La «mia famiglia» siciliana1397124194
|||| La mafia, como forma de organización social e instrumento de protección, empezó a configurarse en la isla de Sicilia durante el siglo XV. Nada surge por generación espontánea. A partir del siglo III antes de Cristo, Sicilia fue invadida sucesivamente por fenicios, griegos, romanos, árabes, normandos y españoles -entre otros pueblos o poderes-. La isla siempre fue tierra ansiada y geografía utilizada. La mafia fue, en cierto modo, la respuesta a esas invasiones y colonizaciones. La situación se tornó explosiva con la llegada de los normandos, pues despojaron de sus propiedades y bienes a los campesinos, que en un alto porcentaje huyeron a las montañas, donde permanecieron hasta la arribada de los españoles, ya en el siglo XV. Los nuevos amos del llamado Reino de las Dos Sicilias (que abarcaba la isla y el sur de la península Itálica, con capital en Nápoles) aprovecharon estructuras normandas y reprodujeron sus hábitos de gobierno, de modo que el siciliano común siguió sometido a vasallaje, al tiempo que fue ratificado el poder de la escasa nobleza autóctona -formada mayoritariamente por gentes extranjeras-. En ese escenario nació la mafia, tanto como instrumento de apoyo mutuo entre las familias sicilianas como organización encargada de vengar atropellos y, así, mantener a raya al poder político. Esa función vengadora -que incluía el asesinato y la expropiación como expresión última de autodefensa- se convirtió en un acto de afirmación y de rebeldía aceptado como justo y amparado por una población que había sido sistemáticamente explotada y, peor aún, ignorada. En el siglo XIX, cuando el incipiente nacionalismo italiano -de raíz republicana pero de corte jacobino y, por tanto, elitista- configuraba la estructura de la actual Italia, Sicilia volvió a ser relegada y, una vez más, ignorada. De manera que las leyes y la utilidad de la mafia ganaron credibilidad. Las únicas alternativa económicas e incluso vitales para los jóvenes sicilianos durante el siglo XIX y parte del XX fueron tres: alzarse en armas contra los extranjeros, emigrar o aceptar la mafia. Durante el siglo XIX y hasta finales de la década de 1950, casi un millón de sicilianos o hijos de sicilianos emigraron a la costa oriental de Estados Unidos. Así se expandieron las justificaciones que avalaban la utilidad de la mafia (apócope y acrónimo de mia famiglia ), y así se universalizó su consigna bautismal: «Todo vale en defensa de lo nuestro», una singular y perversa forma de entender la supervivencia.