POESÍA
El triste trigal de la tristeza
Ningún título se ajustaría mejor al texto de Alfonso Brezmes (Madrid, 1966) que El don de la tristeza. Si sumamos la reiteración de palabras como melancolía, pérdida, llorar y, por supuesto, tristeza, abocaremos a una espesa niebla que ensombrece el pensamiento sobre la existencia. La tristeza, se nos viene a decir, es el don que la vida nos ofrece desde el momento en que nacemos. Añadamos títulos de poemas como «Teoría y práctica del llanto», «La llorona», «Llora pro nobis» o «Collige, virgo spinas» en el que el poeta no celebra la belleza de la rosa (la juventud) sino su espinoso peligro; son rótulos que intensifican el clima sentimental con el que el lector se ve «tristemente» arropado. Si algún recuerdo puede llevarnos al pasado, de él solo conserva el poeta objetos en añicos como signo no de lo que fue, sino «de lo que iba a ser». En el museo universal de la pintura escoge el soberbio cuadro de Patinir El paso de la laguna Estigia y el no menos célebre grabado de Durero Melancolía. Y si alguna frase hecha quiere rehacer, a la manera de Blas de Otero, es para relevar el flanco negativo: «Llorar sobre mojado». Sobre el lienzo de Friedrich Caminante sobre un mar de nubes gira la segunda parte del poemario, con estos hermosos versos: «ha descubierto el blanco entre las cumbres, / y siente / que el que mira de frente la belleza / se vuelve invulnerable, y sabe / que aunque luego baje al suelo / de allí no volverá». En «el triste trigal de la tristeza» habitan la soledad, el deseo y el ayer «al que no hay ya cómo llamarlo». Sintetiza parte de lo dicho este poemita: «La auténtica tristeza / no es la de los que pierden, / es la de los que tras ganar / descubren / que se han quedado solos». Es verdad que no todo es negativo, aunque se recurra el tópico de que «el mundo, pese a todo, está bien hecho». La mentada soledad la simboliza en la parte última la Habitación de hotel, conocido cuadro de Hopper (del que conozco distintas versiones poéticas): de algún verde de la pintura emerge un atisbo de esperanza. En el poema final, con el mismo título del poemario, la posible celebración de ser materia viva en «un todo inabarcable» se modula con la verdad que otros esconden, «el denostado don de la tristeza». El clima del poemario contrasta con el melódico discurrir de los versos, ajenos a cualquier quiebra o ruptura, transmitiendo cierta apacibilidad dentro de la sombría tonalidad del conjunto.