La complicidad de la Corona La Almudena, el feísmo como síntoma
Zapatero cambia el mapa de la política exterior, en la que la Corona recuperará el peso institucional perdido. La Casa Real se vuelca en la boda del hijo del Rey. La boda en la Almudena, símbolo del duro aprendizaje de Letizia Ortiz.
Una nueva singladura en nuest ra política exterior ha comenzado. Zapatero, con sendos viajes a Alemania y Francia, cree que, finalmente, otra política exterior es posible. El nuevo presidente del Gobierno ha tomado como básico punto de orientación el desmontaje del unidireccional aislamiento pro-USA que había supuesto la etapa de José María Aznar. Es bien fácil de comprender que el ex-presidente del Gobierno apenas tenga un respiro para digerir tantos sapos , tantas y tan esenciales enmiendas a la totalidad de lo que fue su forma de hacer en la política. Es de temer que el Abc tenga, a partir de ahora, asegurada la cotidiana colaboración de un político desbordado por una frustración que supera, con creces, el necesario sentido del pudor que, por lo visto, ha perdido. Si es que en algún momento de su vida política lo tuvo. Satisfacción política del Rey Lo que sí esta claro es que no sólo los ciudadanos, hartos de pensamiento único, pueden tener motivos para la satisfacción y, digamos que el «esponjamiento». También el rey percibe las consecuencias del cambio. Un amigo mío, que le conoce bien, me aseguraba hace unos días que, si hay alguien satisfecho en este país con el cambio en nuestro horizonte político, ese es el rey don Juan Carlos. Tengo que decir que, además de algunos detalles imposibles de revelar por una elemental razón de lealtad al amigo y de discreción para con el pensamiento del Rey, la cosa es bien sabida porque, en esta villa y corte, la mala relación de Aznar con don Juan Carlos era algo del dominio público, aunque se administraba, milagrosamente, en silencio. Ahora, una de las claves, de las razones, de aquella complicada situación, que también provocó el aznarismo, se va a entender sin dificultad. Porque Zapatero también tiene en sus prioridades recuperar, y no sólo en la forma, la relación y la complicidad entre el Ejecutivo y la Corona. Aprende Zapatero, esta vez sí, de los sabios consejos pero, sobre todo, del ejemplo de Felipe González. Así las cosas, vimos como la Casa Real pudo anunciar la visita oficial de los reyes a Marruecos, cuando todavía Zapatero estaba reunido con Mohamed VI. Un gesto bien elocuente, una oportunidad para que, como en los tiempos de Adolfo Suárez y Felipe González, el Rey tenga la oportunidad, que don Juan Carlos tanto estima, de «arrimar el hombro» para ayudar a su país. Cosa que no le facilitó Aznar, ni siquiera en los momentos mas difíciles... Tendrá también el Rey ocasión de desempolvar del armario la cartera que Felipe le regaló en una de aquellas cumbres iberoamericanas, en las que al Rey se le daba la oportunidad de ser la máxima referencia institucional y política. Veremos también a don Juan Carlos recuperando su prestigio en Europa, sus espléndidas relaciones con Francia, por ejemplo. La boda, la máxima prueba Y esto cuando la Corona española afronta con serenidad, pero con preocupación, la prueba máxima de su credibilidad, con la apuesta de mayor envergadura después del 23-F: la sucesión. Ésta es justamente la clave del significado político de un acontecimiento: el de la boda del heredero de la Corona, del príncipe Felipe, con Letizia Ortiz. Detrás de la espuma del glamur de la historia-reina de todas las historias del corazón, la Corona va a poner ante los ciudadanos españoles otra apuesta. Y esta vez más arriesgada, por cuanto tiene que ver, no con una garantía de estabilidad en la democracia y en la libertad, sino con una incómoda conditio sine quanon , como es la de la aceptación del hijo del Rey, todavía una incógnita. Será la prolongación de una situación institucional que muchos todavía siguen limitando, en su corazón, pero sobre todo, en su cabeza, a la persona de don Juan Carlos. Una realidad que, a pesar de ser enormemente gratificante para el Rey, es, paradójicamente, motivo de su más seria preocupación. Dicen, y parece que dicen bien los que lo dicen, que frente a la final y generosa comprensión de doña Sofía, se impone la reserva personal, y no disimulada, del Rey respecto del acierto del príncipe Felipe en su matrimonio. Que se juega mucho don Juan Carlos en este envite que no es suyo, pero que precisamente por eso, le quita el sueño. Por lo demás, la futura reina de España -reconozco que soy de los que les cuesta digerir ese futuro- va a brillar blanca y radiante, como debe brillar una novia. Detrás quedan duros meses de aprendizaje que ella, ambiciosa e inteligente, habrá asumido como coste inevitable y lleno de compensaciones. La espartana doña Sofía La espartana escuela de la Reina ha sido su mejor aval, aunque, en punto al sorprendente cambio de imagen exterior de doña Letizia parecería un tanto excesiva. Y aunque es imposible hacer especulaciones sobre la verosimilitud de otros cambios de mayor calado, es posible moverse en algunas certezas: que la futura reina esta a años luz de la capacidad de doña Sofía para conectar, de verdad, con el alma de las gentes, como quedó patente en sus apariciones públicas tras los atentados del 11-M. Sin embargo, esas drámaticas circunstancias le han dado la oportunidad de un duro aprendizaje en los aspectos mas serios del que será su futuro. El último, el que le espera, precisamente, el día de su boda con el príncipe Felipe, en la Almudena. Porque el destino ha querido -no sé por qué no ha podido evitarse- que sus ojos de novia tengan que posarse inevitablemente, en los mismos rincones en los que se concentró tanto dolor y sufrimiento el día gris de los funerales de estado por las víctimas del 11-M. Inesperadamente, esta semana los españoles supimos que teníamos entre nosotros a un pintor eximio, a un artista de fama mundial, absolutamente desconocido, sin duda, a causa de nuestra insensibilidad e ignorancia sobre los verdaderos genios. Me refiero a un tal Kiko Argüello, muy conocido en su casa a la hora de comer. Su nombre se difundió sorprendentemente en los telediarios del pasado miércoles por una razón de peso: se ha identificado como el autor que ha perpetrado el diseño y realización de las vidrieras de la catedral de la Almudena. Bien es verdad que el locuaz autor de la fechoría ha confesado que ha contado con la ayuda de «algunos pintores y seminaristas» y que sólo ha empleado en la tarea menos de tres meses. Pero eso no le exime de la grave responsabilidad contraída para con Dios y para con la historia, por ponernos trascendentes. Para con Dios, porque pienso que Él, que incluso para Kiko Argüello, debe ser la máxima expresión de la belleza, no se merece ese abrumador monumento al feísmo que son las vidrieras de la Almudena. Para con la historia, porque la pareja real no se merece tamaña agresión a su sensibilidad y sentido estético, obligados como están, Felipe y Letizia a casarse en un templo que, a diferencia de la catedral de Sevilla y a la de Barcelona, donde se casaron las infantas, no pasará a la historia como escenario digno de una boda real. Pero la elección de Kiko Argüello para llevar a cabo este infame decorado de urgencia es deliberadamente equivocada. El feísmo es un síntoma lamentable de lo que ocurre en la Iglesia en este país. Pero la elección del artista es la clave del rumbo del poder de esa Iglesia. Afortunadamente, nada tiene que ver con el futuro de libertad y progreso que vive la España en la que reinará el heredero de Juan Carlos I.