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Letras de macuto
rAFAEL GARCÍA SERRANO (1917-1988)ASENTÓ SU CARRERA COMO NOVELISTA EN UN ESTILO BRONCO Y ABRUPTO, CUYO RITMO BRIOSO TRASLUCE UNA IDEOLOGÍA SIN MATICES, INSPIRADA EN LA DIALÉCTICA FASCISTA DE LOS PUÑOS Y LAS PISTOLAS. . divergente
El escritor y periodista Rafael García Serrano
E se atropello de urgencias recurrentes le llevó a descuidar la arquitectura de sus novelas, donde todo quedó supeditado a dosis crecientes de revenida papilla falangista. Como en un macuto de reemplazo, agolpa y embarulla en esas novelas relatos y desahogos, obsesiones y expectativas. Ya en los ochenta del pasado siglo, la editorial Planeta rescató sus novelas iniciales y dio vuelo a sus últimas expresiones de agresivo militante antidemocrático, que resume su recalcitrante memorial La gran esperanza (1983), galardonada con el Premio Espejo de España, donde evoca nostálgico sus años de entusiasmo bélico juvenil en Pamplona, a cobijo de aquella escuadra negra que jaleaban el cura Yzurdiaga, el general Mola (mulo Mola de Neruda y Bergamín) y el olvidado prosista Ángel María Pascual. Como sus ideas no mudaron en el medio siglo de ejercicio narrativo, al cabo del tiempo fue agrupando sus novelas en trilogías, sin atenerse estrictamente a su trabazón argumental. En 1964, puso la etiqueta de La Guerra a las tres primeras y dieciocho años después reunió en Frente Norte las tres siguientes. Además, armó con su mejor prosa el mosaico anecdótico del Diccionario para un macuto (1964), sin seguir un orden alfabético.
LA FIEL INFANTERÍA
Eugenio o la proclamación de la primavera (1938) evoca la crispación de los días previos a la guerra con un tono arrogante, lírico y agresivo, que inyecta y propaga el deber ineludible de dar la vida por una causa superior. El simbolismo del relato proyecta los ideales de una juventud embocada al matadero. La fiel infantería (1943) recibió el Premio Nacional de novela, pero padeció el veto a los pocos días del arzobispo Pla y Deniel, que motivó su secuestro. No se reeditó hasta 1958. Las razones para el secuestro eclesiástico fueron las escenas de prostíbulo y cabaret, un vocabulario indecoroso y obsceno y cierto tufo anticlerical y volteriano. La novela evoca escenas de combate bélico y revela la condición «de guerrero un tanto ful», según Gregorio Morán, del navarro, a quien le quitaron un pulmón en Somosierra como consecuencia de los fríos turolenses. Las tres partes de la novela discurren con la columna navarra que parte a la toma de Madrid y en Somosierra rebota hacia Burgos, siguen con reflexiones de retaguardia y culmina con el repliegue abulense en la academia de cadetes. Todo escrito con el griterío altisonante que busca herir «las sensibilidades burguesas de camilla». Plaza del Castillo (1951) reproduce la conspiración fascista con Mola en los Sanfermines del 36. Para Nora, esta es su mejor novela, cuyos presagios concluyen con el estallido de la guerra.
LOS OJOS PERDIDOS
Este verso de Juan Ramón titula su novela de 1958, en que nos muestra el miedo a la lucha de un oficial retenido en la imaginaria ciudad de Gambo, donde vive una apasionada historia de amor. Es la otra cara del arrojo bélico, que sucede a su maniquea La ventana daba al río (1954), una novela corta situada en la frontera Navarra con Francia, donde la cohetería belicista del bando nacional contrasta con los insultos a sus rivales republicanos. Completa el ciclo de este Frente Norte La paz dura quince días (1960), en cuyas páginas persiste la apología de un efectismo sin amortiguar, pero ahora con adobo experimental y apariencia paródica.
Un autor tan implicado en la bronca política acusa el oleaje de los diferentes episodios de posguerra. Desde 1945, trabaja en Arriba , con una etapa de corresponsal en Roma, y en 1950 recibe el premio Francisco Franco. Un año más tarde se estrena como guionista de cine con Sánchez Silva en Ronda española , basada en las expediciones folclóricas de la Sección Femenina por América, a las que dedica su libro de viajes Bailando hasta la Cruz del Sur (1953). Entre las danzantes encuentra a su mujer, Araceli García Comas. Otros guiones suyos fueron La fiel infantería (1960) y Novios de la muerte (1973). A raíz de los sucesos estudiantiles de 1956, lo rebajaron un peldaño de la dirección de Arriba, quedando como profuso colaborador de la prensa azul, director del semanario Siete fechas y de la agencia de noticias Pyresa. A partir de 1974, pasa como columnista al diario El Alcázar, órgano de la Hermandad de Excombatientes y vocero del búnker.
En sus páginas se identifica con el fallido golpe de Estado de 1981 y lanza sus rugidos de viejo tigre de estraza en títulos como Retrato (al minuto) de un cabrón contemporáneo (1977) o El obispo de Gambo (progre) tiene el honor de invitarle a la próxima guerra civil, que estallará el 17 de los corrientes, Dios mediante, al toque del ángelus (1978). Estos ruidos desmedidos acaban convirtiendo en caricatura al viejo requeté y relegando al descuido obras de más interés, como sus relatos reunidos en Las vacas de Olite (1980, donde ensaya una nueva versión de la visión mítica de la historia de España fijada en Los toros de Iberia’ (1945). Ya en la pendiente final, anticipa en V Centenario (1986) una imagen de la España autonómica que resulta monótona por su desmesura. Su último título, Cantatas de mi mochila (1992) vio la luz ya póstumo e incide en la imaginaria patulea de excombatientes.