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esther esteban
León

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Ayer a primera hora de la mañana ya eran cinco los policías muertos y al menos seis habían resultado heridos al recibir los disparos de dos francotiradores durante las protestas en Dallas por la muerte de dos afroamericanos a manos de policías blancos en Lousiana y Minnesota.

Un balance siniestro que deja otra vez al descubierto no solo que asuntos como la xenofobia y los conflictos raciales, lejos de darse por superados en el pasado siglo, siguen estando a la orden del día, sino que el uso de las armas es un tema enquistado en el país que presume de ser el más poderoso y avanzado de la tierra.

Las protestas se convocaron a raíz de la muerte a manos de la Policía del joven Philando Castile, el último afroamericano abatido por la policía en el suburbio de Falcon Heights (Minnesota) después de que le dieran el alto en su vehículo por llevar una luz rota.

La muerte de Castile, de 32 años, se produjo además cuando la sociedad aún seguía conmocionada por el trágico incidente en el que murió otro joven de 37 años, Alton Sterling, mientras era reducido por dos agentes a las puertas de una tienda donde parece ser que estaba vendiendo CDs en Baton Rouge (Louisiana).

Estos son solo dos ejemplos de los muchos que se producen prácticamente en todos los estados de EE UU. El presidente Obama, que se mostró horrorizado por lo que parece una ejecución organizada de los policías, dijo ayer que «cuando se permite a la gente tener armas de ataque poderosas, este tipo de situaciones son mucho más trágicas».

En la última encuesta que se ha realizado, un 62% de los estadounidenses están descontentos con las políticas al respecto del Gobierno de Estados Unidos, el mayor porcentaje de insatisfacción desde el 2001.

De hecho, nadie sabe con certeza cuántas armas de fuego hay en ese país.

Con esos datos no hay más que decir salvo que el derecho a la posesión de armas en teoría con fines defensivos está plenamente reconocido en Estados Unidos, donde los grupos de presión son muy poderosos y partidarios de mantener e incluso hacer más permisivas las leyes.

Los defensores del derecho a tener armas suelen esgrimir, además de la segunda enmienda de la Constitución -que recogió el derecho a poseer armas-, la novena, que declara que ninguna ley puede violar derechos de los ciudadanos previamente reconocidos. Es decir, que el derecho a poseer armas existía antes de la enmienda y antes de la independencia de Estados Unidos y no puede ser conculcado.

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El argumento ha sido rebatido muchas veces y expertos en la materia dicen que lo que falta es voluntad política, cosa que yo comparto. Ningún presidente ni demócrata ni republicano ha querido abordar ese tema en profundidad, y de esos polvos... estos lodos.