Contaminación, el enemigo silencioso del cerebro
Un estudio internacional en el que participa el berciano Jorge Arias, profesor del King’s College de Londres, alerta cómo la contaminación ambiental acelera el deterioro cognitivo y evidencia la necesidad de emitir políticas públicas para reducir las emisiones a la atmósfera
Jorge Arias, profesor del King's College de Londres, posa en la Universidad de León.
Según alerta la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 99% de la población mundial se encuentra expuesto a respirar aire que contiene altos niveles de contaminantes y que supera los límites establecidos en las directrices de la OMS. Los efectos en la salud dependen del tipo de contaminación atmosférica, ya que hay dos tipos: la del aire exterior y la del aire doméstico. Si bien la contaminación del aire exterior es una problemática común a la mayoría de países, la contaminación interior es un importante riesgo que afecta principalmente a personas en países de ingresos bajos y medianos. En concreto, la OMS estima que unas 2.600 millones de personas están expuestas a niveles peligrosos de contaminación del aire en sus hogares debido al uso de combustibles fósiles para alimentar cocinas en las que se queman biomasa, carbón o queroseno. En el caso de la exposición al aire de exteriores, este tipo de países son también los más expuestos, ya que ocurren 3,68 millones de muertes prematuras debido a esta causa, casi ocho veces más que en países con ingresos altos, donde los fallecimientos de esta índole se sitúan en 0,47 millones.
La contaminación por partículas del aire o exterior provoca accidentes cerebrovasculares, cardiopatís, cáncer de pulmón y enfermedades respiratorias agudas y crónicas, tanto en entornos urbanos como rurales.
Sin embargo, la exposición prolongada a contaminantes atmosféricos como las partículas en suspensión y el dióxido de nitrógeno no solo afecta a la salud física, sino que puede ralentizar el procesamiento mental, deteriorar la memoria y provocar cambios en la estructura del cerebro en la vejez.
Así lo muestra un estudio internacional, publicado en la revista «The Lancet Healthy Longevity», en el que participara el investigador de la Universidad de León (ULE) y profesor titular en el King»s College de Londres, Jorge Arias. El equipo internacional autor del estudio ha seguido durante décadas a la cohorte británica de nacidos en 1946 (conocida como NSHD), es decir, adultos de mediana edad (45–64 años) para evaluar su exposición al dióxido de nitrógeno (NO2), óxidos de nitrógeno (NO?) y partículas en suspensión (PM10 y PM2.5). Posteriormente, cuando los participantes tenían entre 69 y 71 años, se analizaron su rendimiento cognitivo y la estructura cerebral mediante pruebas de memoria, velocidad de procesamiento y resonancia magnética. A través del uso combinado de datos medioambientales y neuroimágenes obtenidas por resonancia magnética, los investigadores estudiaron la relación entre la exposición a largo plazo a contaminantes atmosféricos y la función cognitiva en la madurez y en la vejez.
«Los principales contaminantes con los que nos hemos encontrado y que más efectos tienen son los óxidos de nitrógeno, dióxido de nitrógeno y las partículas en suspensión de diferente tamaño, tanto micropartículas como otras de mayor tamaño. Estos contaminantes se suelen producir debido a diferentes actividades humanas, entre ellas la combustión de combustibles fósiles como los coches o cualquier industria. Aunque ya se había visto antes que estas partículas tenían un impacto en la salud de la población, especialmente a nivel respiratorio de forma muy clara, a nivel neurológico no era tan evidente. Por ello, este estudio es más novedoso», explica el investigador Jorge Arias.
El investigador Jorge Arias posa frente a la Facultad de Ciencias de la Salud en León.
Los resultados muestran que una mayor exposición a dióxido de nitrógeno y partículas en suspensión durante la mediana edad se asocia con un procesamiento mental más lento y con un deterioro de la función cognitiva en la etapa final de seguimiento. Asimismo, se observó que niveles elevados de óxidos de nitrógeno se relacionaban con una reducción en el volumen del hipocampo, mientras que la exposición a dióxido de nitrógeno y partículas en suspensión se vinculaba con un aumento de los ventrículos cerebrales, indicadores habitualmente asociados a procesos de atrofia cerebral. De esta forma, la investigación aporta nueva evidencia de que la contaminación atmosférica tiene efectos duraderos sobre el cerebro humano, más allá de sus consecuencias en la salud física.
Según los autores, estos hallazgos refuerzan la necesidad de avanzar en políticas de reducción de emisiones como una estrategia esencial de salud pública para proteger la función cerebral a largo plazo. «Todos estamos expuestos a este tipo de contaminación de una forma u otra, especialmente en los entornos urbanos. Por ello, a nivel individual lo que se puede es contribuir a que las siguientes generaciones no estén tan expuestas. Se puede intentar reducir las emisiones a través de la actividad diaria. Si se puede ir a un sitio caminando, prescindir del coche. Actividades cotidianas que pueden llegar a reducir las emisiones y a contribuir a que la exposición a los contaminantes atmosféricos sea menor en un futuro. Reducir la exposición actual personal de cada persona es muy difícil. La solución pasa por hábitos, estilo de vida y decisiones que hagan una diferencia a medio y largo plazo», afirma Arias.
A nivel de políticas públicas, el experto cree que las medidas deben ir enfocadas en «limitar las actividades que generan emisiones de contaminantes y tienen un gran impacto en la salud de las personas». «A nivel de Ayuntamiento, esto se podría hacer con la reducción de determinadas actividades industriales que pongan en riesgo la propia salud de los trabajadores y ya no solo la salud pública. A nivel de planificación general y salud pública, se trataría de emitir leyes directas sobre las empresas y las instituciones que sean responsables de este tipo de actividades y limitarlas directamente, ya sea con políticas de reducción de emisiones progresivas, políticas restrictivas o directamente con sanciones», expone.
En la actualidad, el equipo con el que trabaja el científico ya se encuentra trabajando en más estudios que permitan ampliar los restulados de la investigación. «Con estos mismo datos estamos intentando linkarlos con datos de otras cohortes del mismo tipo de las siguientes dos décadas porque las exposiciones varían con el tiempo. El objetivo es ver el impacto en las diferentes cohortes y ver si determinados eventos sucedidos entre una cohorte y otra pueden tener un impacto en la salud cerebral de las personas y poder prever medidas preventivas muy específicas enfocadas a ello. En otro estudio estamos replicando el análisis con datos similares de otros países para darle más validez externa y que sea extrapolable a otros territorios. En Europa lo tenemos bastante claro, pero en Asia o América, probablemente sea diferente, ya que los efectos sean los mismos, pero las exposiciones cambian», concluye el investigador.
Vista panorámica de Londres, ciudad que alberga el King's College.