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Un tentetieso jovial
EL MARTES 24 SE CUMPLEN 40 AÑOS DEL FALLECIMIENTO DE JOSÉ MARÍA DE COSSÍO (1892-1977), EL ACADÉMICO DE LOS TOROS, EN CUYA BOCA MUSGOSA VIO GARCÍA LORCA «TOMAR EL SOL A LOS LAGARTOS». EN LA ACTUALIDAD YA ES CASI SOLO UNA REFERENCIA TAURINA. divergente
El escritor, erudito y experto en tauromaquia José María de Cossío
A tal punto llega la antonomasia, que variados negocios de esa afición se bautizan con su apellido. Por la enciclopedia Los Toros , cuyos volúmenes vieron la luz entre 1943 y 1961. Concebida por Ortega, Cossío fue su director y contó en la labor con el poeta Miguel Hernández, mitad como negro mitad como secretario. «Tu joven pastor secretario», le llamaba Jorge Guillén. Entonces acudía Miguel a la hemeroteca, a sacar apuntes para el maestro, y también iba de fincas, con el kilométrico de Espasa. Feliz con los cincuenta duros de sueldo. El encargo le vino como consecuencia de su magnífico estudio y antología Los toros en la poesía española (1931).
Los Cossío eran foramontanos que adornaron su castillo de Sepúlveda con un mirador barroco para disfrutar las funciones de toros. En Tudanca pasaban los veranos en la casona de un antepasado indiano. Su bisabuelo Cuesta fue el patriarca que inspiró Peñas arriba , la novela de Pereda. Por esa rama tenían el baldón del general derrotado por los franceses en Rioseco, que compensaba el prestigio institucionista de su tío Bartolomé Cossío, redentor de El Greco. El periodista Francisco de Cossío y el pintor Mariano de Cossío fueron sus hermanos. El ancla materna estaba envuelta en confusas bastardías borbónicas, de las que presumía su hermano Francisco. La temprana orfandad de los Cossío dejó su tutela a la abuela paterna, que repartía el año entre el palacio de Valladolid (actual Casa Revilla) y la casona montañesa. Huyendo de Sepúlveda, solar de las desgracias, donde una tuberculosis feroz mató a sus padres.
Cossío cursó Derecho en Valladolid y se trasladó a Madrid para el doctorado. Más adelante, estudió Letras en Salamanca. En 1920 editó su primera obra, un poemario titulado Epístolas para amigos y se convirtió en figura habitual de las tertulias madrileñas. Dirigió los cursos para extranjeros de la Universidad Internacional de Santander. Experto y gran aficionado al mundo taurino, fue amigo de toreros como José Gómez ‘Joselito’, Ignacio Sánchez Mejías, Rafael Ortega ‘El Gallo’, Pepe Luis Vázquez, Antonio Bienvenida y Domingo Ortega. Su afición al mundo taurino surgió en Salamanca, a través del ganadero Alipio Pérez-Tabernero. La muerte de Joselito (1920), a quien seguía de plaza en plaza conviviendo en su casa de la calle Arrieta, lo recluyó en Tudanca para un luto de años, del que lo rescató un nuevo entusiasmo por el Niño de la Palma. Luego hizo de enlace entre los poetas del 27 y Sánchez Mejías, que le dedicó el toro de su despedida.
En Tudanca reunió una biblioteca fastuosa y tuvo como huésped a Alberti en la primavera de 1928. Presidente del Racing (1932-36) y delegado del Barcelona, llevó a Alberti a la final de Copa protagonizada desde la portería culé por Platko, el «oso rubio de Hungría» que el poeta inmortalizó en sus versos. Inducido por el gobernador Semprún Gurrea, padre del ministro, fue alcalde republicano de Tudanca (1932-1936), hasta su deposición por el franquismo. La guerra la pasó en Madrid, en un chalé de la Ciudad Jardín compartido con Ramón Carande, adelantando el trabajo de Los Toros . Ya sin Miguel Hernández, al que más tarde peleó por aliviar en sus presidios. Juanista medroso, lo hicieron académico en las rebajas del 47. A partir de los cuarenta, dirigió las colecciones Austral y Clásicos Castellanos, de Espasa. En Austral editó en 1949 El rayo que no cesa , con un prólogo suyo que resalta la talla humana y poética de Miguel Hernández. En 1962 Fraga lo nombró presidente del Ateneo.
La generosidad de Cossío con sus amigos fue siempre proverbial. En la casona de Tudanca, en el valle del Nansa, pasaba desde principio de mayo hasta finales de octubre. Su biblioteca, legada al gobierno cántabro, la forman veinticinco mil volúmenes, con publicaciones de los siglos dieciséis al veinte. Editó libros de amigos, como el casi clandestino Hampa. Estampas de la mala vida (1923), de su colega tenuemente republicano José del Río, y escribió sobre autores del Siglo de Oro, como Ercilla, Góngora o Baltasar Gracián. Además, es autor de una obra de referencia sobre la vertiente fantástica de la poesía: Fábulas mitológicas en España (1952). Tuvo un vínculo especial con Cantabria. Escribió varios libros montañeses, editó las Obras completas de Pereda y nos dejó esa delicia de cultura, memoria y sabiduría que constituyen sus Rutas literarias de la Montaña (1958). Gran conversador, homosexual y cultor de las pasiones de la poesía y la amistad, fue asiduo de tertulias intelectuales y taurinas. Umbral lo dibuja «gordo, miope y con sonrisa verde de sapo de cuento», mientras la evocación distante de Salinas lo imagina como «tentetieso jovial».
Trabajó con Pedro Salinas (que lo evoca desde el exilio en «un doloroso lejos») en la fundación de la que sería Universidad Internacional de Verano y entre 1930 y 1931, actuó como secretario de la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander. En 1927, fue organizador del homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla, aunque no pudo asistir. En su libro Rutas literarias de la Montaña , José María de Cossío recoge la descripción que Miguel de Unamuno hizo de la población en que se encuentra la Casona: «A un lado y otro del río Nansa, se alzan montañas y riscos, revestidos de robledos y hayedos, con avellanos y otras especies además de altas praderías que cierran el azul del cielo con la verdura de los pastos, a los que viene a acariciar la bruma tutelar». El paisaje, las costumbres y habla de sus gentes, fueron recogidos por Pereda en Peñas arriba , quien situó parte de la acción en la Casona de Tudanca.