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AZORÍN
León

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Á lamos gráciles, esbeltos, con sus millones de hojitas tembleteantes; álamos que van en dos hileras desde el poblado pardo hasta bien dentro de la vega; sobre el montón oscuro de las techumbres, la catedral aérea, enhiesta, tan grácil como los sutiles álamos. Esta visión es la que he ido teniendo a medida que iba pasando las hojas de este libro: «La provincia de León», libro escrito por un benemérito leonés, don León Martín Granizo. Todo el espíritu de la vieja y noble tierra, condensado en estas páginas sencillas y claras, henchidas de profundo amor patrio. Digamos cuatro palabras de este libro. Paisajes, costumbres, hombres, fiestas populares, tradiciones jurídicas, cantos del pueblo, todo es examinado en este breve volumen, con cuidado, con escrupulosidad. España es varia y bella; en el área nacional, León es una de las tierras con más carácter, con más ambiente espiritual. Dentro de la diversidad de España, diversidad maravillosa de la tierra leonesa. Tres clases de paisajes; primero, el de la llanura; tierra del Páramo, tierra de Campos; segundo, las montañas; terreno áspero y fragoso como el de las Bahías; tercero, las riberas, fértiles y grasas, como Valderaduey, Valdeburón, Almansa, Órbigo. Y aparte, como el sagrario de la tierra leonesa, el valle del Bierzo. El hermoso valle descrito por Enrique Gil en «El señor de Bembibre». No he seguido en esta clasificación a nuestro autor. León Martín Granizo, adjetiva ciertos parajes leoneses del modo que queremos transcribir aquí: de las parameras dice que son «amoratadas», y de las serranías que son «blanquecinas»; en general, para el autor, el paisaje leonés es un paisaje «oscuro». Todo es severo en esta tierra; el panorama y los hombres; todo tiene hondísimas raíces en la historia. «Una de las regiones de España más desconocidas -“escribe al comenzar su monografía el autor-, desconocida aun para los mismos españoles, es esta provincia, resto del antiguo reino de León, núcleo donde surge potente la nacionalidad española durante los siglos X y XI, tan henchida de espíritu y de acción que, rebasando después por encima de nuestras gestas, en el siglo XVI logró fundar todo un mundo nuevo».

A lo lejos, el manchón pardo de los tejados; sobre el conjunto negruzco, las torres caladas de la airosa catedral, y una hilera de álamos finos y verdes que viene de la ciudad hasta el convento de San Marcos. Paz profunda; en el aire una densa espiritualidad -“historia y arte- que respiramos a plenos pulmones. Nos sentimos compenetrados hasta el fondo de nuestro ser, con España; aquí sentados en esta piedra, al pie de un álamo, percibimos en estos instantes de serenidad toda la historia nacional que se va desenvolviendo lenta y suavemente ante nuestros ojos. Las hojitas de los álamos tembletean con un suave ruido al impulso del leve céfiro; desde lejos, las torres de la catedral parecen enlazadas espiritualmente con estos álamos que, no siendo los mismos de hace setecientos años, son los descendientes de otros idénticos que aquí movían sus hojas, cuando la catedral estaba edificándose. Paisaje sombrío el de León -“dice nuestro autor-. Pero la luz es fina, como de cristal, esa melancolía que se percibe en estas tierras es delicada, elegante, sutil; no nos aparta de la realidad con gesto de desabrimiento; antes bien, nos acerca más a las cosas. Desde la remota lejanía de la historia, desde el siglo X, en que ya estaban aquí estos álamos, sentimos, pensábamos en toda nuestra sensibilidad, que nos llaman y tienden hacia nosotros hilitos movibles y fuertes. No acertamos a levantarnos de esta piedra en que estamos sentados ahora; no cesamos de mirar, de contemplar la lejana ciudad; no nos sentimos con fuerzas para desprendernos de la urdimbre invisible que nos aprisiona; la historia nos tiene prisioneros; en ningún lugar de España sentimos tan fuerte como aquí el poder de este bebedizo de la historia. Bebedizo que paraliza nuestra acción y nos impide movernos para continuar nuestra vida; la acción se halla aquí detenida por el ensueño. El ensueño. El ensueño de tantos y tantos siglos. Cosa tan sutil, tan etérea, como estos álamos, ha hecho el milagro de la inmovilidad en medio de la vorágine del mundo. Y las torres, desde lejos, están en convivencia secreta con los enhiestos árboles.

E l autor de «La provincia de León» trae al final de su libro una extensa bibliografía sobre la materia de su trabajo; en esa lista de libros referentes a la tierra leonesa, los hay que sólo tienen una relación indirecta con el tema tratado; en cambio, este leonés meritísimo, León Martín Granizo, tan conocedor de la historia y de las costumbres de su patria, olvida algunos trabajos en que de la tierra leonesa se habla con finura y penetración. Citaremos algunas de estas obras que debieran figurar en una bibliografía de la provincia de León. Ya uno de los libros no citados ha sido mencionado en esta crónica; la novela de Enrique Gil en que el paisaje aparece en la literatura castellana por primera vez de un modo sistemático, deliberado; el paisaje no como accesorio, según ocurría antes, sino como elemento esencial. Paisajes soberbios del Bierzo, los que se describen en estas páginas. Continuemos; una de las regiones más interesantes de León es la Tierra de Campos. No pertenece sólo a León esta tierra; parte de Campos es de Valladolid; parte de Palencia y parte de León. En la parte leonesa, hay un lugar que se llama Campazas; habrá oído hablar de este aldeorrio nuestro autor; en ese lugarcillo han vivido Antón Zotes y la tía Catana Re; estos buenos labradores tienen un hijo que quiso ser fraile y que llegó a ser predicador famoso; se llamaba Gerundio, y sus extravagancias dieron materia a un sutilísimo jesuita para escribir una humorista novela. Ya todos los lectores habrán comprendido que estamos hablando de «Fray Gerundio de Campazas», novela del padre Francisco José de Isla. Pues en ese libro existen breves indicaciones de interiores y paisajes que, aunque cortas, son sustanciosas e interesantes. Vemos por estos rasgos la tierra de Campos mejor que si se nos describe intensamente. He aquí una casa típica de la región: «Entrábase a ella por un corralón, flanqueado de cobertizos, que llaman tenados los naturales, y antes de la primera puerta interior se elevaba otro cobertizo en figura de pestaña horizontal, muy jalbegada de cal, con sus chafarrinadas a trechos de almagre, a manera de faldón de disciplinante en día de jueves santo. El zaguán o portal interior estaba barnizado con el mismo jalbegue, a excepción de las ráfagas de almagre, y todos los sábados se tenía cuidado de lavarle la cara con su baño de agua cal. En la pared del portal que hacía frente a la puerta había una especie de aparador o estante que se llamaba vasar en el vocabulario del país, donde se presentaba, desde luego, a los que entraban, toda la vajilla de la casa; doce platos, otras tantas escudillas, tres fuentes grandes, todas de Talavera de la Reina, y en el medio dos jarras de vidrio con sus cenefas azules hacia el brocal y sus asas a picos o a dentellones como crestas de gallo. A los dos lados del vasar, se levantaban desde el suelo con proporción de elevación dos poyos de tierra, almagreados por el pie, calcados por el plano, sobre cada uno de los cuales se habían abierto cuatro a manera de hornillos para asentar otros tantos cántaros de barro, cuatro de agua zarca para beber y los otros centro de agua del río para los demás menesteres de la casa». Y no seguimos copiando; lo trascrito basta para dar idea de la casa campera; casa que, poco más o menos, es la mansión de la otra tierra de Campos de España, poco más o menos, la Mancha quijotesca.

N o abandonaremos esta casa de Tierra de Campos sin hacer de una de sus singularidades: lo que se llama las «glorias» de Campos, es decir, sus monumentales cocinas. Un hombre fino y curioso, de gran erudición, antecesor de nuestro Ramón Pérez de Ayala, ha descrito las glorias de Campos; aludo al asturiano don Gaspar Melchor de Jovellanos. En sus cartas a don Antonio Ponz, y en sus Diarios, ha hablado con amor Jovellanos de la tierra leonesa; en una de esas cartas es donde describe las colinas famosas de Tierra de Campos; Jovellanos, no sólo en prosa, y prosa fina, sino en verso, ha celebrado la tierra leonesa;

Verdes campos, florida y ancha vega / donde Bernesga pródigo reparte / en onda cristalina; alegres prados / antiguos y altos chopos que en su orilla / bordáis en torno.

Ahí están ya los álamos de la tierra leonesa. De esta tierra y de toda Castilla. Lope de Vega, en su descripción de la Abadía, un jardín del Duque de Alba, los cantó soberanamente.

D espidámonos de estos grandes amigos nuestros del reino leonés, y sigamos con la bibliografía leonesa. En «La provincia de León», su autor nos habla de la manera singular, pintoresca, de celebrar las bodas en esta tierra. El poeta Enrique Gil, ya citado, tiene en el «Semanario Pintoresco», correspondiente al 24 de febrero de 1839 un estudio titulado «Los maragatos». La tierra maragata es una de las más curiosas de España: «misteriosa» la llama nuestro autor. No se conoce su origen; sus costumbres se apartan de las del resto de la nación. La boda en el país de los maragatos, que describe León Martín Granizo, la describe también Enrique Gil; otras costumbres nos pinta el poeta; valía la pena, pues, hacer figurar este estudio en la bibliografía de León. Y hay, en esta página algo que es además de cierto valor histórico. Menéndez Pidal, en su libro «Poesía juglaresca y juglares» (Madrid, 1924), en la página 28, cita varios textos para dilucidar el significado de «zamarrones». Enrique Gil, en este trabajo, nos describe lo que son tales figurantes o histriones, populares. La página del poeta es interesante por este y otros datos.

Y no queremos terminar estas observaciones sin comentar otra obra literaria en que también aparece León, el León anterior a la primera unión con Castilla. En la comedia de don Juan Ruiz de Alarcón, titulada «Nunca mucho costó poco, a los pechos privilegiados», el personaje principal es Alfonso V, llamado el Noble, que reinó en 999. La acción se desenvuelve en la capital leonesa, y una de las curiosidades de esta comedia es que de los personajes, Jimena, habla en la fabla del siglo X. Alarcón, en el siglo XVII, intentaba imitar el lenguaje de seis centurias atrás. Cosa rara en su tiempo, en que se ignoraba casi por completo y se desdeñaba la historia de la Edad Media y de la Edad Antigua.

Toda España es bella; toda tiene sus peculiaridades; toda está cargada de intensa espiritualidad. Si estos álamos de Tierra de Campos no hablan al espíritu, no nos habla -”en la otra tierra de Campos, de la Mancha, los molinitos de viento que vieron a Don Quijote y que ya están parados, inmóviles...

26 diciembre 1929

(De La amada España ,

Azorín.

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Ed. Destino, Barcelona, 1967)