Porque si lo hubieran sabido se les habría acabado el paraíso
Los túneles del paraíso
Luciano G. Egido. Tusquets Editores, Barcelona, 2009. 390 pp.
Esa es la observación del novelista en el tercer bloque de la introducción de la obra: si las gentes de La Fregenda hubieran sabido lo que iba a suponer la llegada de «esos pavores, ese tren del demonio (...) se habría acabado el paraíso» (p.35). La novela de Luciano G. Egido es la crónica de la construcción de la vía férrea que unirá Salamanca con Portugal. Los cinco años de su duración serán cinco años de sufrimiento y de calamidades, en una lucha titánica contra la naturaleza. Los cientos de obreros, carrilanos en su mayoría, responden a un mismo patrón: «Desarraigados, curtidos a fuerza de años y de heridas, con una fe en la vida a prueba de bombas, naciendo cada día de sus escombros» (p.61).
La novela es la narración del sufrimiento de estos hombres, sometidos a un espantoso ritmo laboral bajo la tiranía de los capataces. Además, «todo era nuevo para todos» ante un paisaje agreste, desconocido, inaccesible en el que se sienten impotentes. Luciano G. Egido, uno de los mejores estilistas actuales, va elaborando la intrahistoria de estos pobres esclavos de finales del siglo XIX. La voz de un narrador cuenta en primera persona el sufrimiento de muchos de los trabajadores, cuyos nombres conoce el lector a través del dramatis personae. Esta narración, de signo oral, sólo queda alterada por las cartas que un trabajador de la compañía envía a Amalia, su amante madrileña, cuya relación se rompe al final de la obra. Salvo este anónimo autor epistolar, el juez don Eliseo Madrigal, el sacerdote, el médico y el catedrático de medicina de Salamanca, los personajes son los obreros que arriesgan su vida cada día.
Toda esta muchedumbre de desvalidos (con aspecto de Santa Compaña en ocasiones) quedará igualada en el terreno del erotismo. La llegada de la prostituta inglesa Miss Flowers transforma ese mundo, creando algunos conflictos. Como los crea el carrilano que genera una turbia pasión en la joven más bella el pueblo que, a pesar de salvarlo, no llegará a ver consumado su amor. Todos acaban siendo «pasto de los túneles», como se advierte en el último capítulo de la tercera parte: «Un ejército de inválidos merodeaba por las obras o se iba desflecando hacia Salamanca» (p.310). Es Lo que queda de esta empresa terrible, en la que pobres desahuciados se han enfrentado irracionalmente contra los elementos naturales y la ambición de empresas despiadadas. Su esfuerzo no alcanza condición de gesta, sólo de humillación. No han alcanzado la gloria, si acaso la muerte y, en algunos casos, la condición de inválidos para toda la vida. Es el triste reflejo de su entrega profesional a la construcción de unos túneles que alcanzan significado extraño, polisémico, no exento de trágica prosopopeya. Hasta la propia naturaleza en la figura del río parece rebelarse contra esa obra humana, símbolo de la destrucción y la armonía milenaria. Los capítulos «Las aguas revueltas» y «Muerte en el túnel» son buena muestra de este simbolismo.
En el fondo parece perdurar una interpretación pesimista: el desarrollo supone la alteración de la armonía natural y el sufrimiento de los seres más débiles. Pero no es éste el sentido de lo escrito. Luciano G. Egido busca en esencia el material idóneo para conseguir una novela en la que la épica de la humildad y la pobreza humanas se transformen en buena literatura. Los resultados no pueden ser más brillantes.