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Tumulto de pasiones
EL PASADO DOMINGO SE CUMPLIERON 90 AÑOS DE LA MUERTE EN SU VILLA FONTANA ROSA DE LA COSTA AZUL, DE VICENTE BLASCO IBÁÑEZ (1867-1928), EL NOVELISTA ESPAÑOL QUE TUVO UN ÉXITO TAN FULGURANTE QUE ACABÓ CONVERTIDO EN PERSONAJE MEGALÓMANO. divergente
Retrato de Vicente Blasco Ibáñez
T ampoco sería justo situar su narrativa en la casilla del éxito comercial, aunque parezca el camino más corto. Pero es lo cierto que fue el primer autor de best sellers que vio a los grandes de Hollywood, como Garbo, Valentino o Hayworth, encarnar a sus personajes. Mientras estudiaba Derecho con desgana, se colocó como amanuense y negro del folletinista Fernández y González, que dictaba sus historias a la vuelta de una infortunada estancia parisina, ciudad a la que había escapado siguiendo la pasión de un amor imprevisto. También Blasco sigue la deriva de París, en cuyo barrio latino conoce a las grandes figuras el naturalismo, esquivando conflictos políticos. Cuando una amnistía le permite volver a España (1891), aprovecha la visita a Valencia para casarse con María Blasco, pariente lejana suya. Sin cejar en el activismo de prensa y política, que tantos sinsabores le viene ocasionando. Funda editoriales en Valencia, que finalmente confluirán en Prometeo, y se implica en una campaña a favor de la independencia cubana, que concluirá con un consejo de guerra y cárcel, de donde sale para ser elegido diputado republicano en 1898.
Sus primeras novelas son de ambiente valenciano, abarcando desde la burguesía mercantil a los huertanos y pescadores de la Albufera. Destaca la galdosiana Arroz y tartana (1894), que transpira la estética naturalista que moviliza al republicanismo levantino. Tanto la ambiciosa doña Manuela como su contrapunto, el desafortunado Juanito, personalizan aquel escenario de tensiones sociales en el que Blasco pone en marcha El pueblo, que distribuye una biblioteca popular con miles de volúmenes. Emerge entonces el blasquismo, variante radical del republicanismo finisecular, en cuyos inicios participa también el pintor Sorolla, más tarde protagonista de su novela La maja desnuda (1906). Sus mejores novelas pertenecen al ambiente valenciano de los inicios: Arroz y tartana, Flor de mayo (1895), La barraca (1898), Entre naranjos (1900) y Cañas y barro (1902), con el tropiezo arqueológico de Sónnica, la cortesana (1901), que intenta rescatar la gesta de Sagunto. En las páginas de estas primeras novelas, se manifiesta la destreza de Blasco Ibáñez para enlazar los suburbios intelectuales con los mostradores de tendero. Completan su visión del terruño los esbozos narrativos de Cuentos valencianos (1903) y La condenada y otros cuentos, que agrupa novelas breves y relatos.
Una característica de los libros de Blasco Ibáñez es que, a raíz de su popularidad televisiva de los setenta, con las series sobre Cañas y barr o y La barraca , prácticamente todos sus libros salvaron el purgatorio del franquismo, que no perdonó su recalcitrante anticlericalismo, y están disponibles en ediciones de bolsillo. Tampoco lo apreciaron los escritores del canon, entre los que prosperó la reacción de Valle ante el anuncio de su muerte: «¿Ha muerto Blasco Ibáñez? Nada. Pura publicidad». Siete títulos jalonan el ciclo de sus novelas sociales entre 1903 y 1909. Con ellas alza la exuberancia de su activismo frente al quietismo dubitativo de los noventayochistas. La catedral (1903) nos traslada al Toledo del dieciséis, donde una sociedad adormecida por la clerigalla añora el esplendor de los Reyes Católicos. Allí recala Gabriel Luna dispuesto a sembrar la revolución, para acabar sacrificado por la chusma, a la que se enfrenta, para evitar el robo del tesoro de la Virgen. El intruso (1904) nos lleva a Gallarta, pueblo minero de Vizcaya, que ofrece el contraste entre las penalidades de los obreros y la opulencia jesuítica, que culmina con el enfrentamiento entre devotos y mineros en la romería de Begoña. La bodega (1905) novela una revuelta campesina en el Jerez del fin de siglo. El idealista que nunca falta en sus novelas de este ciclo es el anarquista Salvatierra, que se enfrenta a Dupont, dueño de las bodegas y dominado por los jesuitas. Tras asistir a su fracaso, Salvatierra confía en que llegue hasta allí la luz de la rebeldía, presente ya en las ciudades.
Un final similar tiene La horda (1905), que se desarrolla en los bajos fondos madrileños y con un notable parentesco con la trilogía barojiana de La lucha por la vida. En este caso, el periodista bohemio Isidro Maltrana interpreta el papel de portavoz del descontento, como el doctor Aresti en El intruso o Salvatierra en La bodega. Tanto La maja desnuda (1906) como La voluntad de vivir (1907), protagonizadas por un artista que combina aspectos de Benlliure y de Sorolla, y por un científico trasunto del doctor Simarro, plantean que tanto el artista como el científico de vocación no debieran casarse, para evitar el choque entre su entrega absoluta y las servidumbres domésticas. El intento de establecer colonias agrícolas para emigrantes en Argentina –Nueva Valencia y Cervantes-, se saldó con fracaso, a pesar del respaldo con varios libros: Los argonautas (1914), y ya después de la Gran Guerra, La tierra de todos (1922).
Aliadófilo, contribuyó con nueve volúmenes de fascículos bélicos y dos novelas: Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916) y Mare Nostrum (1918). Pero el tumulto de su vida se había producido cuando conoció a la chilena Elena Ortúzar (1872-1963) en el estudio de Sorolla, que pintó su retrato. A su deseo, destruyó los doce mil ejemplares de La voluntad de vivir la noche antes de distribuirse, para evitar la difusión de su cortejo obsesivo a Chita, casada con un diplomático millonario, que falleció en 1917. A partir de entonces, conviven en la Costa Azul y viajan por el mundo (La vuelta al mundo de un novelista , 1924), para casarse en 1925, ya viudos los dos.