Publicado por
nacho abad
León

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A l cerrar el libro he descubierto que algunas palabras se habían desprendido sobre el mantel de hule de la mesa de la cocina, junto a la ceniza de un cigarro que ha desbordado el cenicero. En realidad son letras sueltas que no tienen significado, y no hay forma de leerlas y no sé cómo devolverlas a su sitio: son como las piezas de un mecanismo que sobran tras la reparación. Así que las llevo conmigo. Las guardo en el bolsillo de mi chaqueta, pero alguna se desprende y se me cuela en el zapato, y es un incordio al caminar. Quiero abandonarlas, pero no sé dónde y comienzo una marcha larga para buscar un vertedero de palabras rotas. Por el camino me encuentro con un hombre que tiene los hombros llenos de una caspa negra. Me disculpo con él antes de peguntarle si le ocurre lo mismo que a mí, pero me contesta que no, que sus palabras no se han caído de ningún libro, sino de unos auriculares donde escuchaba música. «Canción de autor», me dice con cierto orgullo. Decidimos buscar juntos. Y por el camino encontramos a una chica que protesta porque alguien ha sacudido la alfombra desde el balcón y le han caído encima cientos de palabras que tampoco son palabras. «A saber de qué boca han salido», se queja ante nosotros, y para consolarla, la invitamos a que busquemos juntos el vertedero de palabras rotas. «Mejor que un vertedero, un taller para repararlas», aporta ella. Yo me ruborizo un poco, porque ella, con ese simple gesto, ha sabido dar el toque de humanidad que le faltaba a nuestra misión, y asiento y digo que sí, que busquemos ese taller y reparemos todas esas palabras. Y allí vamos los tres, sin rumbo, cuando encontramos en el viaducto a un señor, casi un anciano, que está apunto de saltar al vacío. La chica joven se acerca a él y le dice: «Pero, hombre, ¿no ve que está usted tirando palabras rotas sobre los coches?» El hombre parece sorprendido y dice no haberse dado cuenta. «Venga con nosotros» dice la chica, «estamos buscando donde arreglar nuestras palabras rotas». El hombre accede y los cuatro caminamos juntos durante todo el día hasta que se hace de noche. «¿Y si no existe ese lugar?», pregunto a mis acompañantes. Alguien me responde que si no existe ese lugar, seguiremos caminando hasta que lleguemos a ninguna parte.

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