Cuando Lorca puso a caldo a Alberti en León
Tres años antes de ser asesinado, Federico García Lorca dejó en León una de las entrevistas más incendiarias y sinceras de su vida. Hoy, cuando se cumplen 90 años de su muerte, aquellas declaraciones resuenan como el retrato de un creador que defendía la libertad del arte con la misma intensidad con la que denunciaba la mediocridad de su tiempo
Recreación de Federico García Lorca en el café Victoria de León, donde tuvo lugar la entrevista
El martes se cumplen 90 años del asesinato en Granada del poeta Federico García Lorca, una efeméride que se celebra como una herida sin cicatrizar. El barranco de Víznar se ha convertido en un santuario para la memoria. Excavado durante años, las palas han separado decenas de cuerpos de la tierra sin que brote el del poeta. El misterio que envuelve su sábana de légamo forma parte de la leyenda del escritor y su breve vida es la clave para explicar la apropiación que unos y otros hacen de su memoria política. Justo ahora, en un momento político en el que las barricadas ideológicas se alzan cada vez con más virulencia, resuena la voz de un intelectual que huía de las etiquetas políticas y defendía la independencia literaria de apropiaciones interesadas.
Federico García Lorca dejó en León una de las entrevistas más incendiarias y sinceras de su vida con unas declaraciones que dibujan el retrato de un creador que defendía la libertad del arte con la misma intensidad con la que denunciaba la mediocridad de su tiempo. La conversación con los periodistas Ricardo F. Cabal y Francisco Pérez Herrero se publicó en el periódico La Mañana el 12 de agosto de 1933 y en ella aparece un Lorca desprovisto de cualquier prudencia diplomática, vehemente, provocador y extraordinariamente lúcido.
El poeta había llegado a la ciudad con La Barraca, el proyecto teatral universitario impulsado durante la Segunda República para acercar el teatro clásico a nuevos públicos. Frente a la imagen romántica del grupo ambulante, el poeta describe una organización rigurosa, donde los estudiantes eran seleccionados mediante pruebas exigentes y donde la disciplina constituía una condición indispensable para formar parte del proyecto. Aclara además un aspecto poco conocido: la misión principal de La Barraca no era recorrer los pueblos de España —labor encomendada por la Institución Libre de Enseñanza a las Misiones Pedagógicas— sino trabajar con la Universidad de Madrid.
No obstante, el verdadero interés de la entrevista comienza cuando la conversación abandona las cuestiones organizativas para adentrarse en la literatura y la política cultural.
Lorca proclama entonces la extraordinaria vitalidad de la nueva poesía española. Sitúa a Alberti, Jorge Guillén, Aleixandre y Altolaguirre entre los grandes creadores del momento y llega a afirmar que aquel grupo constituye «lo mejor del mundo», aunque reconoce que su importancia todavía no ha sido plenamente comprendida por el gran público. Seis años antes, un 17 de diciembre de 1927, tenía lugar el acto fundacional de aquella generación que cumple su centenario el próximo año. Fue en el Ateneo de Sevilla con motivo de los 300 años de la muerte de Góngora.
Sentado en la terraza del café Victoria, reflexiona sobre el papel del artista frente a la política y sostiene que el creador debe mantenerse al margen del «morbo político» para dedicar todas sus energías exclusivamente al arte. Critica entonces el compromiso ideológico que entonces percibe en Rafael Alberti tras su viaje a la Unión Soviética y formula una de las imágenes más poderosas de toda la conversación: «El poeta solo debe obedecer tres voces: la voz de la muerte, la voz del amor y la voz del arte». Las palabras exactas de Federico García Lorca son cajas destempladas: «El artista debe ser única y exclusivamente eso, artista. Con dar todo lo que tenga dentro de sí, como poeta, como pintor... ya hace bastante. Lo contrario es prostituir el arte. Ahí tienen ustedes el caso de Alberti, uno de nuestros mejores poetas jóvenes que, ahora, luego de su viaje a Rusia, ha vuelto comunista y ya no hace poesía, aunque él lo crea, sino mala literatura de periódico. ¡Qué es eso de artistas, de arte, de teatro proletario ! El artista, y particularmente el poeta, es siempre anarquista».
El profesor de Literatura Hilario Jiménez Gómez biografió las relaciones personales y literarias de Lorca y Alberti en La difícil compañía (Renacimiento) y asegura que cuando se entrevistó con Alberti para este trabajo comprobó que el poeta gaditano «acabó creyéndose sus propias memorias». «Alberti mentía mucho, pero inconscientemente» y sus memorias, agrupadas bajo el título de La arboleda perdida, «las escribió cincuenta años después de los hechos, y eso un escritor de una gran imaginación como fue él», señala Jiménez Gómez, quien pone como ejemplo de inexactitud cómo Alberti contaba que conoció a Lorca. Según los relatos memorialísticos del gaditano, Lorca le fue presentado por Gregorio Prieto, pero esto no es posible, según el biógrafo, porque se conserva una carta del propio Alberti a Prieto dándole cuenta de que acaba de ver a Lorca. «Alberti confundía todo, fechas y lugares», asegura Jiménez Gómez, quien, tras haber dedicado una tesis doctoral y varios años a investigar las relaciones y el epistolario de ambos poetas, asegura que las cartas que se cruzan Lorca y Alberti son «cartas paladinas, como las que se le escriben a un vecino, vacías». «Lorca marcó siempre mucha distancia con Alberti, no le gustó nunca; y Alberti hablaba mal de Lorca a sus amigos, como hace por carta a José María de Cossío o a José María Chacón, cuando le llama «Federica» o le trata con tremenda fobia, o cuando dice del granadino que es «una niña que coge aceitunas» y que le ha enseñado mucho de botánica».
Alberti y García Lorca. La difícil compañía es un libro que aborda los doce años en que ambos poetas se conocieron, desde 1924 a 1936, si bien solo tuvieron posibilidad de coincidir seis años —cuando Lorca no estaba en América, Alberti se encontraba en Europa— y constata que cuando el granadino fue asesinado «llevaban varios meses sin hablarse».
El desencadenante de este alejamiento final fue que Alberti y su esposa, María Teresa León, trataron de forzar a Lorca para que firmara manifiestos comunistas e ingresara en el PCE, a lo que el granadino se negó con rotundidad, lo que originó una agria discusión entre ambos poetas de la que fue testigo Dámaso Alonso, en Madrid. Jiménez Gómez también habló con Pepín Bello, quien le constató que Alberti y Lorca nunca fueron amigos, y le aseguró que muchos se apartaban de Lorca por su extremo amaneramiento, una circunstancia que no hacía precisamente feliz al granadino.
Críticas al «fascista» Valle Inclán
La entrevista demuestra igualmente hasta qué punto Lorca era capaz de ejercer una crítica feroz sobre algunos de los grandes nombres de la literatura española. Sus juicios sobre Valle-Inclán sorprenden todavía hoy por su dureza. Salva únicamente los Esperpentos y rechaza el resto de su producción, que considera artificiosa. «Valle Inclán es detestable. Como poeta y como prosista. Salvando el Valle Inclán de Los Esperpentos, ese sí, maravilloso y genial, todo lo demás de su obra es malísimo. Como poeta un mal discípulo de Rubén Darío, el grande. Un poco de forma, de color, de humo... pero nada más. Y como cantor de Galicia, algo pésimo, algo tan malo y falso como los Quintero en Andalucía. Si se fijan ustedes, toda la Galicia de Valle Inclán como toda la Andalucía de los Quintero, es una Galicia de primeros términos... la niebla, el aullido del lobo... Además, y esto es para indignar a cualquiera, ahora nos ha venido fascista de Italia. Algo así como para arrastrarle de las barbas»...
Lorca también carga contra Azorín, al que reprocha su visión de Castilla, contraponiéndola a la de Machado y Unamuno. «No me hablen ustedes (de Azorín). Que merecía la horca por voluble. Y que como cantor de Castilla es pobre, muy pobre. Viniendo ayer por tierra de Campos me convencí de que toda la prosa de Azorín no encierra un puñado de esa tierra única».
Pero ninguna afirmación alcanza la contundencia con la que despacha el teatro comercial de su tiempo. A la pregunta sobre el panorama escénico español responde sin matices: era, en su opinión, «un teatro de y para puercos». La expresión escandalizó entonces y continúa siendo una de las frases más citadas del dramaturgo porque sintetiza su rechazo a una escena acomodada, alejada de cualquier aspiración artística o transformadora.
Paradójicamente, el Lorca más combativo deja paso poco después al poeta contemplativo cuando habla de León. Había visitado la ciudad años antes y lamenta que las reformas urbanísticas hubieran alterado parte de su carácter histórico, llegando a afirmar que encontraba la ciudad «algo estropeada» porque su modernización no había estado guiada por criterios artísticos. Sin embargo, toda reserva desaparece al referirse a la Catedral. Allí el lenguaje crítico se convierte en admiración absoluta. Confiesa haber pasado la mañana sentado en su interior, incapaz incluso de describirla con palabras. Ante semejante belleza, sostiene, el silencio constituye la única respuesta posible. No intenta analizar sus vidrieras ni su arquitectura porque, dice, quedó completamente absorbido por la experiencia espiritual y estética que le produjo aquel edificio.
Noventa años después de aquellas declaraciones y cuando se recuerda un nuevo aniversario de su asesinato, la entrevista leonesa adquiere un significado que trasciende la simple curiosidad periodística. En ella aparece un Lorca todavía ajeno a la tragedia que se avecinaba, convencido del poder renovador del teatro, exigente con la creación artística y profundamente comprometido con una idea de la cultura entendida como patrimonio común.
Sus palabras sobrevivieron al periódico que las publicó, a la guerra que devastaría España y a quienes intentaron borrar su memoria. Quizá por eso siguen conservando una fuerza incómoda. Porque en ellas no habla únicamente el gran poeta de la Generación del 27, sino un intelectual que concebía el arte como una forma de verdad y que defendía, con una libertad poco frecuente incluso en su tiempo, el derecho del creador a no someterse a ninguna otra autoridad que la de su propia conciencia.