Publicado por
JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
León

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Pensemos en el título de esta

Poesía reunida

de Olvido García Valdés, en una de esas excelentes ediciones del Círculo de Lectores:

Esa polilla que delante de mí revolotea

: una nada, una humilde polilla, escasa materia en una acción efímera, pero en presente y en presencia; una realidad que se evidencia ante el lector por la palabra; un fragmento de realidad, un fragmento de poema, de un poema de

caza nocturna

(así, con minúscula lo escribe la poeta) que confronta la realidad del dolor con la irrealidad de la visión acaso pictórico-poética; y un título extraño a lo que pueda ser un leguaje convencionalmente poético, algo propio de la manera de ser de la poesía de García Valdés que ahora reúne como «mi poesía completa hasta el momento», con ciertos reajustes en los libros primeros,

El tercer jardín

(1986) y

Exposición

(1990), «que se fundieron en secuencias nuevas» y que aparecen agrupados ahora con el título de

La caída de Ícaro

. Se añaden, además de algunos inéditos de un próximo poemario, los demás libros de la poeta:

ella, los pájaros

(1994),

caza nocturna

(1997),

Del ojo al hueso

(2001),

Y todos estábamos vivos

(2006).

De prólogo de Eduardo Milán extraigo un par de frases significativas: «libertad resplandeciente, buceadora de relato, suspendida de fragmento»; «una suspensión de sentido abrupta, o, por el contrario, el seguimiento del fraseo cuando debía haber acabado». Es la poesía de lo no completo que la propia Olvido confirma en las prosas finales, lúcidas, escuetas, fragmentarias también y precisas. Una sola perla: «vigilar contra los hallazgos, contra lo redondo, contra lo agradecido y esperable».

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La poesía de Olvido García Valdés es una de las aventuras de mayor alance de la poesía actual, acaso el mundo más original de la poesía española de este momento. Es la de García Valdés una palabra no acomodaticia, ajena a la facilidad, a los ritmos consabidos o canónicos, a lo convencionalmente esperable; prescinde de la metaforía habitual a favor de otros procedimientos de composición (ella ha señalado la yuxtaposición como el más definidor); el poema se ofrece como un objeto no acabado, sin un antes ni un después. Se trata de buscar nuevas opciones de lectura, entre las que es destacable la renuncia al desarrollo del núcleo narrativo del poema; de ahí el característico fragmentarismo de esta poesía, en la que, como la propia poeta ha expresado, «con frecuencia la fuerza de un poema no está en lo que dice sino en lo que calla». Muchos otros aspectos podríamos añadir: la poetización de la escisión del sujeto contemporáneo, el acarreo de voces anónimas, la sensación de extrañeza ante el mundo que está ahí o ante la realidad objetiva de las cosas y los seres que vemos u oímos -congruente con la misma sensación de extrañamiento del lector ante esta poesía que no confirma expectativas-, la vigilancia sobre la emoción, presente, pero sin entregarse, el tono de elegía que es toda poesía, pero de elegía discreta, la atención a la pintura y otras artes, propia de una poeta que sostiene el diálogo entre géneros y artes, la pasión por el sustantivo, por el nombrar... Ojalá el lector pueda sentir ante esta poesía esa curiosa y fecunda mezcla de atracción y resistencia que el que escribe esta reseña ha compartido con otros lectores avezados.