Salvador Dalí, un escenario... un hombre LAS JOYAS

Su excéntrica personalidad hizo de Dalí un hombre admirado por muchos e incomprendido por otros. A pesar de esto, sus pinturas están en las retinas de todos y constituyen una de las muestras más representativas del surrealismo

CUEVAS

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MARCELINO CUEVAS | texto
León

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A Salvador Dalí le despertaba cada mañana, en su casa marinera del Port Lligat, un rayo de sol que llevaba la primera luz del alba a la cabecera de su aristocrática cama, después de reflejarse en un espejo estratégicamente instalado mirando hacia oriente. Él se ufanaba de ser el español que recibía cada día la primera caricia del astro rey. Dalí, que vivía junto a su musa, Gala, en el laberinto blanco de su casa ampurdanesa con la mayor sencillez, fue siempre en arista discutido, un hombre incomprendido. «El payaso no soy yo -decía- sino esta sociedad monstruosamente cínica y tan puerilmente inconsciente, que juega al juego de la seriedad para disimular su locura. No lo repetiré bastante: yo no estoy loco, mi lucidez ha alcanzado un nivel de calidad y de concentración que no existe en este siglo ninguna otra personalidad más heroica y más prodigiosa; excluyendo a Nietzsche, no se encuentra un equivalente en los otros. Mi pintura es testimonio de ello». Nació Dalí el día 11 de mayo de 1904, a las 8 horas y 45 minutos, en el número 20 de la calle Monturiol, de Figueras y su padre, el notario republicano, federal y laico Salvador Dalí y Cusí, le bautizó con el mismo nombre que a otro hijo nacido diez años antes y que murió en 1901, un hecho que será traumático para él y que le llevará a una gran desestabilidad emocional al tener que llevar de pequeño flores a una tumba que tiene grabado su propio nombre. El notario y su mujer, Felipa Doménech, no se quedaron cortos a la hora de bautizar a su retoño, imponiéndole los nombres de Salvador, Domingo, Felipe, y Jacinto. Con quince años realizó su primera exposición en Figueras, precisamente en el teatro que con el correr del tiempo se convertiría en su Museo. Y dos años después fallece su madre, hecho que le llevó a escribir mucho tiempo después, «Me era totalmente necesario alcanzar la gloria para vengar la afrenta que representó para mí la muerte de mi madre, a la que adoraba religiosamente». Dalí exploró desde los primeros momentos de su actividad artística todas las corrientes de moda, pasando por el impresionismo, el puntillismo, el futurismo, el cubismo o el fauvismo rindiendo homenaje con gran maestría a grandes pintores como Picasso o Matisse. «...descubría el cubismo -comentaba- y me apasionaba Juan Gris. Devoraba libros de filosofía y me sumía en profundas reflexiones. Acumulaba así buena cantidad de material especulativo y sembraba los gérmenes de reflexión profunda que un día debían constituir la base de mi metodología filosófica. Mis ideas eran todavía cortas, aunque mis cabellos y mis patillas se habían hecho largos. Para contrastar aún más con mi rostro delgado y oliváceo, llevaba una corbata de lazo. Mi atuendo lo formaban una blusa de marinero y unos pantalones anchos con bandas hasta las rodillas. Una pipa de espuma, cuya cazoleta representaba una cabeza de árabe de amplia sonrisa, y una aguja de corbata montada con una moneda griega, eran mis adminículos usuales. Mi atuendo causaba sensación y mi talento intrigaba». En ese tiempo viaja a Madrid donde frecuenta la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, de la que fue expulsado, posteriormente readmitido y expulsado definitivamente por su comportamiento extravagante. Participó activamente en algunos movimientos de agitación estudiantil. Fue el momento de conocer a Luis Buñuel, con el que colaboraría en el mundo del cine y a García Lorca, con el que le unió una gran amistad que sólo terminaría con el asesinato del poeta. «Lorca no era miembro de ningún partido. En agosto del 36, cerca de Granada, fue literalmente raptado. No se encontraron ni su cuerpo ni su tumba, como él mismo había predicho en un poema. El terror de la más horrible pesadilla extendía su garra de hierro por todo el país. Cerré los ojos y me tapé las orejas para no saber nada, pero la historia de las más terribles atrocidades siempre conseguía llegar hasta mí y acosarme como una pesadilla. En 1929 celebró su primera exposición en París y colaboró con Buñuel en el rodaje de Un perro andaluz . El cineasta, junto a los matrimonios Margritte y Éluard le vista ese verano en Cadaqués y Dalí, que ya había conocido a Gala, esposa de Paul Éluard, en París, se reencuentra con ella en las soleadas calas de Cadaqués y comienzan una romántica historia. La Rusa Helena Ivanovna Diakonova, Gala, nació en Kazán, Rusia, en el año 1894, siendo enviada en 1913 a un sanatorio suizo por presentar síntomas de tuberculosis. Allí conoció al poeta francés Paul Éluard, implicado en el nacimiento del surrealismo, y se casa con él. Gala se convirtió en la modelo, musa y compañera inseparable del artista. «Cuando supe que un átomo de emulsión holográfica contenía la imagen entera de la tercera dimensión, incontinente exclamé: ¡quiero comérmelo!. Esto ha asombrado más que de ordinario a todo el mundo, y, sobre todo a mi amigo el profesor Denis Gabor, Premio Nóbel de Física. De esta manera yo podía realizar, al menos en efigie, uno de mis más caros deseos: comer el ser adorado: Gala, ingerir en mí, en mi organismo, unos átomos que contuvieran unas Galas holográficas sonrientes nadando en el cabo de Creus». Salvador Dalí se asoció con el movimiento surrealismo en 1930, pero después sería relegado por la mayoría de los artistas surrealistas, acusado de estar más interesado en la comercialización de su arte que en las ideas del movimiento. A pesar de ello, durante cierto tiempo fue el artista más renombrado del grupo. Su obra personal constituye una de las muestras más representativas del surrealismo. Visitar las estancias de la casa de Dalí en Port Lligat, una sucesión laberíntica creada a partir de pequeños hogares de pescadores que fue uniendo a través del tiempo, ayuda a conocer a un hombre con la mirada puesta en su mar, el Mediterráneo, que vivió ajeno a los fastos que su alma de comerciante fenicio le hubieran permitido. El artista vivió y creó la mayor parte de su obra en un lugar tan lleno de belleza como carente de lujos, en una mansión ampurdanesa anclada en la tradición, insultantemente blanca, pero en la que quedó indeleblemente impresa la huella de su tremenda originalidad. El gran legado de Dalí a la posteridad es su Teatro Museo de Figueras, nacido de las ruinas del Teatro Municipal de la Villa, una enorme instalación que engulle al visitante para hacerle participar de un viaje al interior del artista catalán. Un recorrido iniciático en el que, además de importantes obras del artista, nos encontramos con una interminable serie de objetos que despertaron la emoción en sus sentidos, de obras de otros artistas que significaron para él iconos a seguir. El asombrado visitante se sumerge en un mundo de fantasía en el que se describen la vida y el trabajo del pintor. Es un conjunto de espacios irregulares y laberínticos, que como el alma de un ser humano, forman un único objeto donde cada elemento está ligado al conjunto. «Culminación de la imaginación y el deseo -dice Jiménez Frontín- obra en sí misma de extraordinaria coherencia daliniana al margen de los cánones museísticos y exponente de toda clase de creaciones en toda clase de materiales y soportes, desde los cuadros de infancia a los últimos realizados en el castillo de Púbol y en Torre Galatea, el Teatro-Museo bien merece ser erigido en postrer demostración del triunfo del deseo sobre la obscena lógica de la realidad. Por algo el pintor de Port Lligat otorgó a su Teatro-Museo, el título de Teatro de la Memoria». Y este peculiar monumento de la memoria del artista fue el escenario de sus últimos días. «El Teatro a cuyos muros dedicó sus últimas, acaso melancólicas miradas desde la ventana de Torre Galatea, ya postrado por la muerte de Gala y por la vejatoria anticipación de su propia muerte, humillación de la que habría de liberarse, por fin, el 23 de enero de 1989». «Paladín de un nuevo Renacimiento me niego también a ser confinado, Mi arte abarca la física, las matemáticas, la arquitectura, la ciencia nuclear, la psique nuclear, la mística nuclear y la joyería, no sólo la pintura. Mis joyas quieren protestar contra la importancia que se da al precio del material de joyería. Lo que pretendo es que se aprecie el arte del joyero tal y como es, en el cual el diseño y el trabajo artesanal deben ser reconocidos por encima del valor material de las gemas, como en la época del Renacimiento. En las joyas, al igual que en toda mi actividad artística, creo lo que más amo. En algunas de ellas se puede apreciar un aire arquitectónico, al igual que en ciertas pinturas mías; una vez más la ley logarítmica se manifiesta; al igual que la relación entre el espíritu y la materia, el tiempo y el espacio. Hoy, en las escuelas americanas, mi reloj blando se expone como expresión profética de la fluidez del tiempo... la indivisibilidad entre el tiempo y el espacio: la velocidad de los viajes en la época actual, los viajes en el espacio, confirman esta convicción. El tiempo es fluido, no rígido». La historia de las joyas dalinianas se remonta a la década de los 40, cuando Salvador Dalí se asocia con Ertman y Alemany, dos joyeros establecidos en Nueva York. Dalí diseña las joyas, que se realizarían entre 1941 y 1958, y sigue todo su proceso de elaboración. Estas joyas que pasaron por las manos del magnate saudita Akran Ojek y las del japonés Masao Nangaku, fueron adquiridas en 1999 por la Fundación gala Dalí y repatriadas a Figueras.

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