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«La filosofía de Zambrano busca una nueva relación con lo divino»

Rogelio Blanco, amigo y discípulo de la razón poética de María Zambrano, revela las claves de su pensamiento, subraya las razones por las que sigue vigente y recuerda los últimos momentos vividos con ella a su regreso del exilio

Dibujo de María Zambrano durante su juventud. dl

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Cristina Fanjul
LEÓN

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_ Las dos obras más conocidas de Zambrano son 'El hombre y lo divino' y 'Persona y democracia'. ¿Qué subyace en estas dos obras?

El pensador leonés Rogelio Blanco en una imagen de juventud junto a María ZambranoDL

— A las dos obras citadas añadiría Claros del bosque, una poemática singular en la que definitivamente reafirma el paradigma de la razón poética, quizá la mayor aportación del pensamiento zambraniano. El hombre y lo divino, libro intenso, alumbra una fenomenología de la relación entre lo humano y lo divino donde la filósofa constata la lógica del sentir que supera la razón discursiva e incluso la vital orteguiana para adentrase en la piadosa, en los lugares sacros logrados tras “repartir el logos por las entrañas” como pedía Empédocles, una posición metafísica que exige el adentramiento hasta “los ínferos” si necesario fuera; también, para cumplir la propuesta de Plotino: «Estoy tratando de conducir lo divino que hay en mí a lo divino que hay en el universo” eco que atenderá Spinoza. Existen razones mediadoras que inciden en lo sagrado. Libro profundo donde el amor, la muerte y la esperanza reciben una mirada cordial. Se requiere una nueva relación con lo divino. La modernidad se ha enredado en la materialidad. De continuo surgen nuevos ídolos y todo ídolo exige sacrificio, exige, sangre para subsistir, en el caso del hombre el valor más sustancial, la libertad. Con mirada piadosa y atenta se ha de descubrir cuanto encubre y desvelar los valores ocultos para no ser vencidos por los falsos ídolos. Persona y democracia es obra de reflexión más práctica y con propuestas de compromiso político. Se trata de la puesta en valor de la razón cívica que también mora en el ser humano en cuanto ser ecuménicos que ha de relacionarse con los otros, las cosas (lo otro) y consigo mismo; pues, como ser multirrelacional ha de habilitar la razón dialogante, el valor de la palabra. El logro de cada individuo es ser persona y no personaje, cumplir su biografía “sin pisar ni pesar sobre nada ni nadie”, pues en “cada hombre se hallan todos los hombres”, ya que no solo somos historia, sino seres históricos. La democracia, siendo el hábitat más natural, el lugar de la palabra, cuenta con fuertes enemigos. Cita tres: la demagogia, el exceso de ideología y los nacionalismos.

De izquierda a derecha, María Zambrano, Ildefonso Manuel Gil, Ricardo Gullón y Salvador Lisarrague en una verbena de Chamberí. DL

Alianza Editorial publica sus obras completas

La biblioteca María Zambrano de El libro de bolsillo de Alianza Editorial nació ante el público en 2019, aunque es una idea que comenzó a fraguarse antes, en conversaciones con Rogelio Blanco, a quien le une con la filósofa una historia viva de amistad intelectual que quedó grabada en la forma de un compromiso puro con su obra que se ha extendido hasta nosotros. Pero también es una idea que, en parte, ha tardado casi sesenta años en materializarse. Cuando en 1966 se fundó Alianza Editorial, con la misión de hacer accesibles al público los textos clave del pensamiento universal, María Zambrano había escrito ya buena parte de las obras por las que hoy es recordada y le quedaban aún veinticinco años de vida y de producción intelectual. Sin embargo, no fue hasta dos años después de su muerte, en 1993, que Alianza pudo publicar —en su mítica colección «Alianza Tres»— el que quizá ha sido hasta ahora su libro canónico: Hacia un saber sobre el alma.

Tras ello han pasado otros veinticinco largos años en los que la filósofa se ha abierto un camino cada vez más amplio entre los lectores y las aulas. No le ha hecho falta recurrir a los codazos, si bien ha habido que limar una dura capa de misoginia académica. La clave de que María Zambrano sea hoy la filósofa de referencia en la filosofía hispanohablante del siglo XX está en la capacidad de su obra para enamorar a nuevos lectores y no agotarse nunca. En lugar de proponer un sistema rígido, Zambrano ofrece la apertura del pensamiento poético, creativo, que nos necesita a nosotros los lectores para reactualizarse una y otra vez. Esto hace que, en su faceta más filosófica, la obra de María Zambrano se escurra constantemente entre las manos de quien intenta amoldarla a un canon. Y, a la vez, que cada vez sea más grande la comunidad que quiere hablar de ella: en la última década se han sucedido los congresos académicos en torno a su figura, pero también se escucha recurrentemente su nombre en boca de escritoras, artistas y creadores de todo tipo que encuentran inspiración en su filosofía. Hay algo en la obra de María Zambrano que empuja a hablar de ella: no basta con leerla; su pensamiento nos mueve a compartirlo con los otros, crea un foro, abre un claro en el espacio público, nos invita a participar de una conversación.

Su biblioteca en El libro de bolsillo ha sido editada también con ese espíritu, de la mano de investigadores muy diversos que, mediante prólogos escritos con vocación de hacerse entender —no siempre ocurre—, presentan su lectura de Zambrano, conscientes de que no será la única, para iniciar una conversación: los filósofos Miguel Morey, Marifé Santiago Bolaños, Mercedes Gómez Blesa, Carmen Revilla Guzmán, Elena Trapanese, Juan Fernando Ortega Muñoz, Jorge Novella Suárez, José Luis Mora García o Francisco José Martín; el escritor, traductor y político César Antonio Molina; la pintora y gestora cultural Rosa Mascarell Dauder; Victoria Clemente, dedicada también a la gestión cultural; el poeta, crítico cinematográfico y ensayista Joaquín Gregorio de Verdú; o el propio Rogelio Blanco, investigador multifacético, coordinador de proyectos editoriales y ex Director General del Libro, Archivos y Bibliotecas.

Hasta ahora, la biblioteca María Zambrano se compone de catorce títulos, y están en marcha los ocho siguientes. En octubre de 2025 verán la luz Isla de Puerto Rico, con prólogo de Rogelio Blanco, y Filosofía y poesía, con prólogo de Joaquín Gregorio de Verdú. Las bibliotecas de autor en El libro de bolsillo son un reconocimiento especial que en Alianza otorgan a literatos y pensadores de los que apetece leerlo todo. Hasta 2019 tenían la suya Freud, Nietzsche, Schopenhauer y Ortega y Gasset.

María Zambrano junto a autores en el exilio.DL

—¿Cómo concibe su razón poética?

—La historia del pensamiento occidental ha discurrido sobremanera y sobre todo desde el racionalismo sobre la base de la razón discursiva que se ha ido conformando como mecánica o arquitectónica o matemática o puramente racional sobre el dictum cartesiano, mas este modelo, con diversas denominaciones, no cumple la dimensión antropológica. “La pura razón es pura monotonía”, afirma Zambrano y esta no solo camina por la lógica de la sistematización; es más, con frecuencia el pensamiento avanza por sendas intrincadas. Es necesario ir más allá de la razón racional cartesiana-idealista-etc., que, siendo la propuesta filosófica dominante, con frecuencia se pierde entre dogmatismos e historicismos. La riqueza que habita en el ser humano no puede encerrarse en la racionalidad. En este ir más allá, lentamente y aupada desde la lectura de los místicos, Plotino, Spinoza, Machado, y superando la “razón vital” orteguiana lentamente alcanza y define “la razón poética”, una razón creadora que atienda la realidad en todas sus dimensiones a fin de abarcar y comprender al ser humano más allá de la estanca racionalidad. Filosofía y poesía nacieron de la mano, tras la pregunta y con la palabra; mas, prontamente, la filosofía se desasió de la realidad y se extravió en sistematizaciones y hermenéuticas.

Imagen de archivo, tomada en Madrid el 12 de mayo de 1986, de la escritora y filósofa María Zambrano.EFE

—¿Cómo es la espiritualidad de Zambrano?

—La definiría como panteísta y en línea con Plotino, Spinoza, Molinos, Machado, Unamuno, sin olvidar a los místicos y dentro del sentir cultural cristiano. Pidió, y así se hizo en boca de su amigo el filósofo y máximo experto en su obra y biografía, Jesús Moreno, mientras le tomaba la mano derecha y yo la izquierda, acompañantes durante los últimos instantes vitales finales que se le “rezara” la jaculatoria machadiana de inspiración plotina: “Devuelvo a la divina naturaleza cuanto de divino haya en mí”. También demandó, y así figura, que sobre la lápida de su sepultura se inscribiese el verso del Cantar de los cantares: Surge amica mea et veni. María participa activamente de la cultura cristiana, a la vez que vivía y defendía la espiritualidad habida en cada ser. Su tesis antropológica era que el hombre siendo “el rey mendigo de la creación”, el “heterodoxo cósmico”, ha nacido a medias y con anhelos de transcender. Es un ser in via, in fieri.

El filósofo José Ortega y Gasset.DL

— ¿Cuál es su deuda con Ortega y cómo fue su desencuentro?

— Zambrano ciertamente fue discípula de Ortega, mas no orteguiana. A inicios de la década de los 30 intuye que los postulados del filósofo no le satisfacen, que no es capaz de dar el salto y más allá de la «razón vital». En la Revista de Occidente publica un artículo, Hacia un saber sobre el alma, donde cuestiona determinadas posiciones de Ortega y el maestro la encara; cuenta María que Ortega subido en la tarima y señalándose a sí mismo y en afán recriminatorio le dijo: «Aún no ha llegado usted hasta aquí y ya quiere ir más lejos». Narra la filósofa que bajó por la Gran Vía madrileña llorando y aquel día comprendió que había perdido al maestro-guía. Era joven a la sazón. Siempre habló con respeto, pero ella utilizaba el calificativo «don» para los personajes que respetaba y de modo permanente solo lo mantuvo con dos: don Miguel (Unamuno) y don Blas (su padre). A Ortega se lo retiró y finalmente se lo volvió a otorgar tras su fallecimiento: don José. María se sintió muy decepcionada por la posición tangencial de Ortega en los momentos críticos de la República, de la falta de compromiso, de su equidistancia con «esa niña (la República) a la que ni siquiera se le permitió ser adolescente». Existen varios textos, sobre todo epistolares, de fuerte crítica con los llamados patres maiores intelectuales de la época: Pérez de Ayala, Marañón, etc., y sobre todo contra Ortega, al punto que durante su exilio se negó, sabiendo en las latitudes americanas que era discípula, escribir o dar conferencias sobre Ortega. También, desde la Universidad de Puerto Rico, dado que querían contratarla y del reconocimiento otorgado a Ortega, solicitaron epistolarmente a su domicilio bonaerense apoyo para María; el filósofo ni siquiera contestó.

— ¿Cuál es la actitud ante la vida de María?

El pensador español Xavier Zubiri.DL

— A María se la suele llamar «filósofa de la palabra» y otros calificativos; personalmente la denominé en monografía publicada la dama peregrina; mas, si tuviera que dar otro calificativo sería filósofa de la esperanza. La posición vital de María, a pesar del drama biográfico: guerras, errancia, necesidades de todo tipo, exilio (44 años), es optimista. Cree en la fortaleza del ser humano, en su capacidad creadora, en la esperanza de superar los dinteles del drama y sanguinarios y alcanzar los espacios éticos. Un optimismo más existencial que volitivo en el que cabía la demanda de los perros, Cipión y Berganza, del coloquio cervantino: que venga más luz y menos sangre, pues al decir de don Quijote: Tras las bardas de las paredes brilla el sol.

— Cuénteme alguna vivencia que tuviera con ella.

— Voy a contar alguna que hago pública por primera vez. Me pidió que la llevara al oculista. Ciertamente, su vista se hallaba muy cansada. El médico le pidió que se quitara las gafas y que leyera un texto de «letra gorda». Era un folleto con textos de El Quijote cuya letra se iba degradando de tamaño. El doctor le señalaba el texto citando las primeras palabras que María debía continuar leyendo. Leía de corrido. El oculista ante el resultado iba descendiendo hasta llegar a textos con letra minúscula. El oculista nada entendía y me miraba sorprendido hasta que María se soltó a reír. Eran textos, ciertamente no rebuscados, que reconocía de memoria.

Al regresar del exilio me pidió que me encargara de las relaciones con las editoriales de su obra: contratos, regalías, etc. Por entonces los únicos disponibles para el lector eran Claros del bosque, El hombre y lo divino y una edición de Aguilar bajo el título de Obras reunidas. Era tal su desatención pecunaria que a veces habiendo logrado un buen precontrato me miraba displicente ante la alegría de mi logro y otras, con cantidad menor, me decía «¿Qué barbaridad, ¡Cuántos chavos!» Mis encuentros solían ser vespertinos tras mi jornada laboral. Una tarde-noche, hasta las 3 de la madrugada, tras dar cuenta entre los dos a una botella de whisky a base de «culines» y mucha agua, me relató cómo perdió su «doncellez» en las playas de Estoril un verano con su primo, el poeta Miguel Pizarro, el amor prohibido de su vida por imperativo paternal al valorarlo incestuoso. Fue un monólogo, pues me limité a escuchar. Monólogo cargado de confesionalidad y de palabras bellas y sentidas, de sensibilidad y también de sexualidad, pura poesía. Siento no haberlo grabado para proseguir su escucha, pues las palabras en boca de María son penetrantes, su voz única nunca se olvida, mas no era ni debía ser el lugar de grabación. Una revelación de amor simpar. Un regalo dadonado y porque sí. Y una última: María fumaba, y no poco, la marca inglesa de tabaco Dunhill cajetilla azul. Marca no barata y rara en los estancos en la época; se lograba en el estanco del aeropuerto de Barajas. Los cigarrillos los introducía con parsimonia en una elegante boquilla. Su voz se convertía en la propia de sibila délfica entre las exhalaciones de humo. Hablaba con lentitud y actitud pensativa mientras sostenía la boquilla y avanzaba el desgaste del cigarrillo del que pendía abundante ceniza que, con frecuencia, caía sobre su bata, Las batas que utilizaba solían ser elegantes y de seda. Eran el oportuno regalo de las amistades en momentos concretos de atenciones. La ceniza caída en tejido tan delicado producía pequeñas quemaduras en algunas partes de la prenda que la convertían en un tejido próximo a un colador. Pues bien, un día, en torno a la medianoche, me llama por teléfono a mi domicilio y pide tras nombrarme por el apelativo cariñoso que me adjudicaba, —«Gerineldo» en esta ocasión, pues en otras era el de «Ángel»— que acudiera al aeropuerto a comprarle su tabaco, pues se le había agotado el que consumía. Me negué y dado que vivía cerca a su domicilio en la calle Antonio Maura, le sugerí que le acercaba un paquete de «ducados», el que yo fumaba. Me colgó malhumorada el teléfono. Quedé preocupado por el disgusto y si mi reacción rompiera hilos amicales. Comento lo sucedido a un amigo que llevaba mucho tiempo tratando a María. Me despreocupó al tiempo que aprobó mi actitud. Me comenta que esa era una de las pruebas que solía hacer a quien apreciaba; pues, «si hubieras cedido —me dice— hubieras perdido puntos y respeto». Creo que nunca más me puso a prueba y mi relación con María fue extraordinaria, de aprendizaje y confidencialidades. Una suerte, un encuentro que aún se sostiene en el apoyo a la divulgación de su extraordinario y singular magisterio

— ¿En qué sentido se la puede considerar un motor del pensamiento del siglo XX?

— El pensamiento de Zambrano es radicalmente antropológico. Creo que es lo máxime que se puede decir. Es un pensamiento atento a cuanto al hombre incumbe. Su obra se halla traducida a la totalidad de las lenguas más importantes. Recientemente, asistí a un Congreso internacional organizado por La Fundación María Zambrano, a la que pertenezco desde su origen como miembro nato, a la que asistieron docentes de varios países, desde Polonia a Portugal, de Egipto y Marruecos, de varios países americanos y muchos españoles. Para el otoño están previstos dos congresos monográficos en Puerto Rico y Nueva York; recientemente se han celebrado varias jornadas en El Ateneo de Madrid; el próximo abril se celebra otro monográfico en La Habana. En mi opinión Zambrano es la propuesta filosófica hispana más relevante del último cuarto del siglo XX y del primero del XXI con gran expansión internacional.

— ¿Cómo afrontaría ella el mundo actual?

— La reflexiones zambranianas respecto al actual statu quo se hallan en plena vigencia. La lucha por la libertad, la defensa de los valores democráticos, la exposición analítica a un mundo occidental en crisis, la crítica a la barbarie acultural y al materialismo imperante (crisolhedonismo), etc. Se hallaría activa contra la presencia y amenaza del dios de la guerra, Ares, que de nuevo campea. Volvería a recordarnos, recogiendo frase de su amigo Albert Camus, que la historia la hacen unos pocos y la padecen muchos, que es necesario, de una vez, pasar de una historia sacrificial a otra ética y lograr un mundo más habitable, ético y poético.

— ¿Qué importancia tiene la fraternidad en su pensamiento?

— La filoxenia, hospitalidad al extranjero, era una característica que los historiadores greco-romanos destacaron de los astures (habitantes del río Ástura=Esla), Hoy nos hallamos ante la elección dicotómica hoste (enemigo) u hespo (huésped), la clasica hospitalidad mediterránea se halla en crisis. Zambrano citaba con frecuencia El extrajero de Camus; al ser humano que se desatiende o asesina puede ser tu hermano. En la obra La tumba de Antígona queda reflejada su defensa más allá de los mandatos de la polis, del hermano; no obstante, tras tanto drama cabe la Esperanza. En La agonía de Europa, obra escrita a inicios de la II Guerra Mundial, exponía la crisis grave de nuestro continente, mas concluía que Europa padece, pero no padece. Es firme defendora de la esperanza y de la fortaleza creativa de los seres humanos.

— ¿Qué papel tiene Zambrano en la filosofía actual?

— Es el pensamiento y la obra, sin duda, más difundido y presente a nivel internacional en lengua española. ¡Por fin! En vida a los próximos nos decía tras una risa picarona: «¡Ya veréis el trabajo que os voy a dar!». ¡Y tanto...! Mas es un aprendizaje y disfrute hallarse tras tanta maestría. Cuando llega a España en 1984, tras largo exilio, a penas se la citaba y pocas obras se hallaban al alcance. A la opacidad contribuyó el exilio errante, su modo de escribir; pues descoloca a los sistemáticos: literatura —recibe el Premio Cervantes de Literatura— o filosofía, una filosofía que rompe la sistematización, etc., y ser mujer y filósofa. Esta situación de ocultación bien parece finalizada y Zambrano pasa a la pléyade de «clásicos» pues cumple los criterios: recepciona a los clásicos, tiene presencia en el presente y garantiza un mensaje con efecto-futuro.

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