poesía
El río de la vida
ser el canto Vicente Gallego Premio Generación del 27, Visor, Madrid, 2016. 66 páginas.
E moción y pensamiento hallaban feliz coyunda en Santa deriva (2002); a partir de ahí Vicente Gallego fue adelgazando su discurso en Cantar de ciego (2005), donde la intuición cobra mayor cuerpo, Si temierais morir (2008), con vislumbres de la prédica mística, Mundo dentro del claro (2012), en el que celebra el ámbito de las sensaciones, Saber de grillos (2015), de palabra desnuda para celebrar el existir, y, finalmente, este Ser el canto , que prosigue el mismo camino, claro y definido pese a lo deslucido de los títulos.
El de este nuevo poemario procede de estos versos: «¿Cuándo tuvo principio / mi amor por cuanto amo? ¿Fue primero / amar o ser el canto?». Se inician así los cincuenta cantos del poemario, entendiendo el canto como sinónimo de poema o canción lírica, en este caso de escueto desarrollo, de palabra despojada, natural como lo es el canto del pájaro o el susurro del viento. Porque la poesía de Gallego se impregna de naturaleza: el que canta es un sujeto gozoso de existir entre los demás seres, sean pájaros, árboles o luna; un sujeto que expresa su íntima exaltación y que celebra poder cantar el mundo natural en el que se siente inmerso. Los seres que mejor pueden ser canto en sí mismos son los pájaros, «en música obstinados».
Con su canción jubilosa el poeta establece con las cosas un flujo recíproco de amor. Hay, sí, una disposición afectiva del ánimo, que desea «verse lleno de esta hermosura», participar del hechizo de las cosas, celebrar cada instante de oro. El poeta despierta para celebrar el gozo de vivir, con el corazón propicio al júbilo entre los actos sencillos de cada momento y entre la «humilde verdad» de lo existente.
El poeta canta porque admira, desde el caminar de la hormiga hasta el abrirse los pétalos de una rosa. Determinadas palabras pueden expresar el sentir de esta poesía: «gratitud» porque la belleza natural se nos da graciosamente; «temblor» o emoción ante tal belleza, «alegría», que deriva de todo lo anterior, «alma», que equivale al soplo vital de las cosas, así como a la parte cordial del sentir y el querer. El poeta remite, a veces, a la niñez todos esos sentimientos, cuando aún la razón no había enturbiado el candor de la mirada. Por otro lado, de ese mundo natural aprende el poeta humildad y mansedumbre, aprende que la verdadera riqueza no es material, sino saberse dueño de tal hermosura. La poesía última de Gallego respira, como se intuye por lo dicho, sencillez franciscana.