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JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
León

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E l libro de Cáceres Prat lo conocía bien José Castaño Posse, que realizó su viaje a las Médulas siete años después, en 1889. Castaño Posse nació en Buenos Aires hacia 1866, sin que pueda precisarse la fecha de su llegada a España para establecerse en Cacabelos, donde vivió, se casó, tuvo hijos y murió en 1931. En cualquier caso, en el año antedicho, 1889, realiza una excursión veraniega que relata en Una excursión por las Médulas , publicadas por vez primera, en distintas entregas, en 1890, a la que siguió un número apreciable de ediciones, la última en 2006. Castaño Posse llama a la suya «excursión científico-”recreativa» en la que visita Las Médulas donde despierta su espíritu crítico sobre la penosa situación que arrastraba el Bierzo, comarca «tan favorecida por la naturaleza como abandonada del hombre», tan rica en oro en la antigüedad y tan mísera después, lo que explica la existencia de distintas leyendas sobre la existencia en las excavaciones romanas de un «escondido tesoro , que sólo existe en su trastornada imaginación». Castaño Posse y sus acompañantes exploran con un guía las oscuras galerías de Las Médulas y descansan en el pueblo de Las Médulas, pero el protagonista y narrador de la excursión sufre un insomnio persistente, por lo cual decidió acercarse solo a las cuevas en plena noche; allí evocó la historia de la conquista de los astures por los romanos y rememoró la explotación del oro por éstos, algo que recogió en pocas líneas que merece la pena recordar: «Figurábame ver miles y miles de esclavos casi desnudos, desmoronando la montaña al repetido golpe de los instrumentos, vigilados por crueles centuriones que, haciendo el oficio de capataces, castigaban sin piedad aquella especie de ganado humano . Otros miles de aquellos desgraciados, me parecía verlos ocupados en lavar las tierras y extraer de ellas el oro, que recogían los más altos funcionarios del distrito minero y lo enviaban a la capital del mundo, a Roma, donde más tarde había de ser derramado a manos llenas en inútiles regocijos y escandalosas orgías...». Los excursionistas salen de Las Médulas hacia el mísero pueblo de Balouta, haciendo algunas expediciones en el camino por el que no los vamos a acompañar.

En 1925 se publicó el libro Por tierras de León , del agustino César Morán. Destaca por la atención que presta tanto a los restos arqueológicos como a la cultura popular. El padre César Morán recorrió distintas comarcas de la provincia. Como a los demás viajeros, el Bierzo se le representa lleno de castros y fortalezas primitivas, monasterios y eremitorios. Uno de los capítulos se titula «Excursiones por el Bierzo». Morán alude a los tesoros, que según la fantasía popular, fueron arrojados por los romanos en el lago de Carucedo, «rico en leyendas, en descripciones poéticas, rodeado de misterios ante los ojos del vulgo, ameno y seductor para quien por primera vez lo contempla». A «las célebres Médulas » les dedica la mayor atención, señalando las cantidades de oro allí extraídas según autores del momento que se habían ocupado del tema, y comenta, soñando la historia, lo mismo que hizo Castaño Posse y cuantos se han ocupado del asunto: «Aquello es gigantesco, ciclópeo, colosal. Miles de esclavos trabajaron allí durante cuatro siglos. Alguien compara estas obras con las pirámides de Egipto. Se ven cuevas terribles que atraviesan las montañas». Alude, asimismo, al caudal de agua que traían del río Cabrera por siete canales de agua que «se conocen aún a través de precipicios, llanuras y peñascos y se les puede seguir en casi toda su extensión», sin que falte la mención de Plinio respecto al oro que cada año llegaba desde las Médulas a Roma. Y comenta: «En estas explotaciones trabajarían, como era costumbre del pueblo romano, los delincuentes de todos los países, los prisioneros del Rin y del Danubio cogidos en el campo de batalla, los judíos deportados desde Jerusalén, esclavos africanos comprados en las ferias de Roma, los de rubia cabellera de las orillas del Báltico que no pudieron darse la muerte antes de caer en manos del vencedor. Estos eran los campos de la muerte, la eterna Siberia donde se entraba y no se salía, y en los que se pasaba la vida entera trabajando para el fisco insaciable, sin ver una sonrisa, sin sentir más caricias que las del látigo y lo que es peor todavía, sin esperanza de mejorar la vida».

El padre Morán alude también a posibles explotaciones romanas de hierro en distintos montes próximos a las Médulas, y añade: «Por aquí estuvo la población llamada Medulia de la que no quedan señales, y el monte Medulio y Las Médulas. Todas ellas son denominaciones derivadas de Médulo, que fue uno de los directores de esta explotación». El viajero retorna a Ponferrada y se dirige a Villafranca del Bierzo. Su curiosidad le lleva a observar otras explotaciones auríferas romanas en distintos parajes, con un agudo comentario: «Este Bierzo fue para los romanos una verdadera Jauja, el país del oro, el verdadero Dorado, la tierra de promisión, lo que el Nilo fue para los antiguos y el Transvaal y California para los modernos».

Formas caprichosas y fantásticas

En 1964 publica Ramón Carnicer un primer libro de viajes polémico y justamente celebrado: Donde las Hurdes se llaman Cabrera . Ninguno de los libros del escritor suscitó, a su publicación (y a pesar de la reacciones hostiles de los poderes civiles y eclesiásticos del momento) tantos comentarios favorables, y ninguno ha sido después objeto de tantos estudios y atenciones, siendo texto inevitable dentro de la literatura de viajes y de las antologías del género. No me parezca ocioso traer aquí la descripción de Las Médulas que incluye el libro a cuenta de los canales que llevaron el agua hasta las minas desde los afluentes del río Cabrera. Cuando acaba su viaje por la Cabrera, el escritor visita Las Médulas y nos da su visión personal de las mismas: «Es uno de los lugares más impresionantes de la antigua Hispania. La obra de las minas y la erosión ulterior han producido un paraje de grandes hondonadas y precipicios, de cumbres afectando formas caprichosas y fantásticas -”a veces, cierto es, un tanto impúdicas-” que esperan ser bautizadas por los turistas, hasta ahora inexistentes [la primera edición es del 1964]. Y esta fantasía y apariencia irreal se acentúa por el agudo contraste entre el rojo vivísimo, ardiente, de las arcillas y el verde del espeso castañar que cubre la zona.

Todo el conjunto está minado por un laberinto de galerías, naves y pozos entretejidos de manera complejísima. Se conservan practicables dos grandes entradas, con arco y bóveda de unos cuarenta metros de altura, de donde arrancan galerías a diferentes niveles. Para dar salida al agua de la Cabrera, una vez cumplido su fin, los romanos la precipitaron por lo que hoy es una vasta extensión de pedruscos, hacia la llanura del Bierzo, donde con tal agua se formó el lago de Carucedo».

Desde mi punto de vista, las grandes novelas del Bierzo las ha escrito Raúl Guerra Garrido, con sorprendente riqueza de visión y admirable recuento de evocaciones bercianas; se trata de El año del wolfram , de 1984, Viaje a una provincia interior , de 1990, El otoño siempre hiere , de 2000, y Cuaderno secreto , de 2003. El año del wolfram es la gran novela de la mina berciana; desarrolla la épica sorda de la extracción del wolfram que se disputan las potencias en lucha durante la segunda guerra mundial. Toda una serie de personajes, «muertos de hambre aficionados y bandoleros profesionales», luchan en la peña del Seo por el nuevo tesoro -”como lo fue entre los romanos el oro de las Médulas-” que puede asegurar sus vidas, hasta que el final de la guerra termina con ese espejismo en el que se vieron envueltos los personajes de la novela. Parece indudable la huella del oro romano en el imaginario berciano y en toda una serie de leyendas y tradiciones que concuerdan con el golpe de «suerte» que supone el encuentro con un tesoro o una veta de mineral valioso. La búsqueda de una mina, el nuevo tesoro, como solución de vida es una característica berciana en la que insiste Guerra Garrido. Y en ese afán concuerdan otras muchas cualidades bercianas, como la afición al juego, al jiley o a las chapas, y las leyendas del tesoro escondido. La leyenda más enjundiosa del tesoro escondido es la de los tres cofres, hasta el punto de que aparece en todas las obras «bercianas» de Guerra Garrido. En El año del wolfram lo refiere la vieja doña Oda: «Hay tres cofres enterrados en la peña, uno lleno de oro, otro lleno de azufre y otro lleno de nada, vacío. El que encuentre el del oro se hará rico para siempre, pero si encuentra el de azufre se pierde, irá al infierno para siempre, pero peor si encuentra el vacío, vagará para siempre no sé si por aquí o por el purgatorio, y un purgatorio sin esperanza es peor que el infierno, y que Dios me perdone por decir barbaridades [...]. El valle del Oro, ¿por qué creéis que se llama así?, es un secreto a voces, pero escrito en el agua, en La Meona, son dos piedras grandes, redondas, parecen muslos de mujer lista a parir y el agua salta entre medias como si orinase, hay que pasar bajo el chorro y allí es, hay que excavar en el hueco que queda entre las rocas, hay que excavar y allí está el cofre de oro, allí hay que excavar». Y allí estaba, en efecto, el cofre de oro, en realidad una cueva cuyas paredes eran los filones más ricos y puros en wolfram que se podían encontrar.

El año del wolfram es novela impregnada de Bierzo: gentes, lugares, paisajes, leyendas, canciones, carácter, labores como la vendimia..., todo un mundo en el que no podemos detenernos. En la novela aparecen algunos de los lugares emblemáticos, históricos, legendarios, sagrados e iniciáticos del Bierzo, entre ellos, las Médulas, que forman parte del imaginario berciano, de la «fiebre minera» que «oculta el secreto a voces del metal básico que mueve al mundo, el oro»; la historia, reiterada con pocas variantes en alguna obra posterior, aparece narrada con gran viveza por el boticario don Ángel, sin que dejemos de percibir en sus últimas palabras derivaciones de las leyendas populares sobre el tesoro escondido que guardan los montes del Bierzo: «Los picachos de tierra roja, desérticos, son ruinas de la naturaleza provocadas por el hombre, por los romanos, o mejor dicho por sus esclavos, ¿por qué crees que son rojas?, por la sangre de los esclavos que allí murieron, se habla de sesenta mil esclavos, ¿te imaginas lo que es eso?, una ciudad entera trabajando en busca de oro, según Plinio el Viejo, en su Naturales Hispaniae (...), se lavaron trescientos millones de toneladas de tierra berciana, salían unos cinco gramos de oro por tonelada, lo cual hace unas veinte mil libras al año, el mayor tesoro del imperio, perforaban la montaña hasta dejarla como un gruyère y después inyectaban agua a presión, la traían desde kilómetros de distancia, toda una doble labor de ingeniería, la minera y la hidráulica, eran los alemanes de su tiempo, inyectaban el agua y el monte se venía abajo, el «ruina montium» que describió Plinio, ¿te imaginas el estruendo?, ¿los que morirían enterrados?, y después a lavar las arenas, no las del río, las del monte, algo inimaginable, y lo que tampoco se puede uno imaginar con un mínimo sentido común es que lavaran todos los montes del Bierzo, algo dejarían, digo yo, hay otras médulas ocultas, el oro es nervio secreto del Bierzo».

El repiqueteo de palas, picos y azadas

En 1990 publicó Raúl Guerra Garrido Viaje a una provincia interior , relato en el que ofreció la versión literaria de una emoción, un momento y un lugar: las vivencias de un joven durante un verano en una Arcadia feliz: el Bierzo. Se trata de una novela de formación, el aprendizaje vital, en comunión con la naturaleza, de un adolescente en el límite mismo del ser adulto. El título evocaba el Bosquejo de un viaje a una provincia del interior , homenaje explícito a quien antes que él había esbozado una historia del Bierzo, deteniéndose en sus monumentos arqueológicos, monasterios, iglesias y castillos. Algunos pasajes de la obra de Gil y Carrasco, generalmente descriptivos, se inmiscuyen en la prosa de Guerra Garrido, como ocurre cuando el protagonista y sus amigos van de excursión a las Médulas, «encendidas en su fuego perenne». La descripción inicial procede del Bosquejo y la transcribimos más atrás; pero la pluma de Guerra Garrido la completa: «Caminamos por una precaria vereda, el rojo inundándonos las pupilas y encendiéndonos la fantasía, hasta dar con la Cuevona, como su nombre indica cueva de dimensiones titánicas, en carne viva, horadada por las inclemencias meteorológicas en la base de un cerro cuyos lomos estaban prácticamente tapizadas por el más extenso soto de castaños que jamás hubiera visto. La brisa rumoreaba por entre sus hojas y los erizos de las castañas lucían sus pinchos como formidables y hermosas armas de torneo. Por encima de tan espectacular panorama sobrevolaban altos los galfarros, planeaban en un vano intento por siluetear las nubes, cada vez más grises».

En el Viaje a una provincia interior ofrece Guerra Garrido una formidable caracterización del carácter berciano en relación con el juego y la mina, que volverá a reiterar en Cuaderno secreto , algo que nada impide remitir en sus orígenes a la explotación romana del oro, pero es algo que ya hemos contado en otras ocasiones y no hay necesidad de reiterar en este capítulo.

Desde el punto de vista novelístico tiene interés la visión que de las Médulas ofrece María Gudín (Oviedo, 1962) en La Reina sin nombre (2006), pues supone la novelista que tras el abandono de la mina por los romanos al término del siglo II, hubo una nueva explotación de las minas de oro a finales del siglo V, en este caso por los suevos, de lo que no hay evidencia histórica. Por la trama novelesca transitan tribus de origen celta de la cordillera cantábrica, que sufren el acoso de los suevos desde la Gallaecia y de los visigodos situados al sur de la cordillera. En esas luchas aparecen las Médulas, «los montes rotos, quebrados»: «Verdes colinas horadadas durante siglos por la mano de un duende, que dejaba cicatrices anaranjadas en sus laderas (...). En la hondonada, entre las montañas heridas, los castaños extendían sus ramas teñidas por el color amarillo y ocre del otoño; los árboles jaspeados en tonos dorados armonizan con el color anaranjado de los picachos del yacimiento». El capítulo VIII se titula «Ruina Montium»; desde lo alto de la montaña, en Orellán, el caudillo celta Aster, con su ejército, «divisó las minas largo tiempo muertas y ahora revitalizadas por la ambición y el afán de poder de Lubbo», el caudillo de las tropas suevas. Uno de los montañeses del grupo de Aster explica el método romano de la «arrugia», que prosigue ahora con los suevos, los cuales se sirven de la ayuda de «esclavos cautivos». De repente sucede el «Ruina Montium», del que el pequeño ejército celta es espectador y que la novelista fantasea con un vigor expresivo afeado por reiteraciones innecesarias («de repente», «frente a ellos-”entre ellos», «estruendo», «los gritos de los hombres-”los gritos de los capataces», «los esclavos de las minas-”los siervos de la mina»): «Estaban en lo alto de la montaña y se oía incesante el repiqueteo de palas, picos y azadas. De repente todo cesó y un silencio hosco y extraño cruzó el valle (...); de repente, con un estallido atronador, la montaña frente a ellos vibró y se desplomó. Un gran grupo de rocas cayó entre ellos, con un estruendo ensordecedor, entremezclado con los relinchos de caballos, los gritos de los hombres y la caída del agua. Se había soltado el dique y los túneles, horadados desde tiempo atrás, habían estallado por la presión del agua. Un alud de piedra, cieno y polvo llenó el valle. El sol de aquel día de otoño se oscureció. Después cesó lentamente el estruendo y los ruidos de los bosques reaparecieron. Se oyeron los gritos de los capataces golpeando a los esclavos de las minas, y sus quejidos lastimeros. Los siervos de la mina se dirigieron al alud a buscar oro».

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No nos importan aquí las estrategias para conquistar las Médulas por parte de Aster y sus hombres. Quedémonos con la imagen plástica del derrumbe del monte en busca del oro, que tiene como contrapartida la muerte de muchos cautivos y, cuando no, su trabajada y eterna esclavitud.