Juan Carlos Mestre: «Con 'El ciprés descapotable' creo haber cerrado mi dedicación a la escritura poética de forma definitiva»

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Medio siglo de poesía no se cumplen todos los días. Parece que fue ayer porque Juan Carlos Mestre y su obra literaria no envejecen, pero cuando la ves reunida sientes la conmoción del paso del tiempo. Galaxia Gutemberg publica Asamblea, la poesía reunida del creador berciano que se trabajó las estrellas y que hoy, rayando el invierno de su vida, todavía es capaz de cantar que la vida carece de sentido sin resistencia al mal. Este es su testamento literario.

— ¿Cómo dialogan entre sí los distintos libros reunidos en este volumen?

— Acaso no haya tenido mi escritura otra voluntad que la de participar en la conversación del mundo, en esa reiterada controversia con la que el pensamiento poético se implica en la discusión acerca de las aparentes certezas de cuanto llamamos realidad. Más allá de nuestro lugar en el tiempo y el espacio, el lenguaje poético, en tanto súbita presencia de una lejanía, ha pervivido a través de las épocas de la cultura como una hipótesis verbal de la conciencia humana para averiguar y tratar de comprender los misteriosos vínculos con las múltiples formulaciones de la verdad, que no es otra cosa que el amparo ante lo desconocido y los grandes enigmas de la existencia y la muerte. En estas páginas están contenidas las preguntas sin respuesta al infinito, el diálogo con el alma del mundo que desde la infancia de la intuición representó para mí la Naturaleza, el bosque de sus símbolos, la bendición de las aguas sobre la tierra natal, la arquitectura de un universo regido por el enigma de lo sagrado, esa idea abandonada por el debate de la razón práctica y que, sin embargo, aun rige la conducta de cuantos seguimos defendiendo la idea moral de que los seres humanos no solo somos responsables unos de otros sino también la estimabilidad de las especies y el cuidado ante lo perentorio de la Tierra. No desde el monologo se vincula mi reflexión a la escritura, más próxima, al menos como deseo, a la discusión del que confronta ideas en la aldea del apoyo mutuo, junto a los que descontentos reniegan de la idea única y sostienen, frente a los actos de fuerza de todo dominio, la sencilla idea solo hecha con palabras de estrellas.

— ¿De qué manera ha evolucionado su voz poética a lo largo del tiempo?

— Ninguna palabra significa dos veces lo mismo, son los contextos sociales, los factores políticos y culturales los que modifican el habla, no necesariamente en un sentido de perfeccionamiento y avance, sino de banalización y retroceso. El lenguaje simbólico está sometido a permanentes mutaciones, cambios y rupturas que no siempre garantizan la ampliación de los horizontes significativos del porvenir. El lenguaje crece y retrocede según el grado de avance o involución de las sociedades en que interactúan. Aun cuando las dicciones poéticas son refractarias a la atrofia que los discursos dominantes que el poder pretende instaurar en todos los órdenes de la dialéctica, todo poema inserto como signo lingüístico en la vida social se ve afectado en su semiótica por los contextos históricos que en mayor o menor medida posibiliten la ruptura con el marco estético o propicien, frente al avance indagatorio de todo acto creativo, la envejecida infantilización, valga la paradoja, del debate estético. En suma, más que en algo evolutivo tiendo a pensar en una actitud de resistencia a dejarse absorber por la función utilitarista con la que el sistema métrico decimal convierte en producto de consumo todo lo que toca. No conozco otra manera de oponerse a las irracionales leyes del mercado que también asedian a la creación poética como facultad desobediente de cultura. Sea dicho, ahora que aquella profecía de Lorca pareciera haberse ya cumplido: «Puede que algún día me guste la poesía mala muchísimo, como me gusta (nos gusta) hoy la música mala con locura».

— ¿Qué papel juega la memoria en la construcción de su poesía?

— Alguien dijo, el mal quiere el olvido. Los antiguos griegos entraban de espaldas en el futuro para no perder nunca de vista el pasado, el único lugar de la experiencia donde la historia todavía puede resolver la causa errónea del conflicto. Todo el pensamiento contemporáneo no es más que una selectiva remembranza del pasado, una recordación benéfica que nos ayuda, ante la reiterada incertidumbre de los abominables hechos del presente, a encontrar una salida al desacierto. Es en el lugar de la memoria donde reside el único saber que nos precede, que la vida carece de sentido sin resistencia al mal. Es en el espacio de la memoria donde la poesía como lenguaje de la delicadeza humana mantiene inmaculada y pura la sonrisa de los muertos, la irredenta condición de las victimas que aún cautelan los sueños pendientes de ser soñados. Todo lo que he escrito proviene de las infinitas páginas de la memoria que dejaron escrita otros, los desaparecidos habitantes de la utopía que la cobardía civil del olvido todavía sigue pretende desvanecer del horizonte imaginado por los pueblos que soñaron con reconstruir la sociedad sobre unas bases más justas y equitativas que imposibilitaran algún día el sufrimiento humano. Esencial memoria de la memoria de mi vida es la fraternidad del amor civil y memoria, también, la primera piedra de la construcción ética de ese pensamiento que cifra en el no matarás el reconocimiento del otro, de cualquier semejante, como un igual.

— ¿Por qué eligió el título Asamblea para esta recopilación?

— La asamblea es, por antonomasia, el espacio de los irrepresentados, los anónimos y los desatendidos, aquellos que sin derecho a ser escuchados en ningún ámbito de lo decisorio ejercen libremente el uso de la palabra sin otro condicionante que el de la voluntariedad de su propia conciencia, el ágora en que cada persona acude con su idea, el compromisario de sí mismo que se vincula en igualdad a otros, el portador de su razón entre los silenciados por tener razón. Asamblea también de los ausentes en la reunión de los muertos y los vivos, la voz sin boca de los que testifican, de los que reclaman derechos para los que ni tan siquiera saben que los tienen. Todo libro, de una u otra manera, es una asamblea de personas que emergen del territorio de las ensoñaciones para interpelar a las figuraciones del bien, la verdad y la justicia. Mi vida ha transcurrido en esa reunión de disconformes, seres discrepantes y distintos que reconocen el signo de la igualdad inscrito en la frente de su otro, personas que al margen de toda potestad consideran que de la conducta ideológica solo es garante la honradez de las acciones cotidianas, que la inteligencia no está en la rueda de las palabras sino en la imaginación del eje.

— ¿Qué lugar ocupan lo simbólico y lo onírico en su escritura?

— Creo, aunque no sin dudas, que el mismo que ha ocupado siempre, la voluntad de trascender el significado literal de las palabras que solo cambian la realidad de sitio, o sea, el espacio donde emplear la herramienta del lenguaje para algo más que dar las buenas noches a la extrañeza giratoria de este cosmos. A veces he pensado que frente a las efímeras verdades literales de este mundo acaso sean las palabras las que regresen de la exploración del inconsciente y los reveladores laberintos de lo onírico con la cifra última del sueño, la sustancia melódica de esa abstracción que llamamos, para entendernos de alguna manera, la voz de la poesía que más allá de los límites del lenguaje otorga proyecto espiritual a la existencia de humana, una percepción neurobiológica que aúna la conciencia del ser con el ilimitado rizoma del universo, la sinestesia como vínculo sensorial con la exterioridad y la experiencia emocional de cuantos habitan emotivamente esta partícula de polvo que, en la periferia de la galaxia, llamamos con humildad y no sin algo de grandilocuencia Tierra.

— ¿Considera la poesía como una forma de compromiso ético o político?

— Si entendemos por político la participación en el debate de los asuntos públicos de la sociedad, la poesía es también una forma de implicarse en la deliberación sobre cuanto incumbe al destino de la persona, un compromiso con la estética que siempre, se pretenda o no, deviene en una actitud ética ante cualquier ámbito de la vida, ya sea a modo de reflexión sobre los valores que diferencian la razón fundamental del bien o la génesis de la calamidad. La poesía, lejos de toda sublimación redentorista, aporta un clima armónico a la posibilidad del entendimiento humano, una capacidad de comprensión que es imposible hallar fuera de su discernimiento. Tal vez por ello podamos hablar del grado de conciencia crítica, incluso clarividencia, con que el sucinto Cántico de san Juan de la Cruz o las extensas estrofas de Walt Whitman ennoblecen la precariedad de nuestro mundo. Pensar en poesía supone devolver a la facultad de la razón, tantas veces hurtada por los inquisidores de turno del autoritarismo, el argumento innegociable de libertad de las palabras.

— ¿Cómo influye el contexto histórico y social en su obra?

— De manera absoluta y definitiva, y no podría ser de otro modo. Todo texto es un espejo sin reflejo, un vislumbre de conjeturas sobre la parte que, aunque mínima de la realidad, envuelve e interroga. Nada existe al margen de la existencia, todo trae noticias desde la oscuridad y el resplandor, desde las zonas de bondad y de vileza, desde la precedencia del recuerdo y desde la intuición precursora de futuro donde todo lo que existe fue alguna vez imaginado. Nada queda al margen de la circunstancia histórica, la poesía es una suerte de micelio que se extiende por la tierra, ramificándose bajo nuestros pies hacia lo oculto y participando también de la compleja red de vínculos que entrelazan las metáforas de la naturaleza con el conocimiento cuántico, la historia biológica de la inteligencia con los nutrientes de lo que hemos dado en llamar la belleza. De esa materia colectiva de la que está hecho el conocimiento humano, nace la salud de la geometría, la ciencia formal de las matemáticas y, por qué no decirlo, el exacto misterio de un poema.

— ¿Qué autores o tradiciones han marcado más profundamente su trayectoria?

— En un poeta la trayectoria no es más que el recorrido de una línea imaginaria hacia el fracaso, el tiempo sin hallazgos donde toda esperanza irreversiblemente se malogra, la duración, la certeza del fin para el que nada puede frente a los enigmas que sostienen en el infinito los ausentes. No soy un elegiaco, no comulgo con ruedas de molino, la vida, dejo escrito Federico Gracia Lorca, figura simbólica de todos los detenidos desaparecidos de este mundo, no es noble, ni buena, ni sagrada. Lo son las personas, el ser individual que haciéndose cargo de su otro va pasando de mano en mano el encargo de la dignidad humana, el mandato moral de la conducta honrada que acoge al diferente, al extranjero, a la víctima que personifican la viuda y el huérfano, los desheredados sin otra posesión que la intemperie. De esa tradición proviene mi aprendizaje, de lo que mi absoluto maestro Antonio Gamoneda llama la cultura de la pobreza. La víspera de su suicidio un joven amigo, Gilberto Ursinos, puso en mis manos siendo yo adolescente tres libros a modo de testamento, Los Cantos Pisanos de Ezra Pound, Anábasis de Saint John-Perse y Sublevación inmóvil de Gamoneda. Llevo más de cincuenta años tratando de cumplir su encargo, amar lo que uno aún no entiende, traducir el gran viaje por la interioridad de lo desconocido y asumir como imperativo crítico de la disidencia artística ante todos los órdenes prestablecidos de este mundo el lema gamonediano de que »la belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes». Irradiante fue también para mí otra alma vecina en el barrio de la fraternidad, Antonio Pereira, tan decisivo en su definición de la poesía como una fuente que mana para todos. Bastaría con ese mapa de la iniciación y de las deudas.

— ¿Qué papel tiene el lenguaje en su proceso creativo?

— El lenguaje lo es todo, en el reside la naturaleza del habla y la primigenia sustancia de las ideas, no solo ya la interpretación comunicativa del mundo sino el interminable andamiaje de la lógica que nos permite acceder a la comprensión de la veracidad de lo real. Es a través del lenguaje como construye su identidad la persona y participa en un inacabable aprendizaje hasta la muerte de la creación moral de su universo. Si en el principio era la Palabra, en las palabras sigue residiendo la posibilidad de cuanto transferible al ser sigue constituyendo a través de la historia de las civilizaciones el diálogo con los mitos y los sueños, las toneladas de pensamiento acumuladas en los libros, las razones de naturaleza desconocida que articulan en el corazón etimológico de la humanidad el principio ético de la misericordia como la capacidad de sentir la desdicha de los demás.

— ¿Cree que la poesía sigue teniendo relevancia en la sociedad contemporánea?

— Pensó alguna vez el poeta romántico inglés Percy Byshee Shelley que los poetas eran los legisladores nunca reconocidos del mundo, bueno, hoy ya sabemos que eso no es así, los legisladores de la Tierra son los grandes sátrapas, los funestos mercaderes del dolor humano, aquellos que dedican el absoluto de sus vidas al coleccionismo de escamas litográficas como llamaba Baudelaire al dinero. Acaso le quede a los poetas la tarea de ser los legisladores de lo invisible, la voz oscura que desde las raíces del pensamiento humanista subraya nuestros deberes para con la Naturaleza. Poesía es desobedecer la costumbre, como señaló Saint-John Perse en su discurso de recepción del premio Nobel: «ya es bastante para el poeta ser la mala conciencia de su época», estar ahí junto a los avisadores del fuego que anuncian las catástrofes inminentes precisamente para que estas no sucedan. Poesía y razón caminan juntas cuando toda necesidad de libertad y bien común pareciera hurtada al territorio de las grandes ensoñaciones de la esperanza humana.

— ¿Qué nuevos caminos o inquietudes poéticas te gustaría explorar a partir de ahora?

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— De poco vale anhelar lo que no existe, para mí los estímulos creativos siempre provienen de la exterioridad, no se puede explorar sin reconocer antes la naturaleza y las circunstancias que motivan la inquietud de hacerlo. Con El ciprés descapotable, libro inédito del que adelantan una veintena de poemas en Asamblea, creo haber cerrado definitivamente mi dedicación a la escritura poética. Nada más me queda por decir, pero ahí están los impacientes tórculos, los ácidos que han corroer las planchas de cobre de las futuras figuraciones. Ahí también las viejas maderas de los cerezos de la infancia que aguardan en el taller la azarosa visita de los pigmentos del ensueño. Y los acordeones con su pulmón armónico esperando que alguna vez estudie música, esa melodiosa compañía que ayuda, ante cualquier inclemente vicisitud, a respirar a la existencia.