Reliquias de las que no disfrutaron los niños
La falta de descendencia de la familia hizo que en la casa Sierra Pambley de Hospital de Órbigo, cuyo fundador fue Pedro Fernández-Blanco, no viviera más que éste. «Probablemente sólo él disfrutara de las reliquias burguesas que rescataron, según los documentos del archivo, de sus viajes por Europa», explica Patricia Centeno del Canto. Así, el Mikado, el Tangram, el Solitario —en madera y con fichas de marfil— o los Aros Chinos, no pasaron por las manos de los pequeños que ocupaban las aulas de la escuela fundada en la misma localidad.
De esta manera, los hijos de las familias humildes pasaban su tiempo libre, muy valorado pedagógicamente a finales del siglo XIX, con otro tipo de juegos populares. «Los niños se divertían con juegos algo más violentos como la chola (jugar a ‘pica’), el castillo (se subían unos encima de otros), el salto de la cuerda (la comba), el salto de la mula (el actual potro) o el marro, que consistía sencillamente en golpear un cono de metal con una piedra», explicó el responsable del archivo, Javier González Cachafeiro.
Las niñas, separadas del sexo masculino, se divertían con juegos como el de mudos, de prendas o, por iniciativa de algunas alumnas, de bailes, «como el conocido ‘Antón Antón pirulero’, aunque fue suprimido al poco tiempo».