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nacho abad
León

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No era el bosque, sino el cielo lo que nos impedían ver los árboles. En lo alto, por encima de la cúpula verde de aquella región, las nubes conspiraban contra nosotros. Los pájaros desaparecieron y a la vez oscureció, como si hubiera anochecido o algún astro eclipsara el sol. Miré el reloj, y no eran ni las once. Un viento magnético barrió la copa de los árboles y tras él escuchamos las primeras gotas, que apenas impactaron sobre nosotros. Empezó a llover. El agua se deslizaba por las hojas y nos caía a chorros veloces y helados. De los relámpagos solo nos llegaba su luz verde y rosa. Le dije a mi amigo que tendríamos que volver, que en medio de un temporal los bosques se convierten en cepos para humanos, pero él se resistía. “Hoy es el último día. Mañana subiremos a un avión rumbo a España. No te vas a morir por un poco de agua”. Más que hablar, me gritaba, porque el ruido de la lluvia se tragaba el resto de sonidos. La tormenta nos impedía oír el bosque, pensé, y me reí yo solo. Continuamos durante un par de horas. El chubasquero con capucha me mantenía seco de las rodillas para arriba, pero los pantalones se habían convertido en una esponja, en un bañador. También notaba una vía de agua dentro de la bota derecha. Estaba incómodo. Tenía frío. Me encontraba mal. Adelanté a mi amigo y me giré para cortarle el paso. Le agarré de los hombros y le dije que volviéramos, que estaba cansado y tenía hambre y frío. Comprendió mi enfado y se mostró arrepentido de su obstinación, y accedió a regresar. Caminamos sobre nuestros pasos y al llegar al punto en el que había comenzado a llover, la lluvia cesó. Un sol invisible lanzaba desde alguna parte una luz anémica y blanca. Me quité la capucha y me sequé la cara con un pañuelo. Miré a mi amigo y mi amigo había desaparecido. Me di la vuelta, grité su nombre. No le encontré. Supuse que volvió a buscar aquel árbol sagrado. Caminé hasta nuestra pensión. Llegué agotado. Me duché y me quedé dormido sobre las mantas. Al día siguiente mi amigo perdió el avión de vuelta. Nunca más supe de él, aunque a menudo pienso que fui yo quien se quedó en ese bosque y él regresó aquí a continuar con mi vida. Ahora mismo escribe estas palabras mientras yo trato de encontrar el cielo más allá de los árboles.

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