1954: I Vuelta Aérea al antiguo Reino de León
Como apartado principal en las celebraciones de San Juan y San Pedro correspondientes a 1954, hace ahora 50 años, se incluyó en el programa festivo una novedosa y atractiva Vuelta Aérea al Antiguo Reino de León. Llevados de un espíritu aventure
FEDERACIÓN DE AERO CLUBS DE ESPAÑA
Aquellas fiestas del mes de junio de 1954 tuvieron un magnífico preámbulo gracias a la inauguración, por parte del nuncio de su Santidad, del Seminario Menor San Isidoro y el museo diocesano, antiguas reivindicaciones del pueblo leonés que se verían cumplidas después de arduas y muy complejas gestiones. El paso de monseñor Antionutti por nuestra capital se tradujo en un carrusel de visitas y actos solemnes, donde tan sobresaliente príncipe de la Iglesia destacó por su simpática sencillez y el gusto de «verse rodeado de la gente humilde del pueblo fiel». Pero lo cierto es que, cumpliendo al pie de la letra con el sagrado precepto de dar a Dios lo que es de Dios y al César lo suyo propio, el pueblo estaba bastante más interesado con la presencia del diestro Antonio Ordóñez en el coso leonés, acompañado en el cartel por Pedrés y Girón. Las expectativas de los aficionados taurinos se vieron frustradas en buena medida, pues Ordóñez no hizo nada de particular con su pareja de astados, mostrando una desgana poco acorde con la leyenda de artista del clasicismo y la estética que comenzaba a crearle por entonces el escritor Ernest Hemingway. En fin, bastante mejor que la corrida resultaría un atractivo partido de hockey sobre patines celebrado en la calle de Ordoño II, iluminada para la ocasión con las mejores galas y abarrotada por los numerosos forasteros llegados hasta León para participar en aquellos festejos de antaño que aunaban aspectos económicos, lúdicos y, por supuesto, identitarios. El plato fuerte de las celebraciones, no obstante, tomó forma en la fascinante Vuelta Aérea al Antiguo Reino, organizado por el entusiasta Real Aero Club de León. Una entidad surgida apenas tres años antes en el Pabellón de Oficiales de la Base Aérea, con la intención de desarrollar la aviación deportiva en nuestra provincia. O dicho en otras palabras, salpicar el cielo leonés de alas y románticos y abnegados aviadores. Aero Club de León Según narran las crónicas de la época, 1919 fue para España su primer año aeronáutico. Gracias al esfuerzo de una minoría atenta a los aconteceres y progresos que se llevaban a efecto más allá de nuestras fronteras, el 11 de febrero de aquel año el piloto francés Julián Mamet realizó un vuelo de exhibición, el primero llevado a cabo en nuestro territorio, sobre el Hipódromo de Barcelona. La travesía apenas duró un minuto debido a lo desapacible y ventoso del día, aunque marcó el inicio de un deporte que se vestiría luego con estrellas militares y convertirá más adelante en poderosa fuente de riqueza al desarrollar sus infinitas posibilidades comerciales. La antigua relación de nuestra ciudad con la aviación se debe, naturalmente, a las emblemáticas instalaciones de La Virgen del Camino, punto de partida del Real Aero Club nacido en la primavera de 1951 gracias al entusiasmo de los capitanes Barrón, Grondona, Garro y Cienfuegos, núcleo central de la comisión organizadora que presidió en comandante Cabeza. El 20 de mayo quedaría formalmente constituido el Real Aero Club de León bajo la presidencia de don Francisco de Cadenas y Vicent, siendo su mejor tarjeta de presentación el I Festival Aéreo organizado en la Base de La Virgen del Camino, cuando apenas había transcurrido un mes desde su presentación en sociedad. Posteriormente, y siempre coincidiendo con las Ferias y Fiestas de San Juan y San Pedro, se organizaría cada año un nuevo Festival Aéreo, espectáculo que alcanzó auténtica carta de naturaleza dentro de las renombradas celebraciones que marcan, a su lúdica y espectacular manera, el inicio de la temporada estival. Dado que el éxito de la convocatoria anual iba en aumento, según demostraban los millares de personas que acudían a la Base Aérea de La Virgen del Camino desde todos los puntos de la provincia, para el año 1954 se pensó en un evento que aunara los ímpetus deportivos de los participantes con la exaltación de la identidad y los valores leoneses. Y para ello, nada mejor que la Vuelta Aérea al Antiguo Reino de León, un nostálgico recorrido sobre los cielos de esta vieja tela zurcida por siglos de historia y de cultura que, mal que les pese a algunos, aún lleva el nombre de León. A modo de aperitivo, y tras celebrar como es debido la jornada mayor de San Juan, el día 25 se produjo el acto de bendición de las dos nuevas avionetas adquiridas entonces por el Aero, que contaba ya con otra anterior. Por lo tanto, la flotilla propia quedó compuesta por tres aparatos bautizados respectivamente con los nombres de Nuestra Señora del Camino, Virgen de Loreto y Virgen del Camino. El día 26 de junio, a primera hora de la mañana y entre las aclamaciones del público presente, partieron el total de veinte aparatos comprometidos en tan castizo y localista empeño. El príncipe Cantacuzene Desde la plaza de Santo Domingo y otros puntos principales de la capital se habilitó un servicio especial de autobuses públicos, puestos a disposición de los socios del Aero y del inmenso gentío que accedió a lo largo de tan festiva jornada al Aeródromo de La Virgen del Camino. Hacia las 4,30 de la tarde de aquel radiante sábado, bajo un sol de auténtica justicia, dio comienzo el IV Festival Aéreo, mientras se estaba a la espera de los aguerridos participantes en la Vuelta al Antiguo Reino de León. En la tribuna del campo se encontraban, entre otras muchas autoridades, el jefe de la Región Aérea Atlántica, el presidente del Aero Club de España, el presidente del Aero Club de León, señor Cadenas, y el gobernador civil leonés. Nadie quedó defraudado ante tan «magno festival», compuesto por una serie de exhibiciones a cada cual más llamativa: la de reactores en miniatura, las acrobacias de las avionetas de fabricación nacional, la llegada de un «Alcotán» y el lanzamiento de paracaidistas desde un soberbio «Junker». Mientras se aguardaba el regreso de la totalidad de aviadores, tras su histórico e inédito periplo por las vetustas fronteras leonesas de otra época ya muy rebasada en el calendario emocional de la memoria, los organizadores del brillante evento se sacaron un último triunfo de la manga. Nada menos que el catálogo de acrobacias realizadas en el aire por el célebre príncipe rumano Constantino Cantacuzene, un famoso «as» de la aviación internacional que, con sus tirabuzones y otras proezas aeronáuticas, hizo las delicias del numeroso público presente. La entrega de premios a los participantes en la Vuelta Aérea y de trofeos a los del Festival, se realizaría en el transcurso de una cena de gala que tuvo lugar en el domicilio social de Aero Club, inaugurado el 9 de marzo de 1952 en el mismo centro de la ciudad. Un magnífico local que fuera propiedad de la empresa ELDE y que resultó elegido como sede de los aviadores leoneses por la amplitud de sus salones, la distribución de las plantas y su proximidad al cogollo neurálgico de la población. Los cientos de asociados con que contaba por entonces el Aero se reunían habitualmente los miércoles, sábados y domingos, organizándose los festivos una animada sesión «vermú» con recitales de música de baile que corría a cargo de la popular orquesta el «Trío Gomis». Acontecimiento social muy del gusto de la juventud de la época, que aprovechaba la ocasión para lucir sus nuevos modelitos y entablar una serie de relaciones que, en el mejor de los casos, acabarían sancionadas delante del altar.