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León

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Se sentó frente al abrigo. Colocó el abrigo sobre el respaldo y pasó la mano sobre la tela como si la acariciase, cuidándose de que colgase simétrico a ambos lados del asiento vacío, de que el fino cinturón no tocase el suelo, y de que el cuello de astracán mantuviera su forma rígida sobre el paño, aunque fuera para abrigar a la nada. Entonces fue que tomó asiento frente a aquella silla vacía que hacía de maniquí perfecto para aquel abrigo, regalo reciente de él, y se quedó mirándolo como embobada. Igual que si se mirase a sí misma. Y así estuvo unos minutos, ensimismada, observando aquella nada, aquel vacío arropado confortablemente en un precioso abrigo de buen paño inglés, rojo y veteado de negro. Los pies firmemente apoyados, la espalda recta, las manos sobre el regazo y aquel gesto inmutable de mirada fija y sonrisa entre feliz y burlona. Igual que si se supiese dueña de una dignidad conquistada en un camino largo y enmarañado, en el que sólo ella, en todos esos años, hubiera atisbado el trocito de cielo intenso y muy azul, al final del camino, como una diminuta flor de lavanda en medio de un verde inmenso, y ahora fuera la luz viva y cegadora de la verdad, la que hiciera palidecer a aquel azul hasta la turbiedad más tosca.

Había tomado una de las mesas de la marquesina acristalada del restaurante, en ese recoveco que a él le gustaba porque sólo lo iluminaba la hilera de luces del puerto, y que ocasionalmente recibía la luz difusa y amarillenta del faro, que ahora, se le antojaba el dedo acusador con la que la noche señalaba su culpa o se mofaba de su ingenuidad.

Cuando el camarero fue a tomarle la nota, se dispuso a recoger el abrigo del respaldo y ella le hizo un gesto con la mano para detenerlo, la mirada aún fija al frente, a una silla vacía de formas redondeadas con respaldo violeta tachonado en plata, sobre la que reposaba un abrigo estilo «Audrie» y un gesto que podría decir: «Deje, deje, no importa, sé que no es adecuado, lo sé, este es un lugar elegante, el mejor del puerto sin duda, él lo dice siempre, pero deje, deje ahí el abrigo, es ahí donde suelo sentarme, ya sé, sé que no entenderá» ...

-”¿El profesor no le acompaña esta noche, señora? -”preguntó el camarero.

-”Sí. Es sólo que yo me adelanté. El llegará luego, más tarde, sí.

-”¿Necesita entonces algo, la señora?

Aquel camarero era el jovencito de siempre, del que el profesor decía que estaba enamorado de ella, y quizás por eso, al encontrarla ahora a solas, se volvía exagerado en los gestos aprendidos: los pies muy juntos, una levísima y afectada inclinación de cabeza, proyectando una sombra alargada sobre aquel uniforme artificiosamente blanco, y la misma y falsa artificiosidad, en aquella sonrisa de marioneta de labios finos y tirantes, como si alguien -”la costumbre, las normas inveteradas, la vigilancia silenciosa del maitre -” la tensara por las comisuras.

Pidió un Martini y pensó en la conversación de la mañana. En cómo la había recibido en su nuevo despacho de decano, altivo y orgulloso:

1397058884 Dispongo de poco tiempo, pero es todo tuyo .-” Había dicho entonces, sin volverse a mirarla, moviéndose delante de ella, con esa torpeza ensayada de caminar lento y pies aturdidos, vueltos graciosa y un poco ridículamente hacia adentro. Se había sentado luego, y habría cruzado las manos sobre el escritorio, fijando en ella su mirada miope, adelgazada tras los cristales gruesos, mirándola como quien de veras hace de su tiempo un presente para el otro, que, a partir de entonces, ha de administrarlo para los dos. Una mirada que se diría franca si no se supiera ensayada. Y ella sentada frente a él, solo para decirle, usando aquel tono convencional, aquellas palabras tan usadas: -”¡Falsa alarma!

Observó cómo se le iba transformando el rostro. Volvió a su ser. Echó todo su corpachón hacia atrás, tensando el respaldo del sillón de cuero, hasta hacer peligrar la vitrina acristalada que tenía detrás. Y luego, con los ojos claros, brillantes, casi húmedos de excitación:

-”¡Qué alivio! Cariño, Está arreglado. No ha sido nada.

Y de veras estaba exultante, en verdad parecía en ese preciso momento haber recuperado su lugar en el engranaje del mundo, el mismo rostro plácido que un bebé que se cobija en el consuelo de la madre tras una rabieta, aquellos ojos, opacos tantas veces, transparentándole ahora el alma.

-”¡Una falsa alarma, después de todo! -”susurraba, sonriéndole, acercando las manos hasta tocar las suyas, y haciéndolo levemente, entre seductor y miedoso-”. ¡Siento tanto la confusión! -”para luego besarle-”. ¡Discutir por nada! ¡Este enfado tan absurdo!

-”Es verdad, una falta, nada más, suele pasar...

-”Nada de que preocuparse, imagínate. Padre yo, a mi edad, y recién ascendido, ¡Una locura!

Y luego desde aquel mismo despacho había hablado con el doctor, que dijo era de confianza, para anular la cita y se había despedido, otra vez, con aquella alegría:

-”Nos vemos para cenar, como siempre, donde siempre, siéntate donde siempre, pide el vino de siempre, todo está bien. Como siempre.

El faro, que volvía a señalarla con su luz, y el joven camarero, la trajeron de nuevo a aquella realidad tan nueva, tan hermosa, en la que la vida se volvía una materia suave, maleable y dúctil, lista para dejarse llevar de la mano por ella, sin esfuerzo alguno, simplemente volver a dejarse mecer por la vida confiada y ciegamente.

Miró al camarero que le acercaba el Martini y le sonrió con aquella verdad recuperada que parecía estrenada para él.

-”¿Sabe qué?

-”Dígame -”le dijo él muy turbado-”. ¿Necesita alguna cosa más?

Entonces ella le hizo un gesto para que se acercase, quería hacerle una confidencia.

-”Es que yo creo que no debería de tomar alcohol -”le susurró al oído.

De cerca, el camarero tenía unos ojos grisáceos y hermosísimos de pestañas largas y tupidas, -”Sí de nuevo era la vida, abrigándola con su calidez, ofreciéndose otra vez-”, y en lugar del rictus tirante, el camarero de cerca, sin la vigilancia del maitre , ofrecía una sonrisa llena de verdad.

-”¿De veras? ¡Pero esa es una noticia hermosísima! ¿Qué digo? ¡La mejor de las noticias!

La vida como un hogar confortable.

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El camarero entonces, con todas las precauciones del mundo, se sacó bajo el delantal inmaculado una cartera de piel y le mostró orgullosísimo una foto de sus hijos, y ella sintió una ternura infinita al ver sus hermosos ojos reproducidos en la de los niños. Luego, el joven, recompuso su figura y se fue, llevándose el Martini con la apostura acostumbrada. Ya desde la barra vio cómo ella se levantaba, alisándose la falda, cómo recogía su bolso, y con un paso grácil y elegante caminaba ágilmente hacia la salida, ocultándose divertida y por un momento detrás de la columna, para no cruzarse con el profesor que, en esos momentos, tomaba asiento frente al abrigo.