NOVELA
La tensión de lo inquietante
«En el barrio han aparecido los restos de una mujer emparedada; ha fallecido un promotor inmobiliario; hemos vivido una amenaza de bomba… y han desaparecido un par de objetos de la colección más destacada». Sabremos todo ello, aunque no el final, en las últimas páginas. La precisión de los finales narrativos, sobre todo cuando están dotados de creciente tensión e interés, como es el caso, constituyen piezas literarias dignas de ser subrayadas. Y en esta novela, abierta a varias historias paralelas, variada y atractivas, la confluencia final se produce con naturalidad y precisión. El equilibrio del relato es una de las grandes virtudes del buen narrador. Víctor Balmoral, el protagonista de un relato de abundantes y notables personajes, es un periodista, «soltero sesentón», que pertenece a diversas asociaciones culturales, aunque la más apreciada por él sea la Academia del Barrio Gótico. Lo que es cierto es que al llegar a una de sus reuniones le entregaron un sobre a su nombre comunicándole que en el cercano Palacio Sallerich había aparecido un cadáver. «Hay una incógnita en el Barrio Gótico que deberás esclarecer», leyó. Después recibió, ya en otros lugares, otros mensajes, cada uno de los cuales se convertía en más inquietante y misterioso, un verdadero rompecabezas. «Las misivas recibidas remitían a una historia de siglos intensificada por la radical reforma [del Barrio Gótico] iniciada en el primer tercio del siglo XX y culminada tras la Guerra Civil en las dos décadas que siguieron: un gran éxito de la acción municipal barcelonesa con inmediata rentabilidad turística y de imagen». Ni que decir tiene que la misteriosa tensión generada en el barrio acaba en un final sorprendente, por inesperado, que también provoca la lógica inquietud en el lector.
Al margen del propio relato, mejor enriqueciéndolo, es muy interesante el dibujo del ambiente de la época, con sus notables contrastes, el acercamiento a Barcelona bajo diversos aspectos, especialmente del barrio que nos ocupa, la presencia de no pocas referencias metaliterarias o las interesantes reflexiones sobre el periodismo…
Por citar algunos casos de la amplitud del abanico. Todo ello sometido a un buen, ágil ritmo narrativo y la curiosa entrada en escena de Tomás Riquelme, la corporeización fantasma del «amigo intangible» de Balmoral, muerto hacía quince años.
Motivos solo apuntados, pero más que suficientes para una lectura placentera, que de eso se trata.