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nacho abad
León

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E stoy comiendo de una fiambrera en las zonas comunes del complejo donde trabajo, junto a otras 6 ó 7 personas a las que no conozco y con las que nunca he hablado. Hay frente a nosotros una jardinera tapizada con un manto de césped artificial sobre el que han crecido algunas malas hierbas, dientes de león, flores altas y amarillas. Ahora alguien tendrá que avisar a los servicios de mantenimiento para que las arranquen de raíz, porque de lo contrario la naturaleza acabaría por ocupar el lugar de esta instalación de plástico verde que pretende suplantarla. Me pregunto cuánto tiempo le llevaría a la naturaleza recuperar por completo su espacio, si no intervinieran las personas. Y más aún, de seguir su curso, cuánto tardaría en extenderse por las calles, subir por las escaleras hasta la cubierta de los edificios, trepar por los semáforos y las farolas, y sepultar por completo la ciudad.

Hay cerca de mí un hombre que come una ensalada comprada ayer a última hora de la tarde en un supermercado (aunque este último dato es algo que imagino, por la forma melancólica con la que mueve los canónigos con el tenedor blanco, llevándolos de un lado a otro del envase transparente), y a mi lado una señora que sostiene con la mano izquierda un sándwich vegetal que aún no ha probado porque está distraída mirando su teléfono móvil. Nosotros también debemos tener cierto aspecto de césped artificial, elegantes y aburridos. Ahora se detiene en frente el vehículo de los jardineros, y se apean dos tipos con la piel del rostro y los brazos quemada por el sol. Se proveen pacientemente de herramientas y se calzan guantes de cuero para cuidar la hierba artificial, para sanearla. Miro a mi alrededor, pero soy el único que presta atención a lo que sucede, como si esos dos hombres fueran dos fantasmas, o dos alucinaciones sólo yo puedo ver. La señora de al lado da un primer mordisco a su sándwich a la vez que suena una alerta en su teléfono móvil. Mientras mastica, lee un mensaje en el aparato y luego se dirige hacia mí: «Mira, mi hija pequeña ha escrito un poema». Me cede el aparato para que lo vea yo mismo y lo juzgue, pero me quedo perplejo al leer que las tres primeras palabras son «Diente de león».

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