FILANDÖN
«Hay una obsesión con la apariencia de felicidad»
MANUEL FERRERO / Escritor y cuentacuentos. Una dragona que ha de aprender a usar su fuego, y un niño que ve en ella la manera de aceptarse como es y el mundo en el que vive, protagonizan el nuevo libro de Manuel Ferrero, ilustrado por Lidia Masferrer «Enseñar valores no supone decirles a las niñas y niños cómo han de sentirse, o qué han de pensar» «No podemos pretender que el árbol sea árbol sin haber disfrutado antes de ser tallito lleno de brotes»
El cuentacuentos y autor de literatura infantil Manuel Ferrero, natural de Ciñera de Gordón y que ha publicado libros como ‘Pombo, el cordero conquistador’, ‘Kikiño’, ‘El reino de los mil escalones’, ‘Anastasia la
Aquel niño, en aquel colegio al que fue —como es su costumbre, su pasión y su oficio— a contar cuentos, le dio la clave de la historia. Estaban hablando de la alegría y él dijo que a él eso no le gustaba, ya que siempre que se alegraba, le reñían. A Manuel Ferrero, autor de, con este, ocho libros de literatura infantil, la frase del chico le hizo pensar mucho. Y fruto de esas meditaciones nació Fuego en la sopa, una obra ilustrada por Lidia Masferrer y editada por el sello Babidibú en torno a la necesidad de aceptarse como se es... y siempre con alegría de la de verdad.
—¿Cómo surgió la idea de crear ‘Fuego en la sopa’? ¿Nació de algún encuentro, sorpresa, anécdota...?
—Lidia Iris, la ilustradora, era compañera de piso de una amiga, Begoña, a la que cariñosamente llamamos Begoñuca. Ella nos puso en contacto. Lidia dibuja precioso y me pidió un cuento. Le pasé esta historia y le encantó. El relato en sí se inspira en las palabras que dijo un niño en un colegio al que fui una vez a actuar. Dijo textualmente: «No me gusta la alegría... cada vez que me alegro me riñen o rompo algo». Escucharle me hizo pensar que vivimos en una sociedad obsesionada con la apariencia de felicidad y por eso decidí crear un cuento que muestre que existe una felicidad más allá de lágrimas y tristezas (todos pasamos por ellas), la que surge de quererse como uno es y amar el mundo en el que uno vive. Una dragona que aprende a usar su fuego es una buena metáfora para lo que digo. Una metáfora abierta.
—¿Cómo modelaste los personajes protagonistas, qué caracteres quisiste que tuvieran?
—Hay cinco personajes en el cuento. Papá, mamá, un niño, una dragona y una güelina haciendo puchero. Quería que la mirada de los niños hacia los adultos fuera de gratitud y la mirada de los adultos al pequeño fuera de orgullo y aceptación. La dragoncita Teodora es un personaje tierno y poderoso que acompaña al niño con respeto para que él saque sus propias conclusiones y descubra su propio valor. Y la clave, una historia interesante: ¿Sabíais que existen dragones que viven en los tazones de la sopa?
—¿Y qué decir del lenguaje? ¿Para qué edades, en concreto, está pensado ‘Fuego en la sopa’?
—He intentado cuidar mucho el lenguaje, por eso el libro es adecuado para todas las edades. Estoy con Lorca cuando decía que al niño hay que darle vocabulario. Hay que llegar a la historia desde el sonido y desde el ritmo. Eso sí, la edad para que la comprendan bien es a partir de siete años. Para más peques, o bien se les lee poco a poco cada día o se les cuenta resumido con las palabras que quieran los padres, hasta que crezcan y lo lean por sí mismos. Sin embargo, siempre me asombra que los rapaces al final se alucinan con lo que menos te esperas. Un dibujo. Una frase. No es necesario entenderlo todo. Este cuento es ideal para los adultos. Es poético y la hondura de la alegoría se comprende mejor por los mayores. Lo bueno de los peques es que ellos verán mil cosas que uno ni se imagina.
—¿Qué te han dicho los jóvenes lectores (a menudo, críticos implacables) que lo han leído?
—De momento tengo las referencias de adultos a los que les ha encantado. Es un cuento que todavía no he contado, ni leído a los niños... Quedo emplazado para observarlo y podéroslo contestar con sinceridad más adelante.
—¿Qué nos puedes decir de la labor de la ilustradora?
—Es una gran artista. Miss Cuchiflita es su nombre artístico como pintora. Lidia Iris Masferrer supo leer entre líneas y materializar imágenes para un cuento que, creo, es muy difícil de ilustrar. Se trata de un diálogo interno entre un niño, Daniel, y una dragoncina, Teodora. Poder reflejar la atmósfera de ese diálogo no es tarea sencilla. Los ojos de Daniel están muy conseguidos. Tienen un brillo especial que dota al personaje de ternura y energía. En un golpe de vista te sitúa en los lugares y hace que los cambios de perspectiva y de tiempo (continuos en la historia), se vuelvan sencillos y naturales. Es un gran logro para el libro.
—Como dices, a menudo valores y entretenimiento no están muy equilibrados en otros libros infantiles. ¿De qué manera has intentado combinarlos aquí?
—Con respeto. Valor no es para mí direccionarlo todo y decirles a las niñas y niños cómo han de sentirse, o qué han de pensar. Ser adulto da más experiencia, pero no me hace más importante. Lo primero es que el cuento sea una historia bonita. Trato de que esté llena de lirismo y que sea amena. Una vez conseguido, mi deseo es que ayude a los peques a conocerse, a aceptarse y a disfrutar del mundo desde la propia mirada. El fuego de cada cual (esto es, cómo gestione uno las emociones) es de cada cual. El libro es una invitación a hacer algo bueno con la vida. Y que el lector entienda por bueno aquello que considere. Creo que favorece la autoestima, ayuda al diálogo y anima a los padres a ver a los hijos como semillas que van creciendo y aprendiendo. No podemos pretender que el árbol sea árbol ya, sin haber disfrutado antes de ser tallito con todos sus brotes.
—¿Cómo ves ese bosque profundo y enmarañado que es la literatura infantil? A veces parece que cabe todo en ese saco…
—La literatura, o es literatura o no es. Simplificar el mundo y ñoñificarlo (permítaseme el ‘manolismo’), es un error. No creo que todo valga. La pregunta que yo me hago cuando escribo algo es ¿merece la pena o la alegría lo escrito? ¿Aporta algo más allá de la propia vanidad que todos tenemos? El arte ha de estar al servicio del mundo y no de la cartera. Hermoso es que uno gane la vida con el arte que hace, yo estoy en ello como todos, pero si ese arte no nace de una conexión más fuerte con lo esencial, estamos abocados a ser consumidores. ¿Se pude crear con amor? Creo hay que reducir los deseos y el arte ha de satisfacer necesidades. Una de ellas es la búsqueda de la belleza, la verdad y el asombro. Hay una parte de la literatura infantil que banaliza o adormece. ¿Podemos ser indiferentes al mundo en el que vivimos? ¿Qué hay de cuidar la naturaleza? ¿Qué hay de aprender a convivir? ¿La sensibilidad se enseña? El planeta entero nos pide que usemos las manos y la inteligencia para crear un mundo pacífico, lleno de biodiversidad y con gentes que hagan congocios en vez de negocios. Esta palabra me la enseñó una amiga: congocio, trabajo hecho con gozo. Negocio, tarea hecha solo para ganar moneda, sin gozo y aún a riesgo de pudrir el corazón.