El Museo de la Luz

La antigua fábrica de electricidad de la MSP en Ponferrada, un edificio que en 1920 constituía una auténtica revolución arquitectónica puesto que ofrecería cobijo a una actividad completamente nueva y de tecnología punta para la época, vuelve a

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ROBERTO ARIAS | texto
León

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A don Julio Lazúrtegui tal vez no le gustase nada escuchar que la térmica de la MSP lleva camino de convertirse ahora en un museo estatal de la energía. La vieja central de la Minero en Ponferrada era un eslabón capital en su sueño de convertir al Bierzo en una «Nueva Vizcaya» a lo largo del primer cuarto del siglo XX. Aunque la térmica, más tarde, no se viera arropada jamás por la gran planta siderúrgica que hubiese permitido aprovechar los yacimientos de hierro que el decimonónico ingeniero vasco descubrió alborozado a finales de 1800 en la comarca leonesa. Lazúrtegui, sin embargo, encajaría acaso con más optimismo el anuncio del presidente Rodríguez Zapatero de crear un Museo Nacional de la Energía sobre el esqueleto de la central, si conociese que casi un siglo después de que Ponferrada recibiera el título de ciudad (1908) nada queda ya ni de los lavaderos, ni de los talleres generales, ni de los economatos, ni de aquel tétrico pero singular edificio de oficinas generales de la Minero que algún arquitecto debió bosquejar inspirado tras una tormentosa lectura de Poe. La vieja térmica de la MSP que el Ayuntamiento «ofreció» a Zapatero para erigir el Museo Nacional de la Energía, y que ahora el magnate carbonero Victorino Alonso ha terminado cediendo gratuitamente al Estado, es la sacrosanta reliquia de la arqueología industrial autóctona que se halla aún en condiciones meridianamente dignas de conservación para procurar su aprovechamiento sociocultural. Su imponente chimenea de ladrillo de treinta metros, fría desde hace ya más de tres décadas, ha sobrevivido a la demolición de todas sus hermanas gemelas. Las de las cerámicas y fábricas de briquetas y ovoides que se izaron sobre la misma época -en los años 20- como una especie de metáfora marina de una urbe que parecía estar impulsada por un huracán industrializador, en singladura hacia su Dorado particular; la «Ciudad del dólar» se le llegó a apodar. La pelirroja y esbelta conducción de humos de la central primigenia es, no obstante, casi lo único que resiste inmutable -hasta los grafiteros la han respetado- de aquel prometedor complejo energético que comenzó a levantarse en 1920 a orillas del río Sil, después de que el presidente de la MSP, el Conde de los Gaitanes, obtuviese de las autoridades de la época un aprovechamiento del cauce fluvial de 120 litros de agua por segundo. El único horno de combustión y la caldera de la fábrica de luz fueron multiplicándose, sin embargo, de forma vertiginosa. En 1928 se inició el estudio para su ampliación y en 1930 concluyó la obra. Aunque la configuración actual no se consolidó hasta mediados de la década de los 40. Las tres plantas del edificio más moderno, distribuidas en dos naves, aún serán un magnífico escenario -convenientemente restauradas- para acoger el mayor museo de la energía convencional de España, tal y como ha prometido el presidente Zapatero. Aunque en su interior, después de que hace aproximadamente tres años el grupo Victorino Alonso retirara el servicio de seguridad privada que custodiaba las instalaciones y su contorno, se adivinan graves signos de incuria y saqueo. Buena parte de los paneles de control de sus germánicas calderas han sido dañados, y los elementos que envolvían cualquier bobina de cobre -por mínina que fuera- han sido pasto de los traficantes de chatarra. Los accesos a todas las plantas superiores, no obstante, aparecen actualmente infranqueables; sellados por herrumbrosas chapas soldadas y reforzadas con barras y candados de acero. Pero entre las cristaleras tuertas de la factoría principal se atisban nítidas secuelas del expolio más reciente. Peor -que no irreparable- es el estado de los bajos de la fábrica, donde se acumula la basura y los enseres de algún amago de «okupación». Las pintadas más burdas se confunden con señales de advertencia no se sabe sí aún ciertas en la actualidad: « Alto voltaje. Peligro de muerte », se previene a los curiosos bajo el icono de un iracundo rayo. Los que fueron almacenes respiran sin puertas el aire húmedo del río. Aunque los anaqueles de color betún marrón resisten milagrosamente, y ni la mano del tiempo, ni la de los vándalos urbanos han logrado desvair la ordenada identificación de los cajetines: «Grapas», «Arandelas»... Y bajo los rótulos una sucesión de pequeñas taquillas ordenadas por todos los calibres imaginables de piezas de repuesto. En el suelo, entre vidrios rotos y mangueras de cables que saludan al compás del viento, revolotean papeles con pulcras anotaciones sobre las fechas y horas de llegada de los vagones de carbón a la central. «7-2-1956. Primer tren. Observaciones: No dieron horarios» , denuncia el encargado que rubrica el parte de la jornada, con tinta de pluma azul y una caligrafía que roza la obra de arte. Nada hace ya presagiar la actividad compulsiva que la antigua central registró hasta 1971, aún en competencia inicial con la de Compostilla I que Endesa inauguró a pocos metros en 1949 con dos grupos de turboaltenadores y 25.000 kilovatios de potencia. La Minero llegó a emplear a 80 obreros en los mejores tiempos de esta instalación termoeléctrica, que desde hace décadas muchos ponferradinos contemplan indiferentes durante sus paseos por las veredas del Sil como una especie de barco de vapor fantasma, varado en el océano de niebla gris antracita que regurgita el río durante los largos meses de invierno. El compromiso del Gobierno de crear un Museo Nacional de la Energía, importando ineludiblemente fondos de interés en consonancia con la relevancia de la muestra, no sólo puede servir de aliciente para la atracción de visitantes y estudiosos. También para recuperar, revalorizada si cabe, la memoria socioeconómica de la capital del Bierzo.

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