Chrysler 300 C, la locura... americana

Cinco metros de longitud, propulsión trasera, cambio automático... «typical USA». Para que nada falte, motores en «V» e interiores con todos los extras... que son de serie. Y, eso también, el gusto europeo está bastante más presente que en su a

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JAVIER FERNÁNDEZ | texto
León

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El nuevo portaestandarte del constructor americano para el mercado europeo presenta un estética tan llamativa como elegante. Se diría -de hecho se dice- heredero por línea directa de aquellos aigas de los cincuenta que tanto impactaron a este lado del Atlántico y que hoy tienen continuidad en un 300 C que no deja indiferentes a los amantes de la -para algunos- discutible filosofía. Es verdad que para gustos se hicieron los colores... y las formas; aunque, a fuer de sinceros, hay que decir que el nuevo 300 C (nada que ver con el anterior 300 M) se europeíza tanto que acaba por convertirse en toda una cautivadora limusina de lujo que nada -o casi- tiene que envidiar a sus homólogos europeos. No en vano la Chrysler americana orbita con todos los predicamentos en las «traslaciones» de la Mercedes germana. Por aquello de la conservación de la especie, Chrysler incluso recupera la denominación HEMI, reservada en la década de los cincuenta para las realizaciones de mayor enjundia motorística en los catálogos de la marca y que hoy se manifiesta en el techo de la gama 300 C: el V8 de 5.7 litros y 340 caballos que, con una romana de 1,8 toneladas (bien cumplidas) es capaz de clavar el crono en 6,4 segundos cuando se trata de acelerar de cero a cien y de alcanzar una punta de 250 por hora. En aras de la modernidad tecnológica mínimamente exigible a principios del XXI en cuanto se refiere a la contención consumista, por mucho que en EE UU no estén muy de acuerdo con «protocolo» alguno, los ingenieros de Chrysler rompen una lanza dotando al V8 del sistema MDS, un desactivador selectivo de los cilindros para mejorar las cifras de consumo. A baja velocidad de crucero o en utilización urbana, el motor sólo funciona con cuatro de sus ocho cilindros; al acelerar o cuando «simplemente» se necesita una mayor carga de potencia, vuelven a aparecer los ocho. Sin olvidar la ensoñación, aunque más con los pies en la tierra, los otros dos representantes de la gama 300 C adoptan sendos V6, de 2.7 y 3.5 litros, que entregan 193 y 253 caballos respectivamente... lo que tampoco es grano de anís , por mucho que sus pesos superen ampliamente los 1.700 kilos. Mientras los motores V6 van unidos al cambio automático de 4 marchas, el V8 lo está a una caja, también automática, de 5 relaciones. Lo que, dicho sea de paso, tampoco es que se note demasiado en cuanto a efectividad de respuestas y confortabilidad de funcionamiento. Aquí sí que se sigue «conservando» la filosofía americana de siempre... poco que ver con los sofisticados, y precisos, cambios automáticos que últimamente adornan la mayoría de altos de gama europeos. En contrapartida, también es verdad, la propulsión trasera del 300 C hace gala de un buen equilibrio dinámico, sin esparavanes en aceleración ni paso por curva (las aplicaciones de suspensión tienen mucho que ver en ello). Es en el interior donde el 300 C pone de manifiesto todo el «histórico hacer» de su fabricante: lujoso, refinado y cómodo con, además, un equipamiento de primera división que no deja casi nada -salvo el techo practicable y poco más, sorprende lo de pagar la pintura metalizada- a la «improvisación» de los opcionales (es verdad que las tarifas también son «amplias», aunque en línea con las del segmento de militancia). La madera de nogal y adopciones como el climatizador bizonal, los airbag de cortina (todos los demás se le suponen... y están), control de estabilidad ESP, las llantas de 18 pulgadas (que le confieren un musculado aspecto, como los marcados pasos de rueda delanteros), los faros de xenón y hasta los pedales regulables lo que, a la postre, le confieren al 300 C una, se diría excelente, postura de conducción, con unos cómodos «butacones» por mucho que no sujeten tanto-tanto. Por aquello de las virtudes del término medio, cabría apuntar como más racional y efectiva la versión, precisamente, intermedia de la gama: el 3.5 V6 de 253 caballos, una cota de potencia que le permitirá, al conductor del 300 C, salir airoso de las situaciones, que hasta podría optimizarse -lo del comportamiento dinámico- si el cambio tuviera la posibilidad de utilización secuencial. La docena de litros, como consumo medio por cada centenar de kilómetros, lo que obligará a repostar cada 500 kilómetros, pone la manifiesto la filosofía USA aunque, ya se sabe, es el peaje a pagar por el peso traducido, eso también, en la excelente confortabilidad interior ya comentada. Chrysler ha recogido, en el 300 C, mucha de la herencia de su, ahora, casa madre germana (los observadores hablan de una evidente influencia Clase E, lo que no es n ningún desdoro, muy al contrario). Lo menos bueno es que el fabricante americano se ha mirado en el espejo de algunos detalles nada «edificantes»: la dichos galleta a modo de rueda de repuesto de emergencia es una «gracia» para un coche de esta envergadura, pero... es como lo de los 300 euros de la pintura, bueno... cosas veredes . Aunque deba enfrentarse a enemigos europeos ciertamente correosos, el 300 C no desmerece y, sin duda, juega sus mejores bazas en la oferta de un coche «distinto» para quienes pretendan una berlina de gran clase con evidentes dosis de originalidad. Atrévase, no se arrepentirá.

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