinos. «El mar es para mí un gran misterio. Como soy de la montaña, así como muy de tierra adentro, a los peces les pongo raíces y confundo el mar con el cielo. Estoy con los árboles, con la necesidad que tiene la tierra de que la cuidemos y la tengamos muy en cuenta».
La más novedosa de las aportaciones de Vegonha Rodríguez a capítulos anteriores de su trabajo es sin duda la madera. «La madera también era para mí un misterio y ahora voy conociéndola poco a poco, también ella a mí. Ahora comenzamos a llevarnos bien, aunque algunos disgustos me da». La escultora tiene muchas señas de indelebles características, algunas continúan en su obra, otras están en trance de desaparecer. «Las ondas, las espirales sobre la superficie de las esculturas son como un signo de identidad. En mis trabajos voy incorporando elementos y cuando ya son muy míos, voy dejando esas líneas. Pero bueno, de algún modo siguen estando ahí».
Su amor a la naturaleza la ha llevado a vivir en el campo, muy lejos del ajetreo de las grandes metrópolis». Estas ideas me llevaron a vivir en el campo porque creo que es la mejor forma de vivir. No concibo tener mi hogar en una gran ciudad, ni siquiera en una pequeña ciudad como León».
Después de una docena de años de trabajo la escultora ha pasado por épocas muy diversas, pero sus admiradores recuerdan con cariño sus primeras obras. «Mi madre siempre me dice que por qué no vuelvo a modelar aquella mujeres embarazadas. Ceo que fueron un momento de mi vida. Hay algo interior que te dice que eso se ha acabado… y entonces es que se ha acabado. Simplemente se comienza otro capítulo. Un día dije esta es la última mujer que hago y así fue. Me parecía demasiado aburrido estar modelando eternamente la misma mujer cambiando simplemente la postura. Necesitaba contar otra cosa y ese momento de caos interior con el embarazo y la maternidad se fue diluyendo hasta desaparecer. Aunque dejo el camino abierto, porque en cualquier momento me puede parecer oportuno volver… nunca se sabe».
Una mirada al universo estrellado
«Las últimas piezas que he hecho —comenta— tienen algo que ver con el universo, pero no en el sentido literal, es un acercamiento a la estética de la fotografía del firmamento. Cuando yo veo fotos de la Nasa, de los satélites que rodean a la Tierra, me parecen unas imágenes maravillosas. Quizá por eso estoy empezando a hacer piezas en las que a través del óxido y los colores estoy intentando crear pequeños universos muy abstractos, muy personales».
Por todo ello no es de extrañar que en sus últimos trabajos, después de pasear su mirada por las anchas tierras de León y sus emblemáticos chopos, después de bucear en las profundidades marinas para capturar la belleza de los peces… ahora Vegonha haya vuelto su mirada a lo más alto, al espacio infinito, buscando siempre nuevas referencias para sus trabajos. A nadie sorprende que sus peces naveguen entre nubes en los balcones de Centro Leonés de Arte o sobre un árbol de Llombera. Que sus árboles se cobijaran en el recoleto patio del Palacio de Don Gutierre. Que la artista creara un mar celeste en el Espacio Vías. Porque Vegonha es una continua sorpresa, una escultora que vive en constante evolución y que quizá mañana, u hoy mismo, su imaginación la lleve a nuevos escenarios, a consagrarse de cuerpo y alma a nuevos materiales. Aunque siempre estará presente en sus trabajos su desbordante amor por la naturaleza, una pasión que desarrolla maravillosamente en sus esculturas mirando al cielo, a la tierra o a las profundidades marinas. Y allá, muy lejos, aquellas mujeres embarazadas que la hicieron famosa.