La «pequeña Boquería» de la capital leonesa
La plaza del Conde Luna, a pesar de la magnífica renovación de la que ha sido objeto, vive un peligroso letargo por falta de público y ideas novedosas
CUEVAS
|||| La plaza del Conde Luna, la plaza de Abastos, la plaza Cerrada... de todas estas formas y de muchas más han llamado los leoneses al mercado del barrio antiguo de la ciudad. Este zoco gastronómico vivió momentos gloriosos, con su espacio atiborrado de establecimientos y sus calles interiores plagadas a diario de un público variopinto que acudía a buscar los mejores productos alimenticios. Pero los tiempos cambian, hoy la vieja plaza ha sido remodelada y puesta al día, ha perdido parte de sus establecimientos y ha ganado en higiene pero, a pesar de esfuerzo de los comerciantes que sientan en ella sus reales, ha perdido también buena parte de su clientela, absorbida por la atractiva luminaria de las grandes superficies. La plaza del Pescado, como también la llamaban algunos leoneses, porque las pescaderías eran lo más espectacular de ella y porque eran lo que más buscaban los agricultores que traían sus productos a la otra gran plaza de la zona, la plaza Mayor, podría ser el gran centro del comercio de la alimentación de León. Está situada inmejorablemente, se puede encontrar en ella de casi todo, con la comodidad espacial de cualquier gran almacén, y, además, con la garantía de que al haber competencia los precios serán buenos. La mejor muestra es la Boquería de Barcelona, el gran mercado de las Ramblas barcelonesas, donde unos comerciantes avispados ofrecen los mejores productos del mundo y han conseguido ser uno de los lugares más buscados por los turistas que visitan la Ciudad Condal. Algo parecido sucede con el Mercado Central de Valencia o con los tres que funcionan en una ciudad enormemente volcada con la gastronomía como es Pamplona. Nuestra flamante Plaza de Abastos un día cualquiera, a media mañana, no cuenta con más de tres docenas de clientes, menos que los establecimientos abiertos al público, que seguramente pueden mantenerse gracias a una serie de clientes fijos que han conseguido después de muchos años de buen trabajo y con el abastecimientos a centros, hoteles, restaurantes o bares. Un día cualquiera, a media mañana, cuando todo debería ser agitación y bullicio, solamente se aprecia un triste silencio. Para empezar este debería ser un lugar alegre, con música ambiental, con alguien que animara el cotarro anunciando las ofertas de cada uno de los establecimientos aquí instalados, que por cierto ofrecen unos productos de primerísimo calidad. Habría que hacer acciones que llevaran al público a conocerla, ya que muchos no la visitan y compran en ella simplemente porque no la conocen. Recientemente, los mercados de Pamplona han realizado, por ejemplo, unos cursos de cocina impartidos por los más insignes cocineros españoles, y lo hicieron en el mismo espacio de los mercados, ayudando a los cocineros aficionados, a los que velan los fogones domésticos, a conocer las cualidades y posibilidades de los diferentes productos. La cita fue un enorme éxito y cientos de personas pasaron por estas improvisadas aulas¿ y muchos se afianzaron como nuevos clientes. En León tienen lugar cada semana, fuera de este tiempo de vacaciones, tres o cuatro presentaciones de productos alimentarios y vinos, pero ninguna de ellas se hace en este espacio privilegiado. ¿Por qué? Sería muy fácil habilitar en el mercado un lugar apropiado para esta clase de actos que llevaría al mercado a profesionales de la hostelería y también a consumidores ávidos de conocer las novedades alimenticias. Con más imaginación El Ayuntamiento, que buenos millones ha invertido en la renovación de la plaza, tiene que colaborar en la animación de este mercado tradicional, aunque para ello haya que hacer alguna nueva inversión. Los comerciantes tienen que ponerse las pilas y reconocer que en los tiempos en los que vivimos no hay sitio para los que no saben venderse. Ya no basta con presentar al público unos artículos maravillosos, hay que hacerlos atractivos y motivar a los posibles clientes. Hay que hacer publicidad, tanta como cualquiera de los supermercados o grandes superficies de la ciudad, que siendo muchos y poniendo ganas y unión en el empeño, tampoco cuesta tanto. Hay, en definitiva, que moverse, porque es una pena que esta pequeña Boquería leonesa no sea el gran foco que atraiga a todos los amantes de la buena gastronomía. Y en sus alrededores siguen los pequeños puestos que llevan allí años y años y que, quitando los días de mercado, también están abocados a desaparecer. Y está un establecimiento emblemático, El Serranillo, que este año cumple ochenta ofreciendo a los leoneses las mejores aceitunas y el pimentón (picante, okal y dulce) más sabroso del contorno. Una pena que las normas de higiene no hayan sido de alguna manera compatibles con los enormes tinos de madera que en plena calle ofrecían las mejores aceitunas (gordal, manzanilla, picante, machacada) de España. Pero El Serranillo sigue en su lugar, ahora con una gran dedicación a las mejores conservas, además de sus productos tradicionales, y eso es importante. Conferencias, clases de gastronomía, exhibiciones de grandes cocineros, ofertas, animación, música, alegría¿ el Ayuntamiento y los comerciantes del único mercado de León (el de Colón murió con más pena que gloria), tienen que hacer un esfuerzo para convertirlo en un lugar de referencia, en el auténtico foco de atracción para todos los aficionados y profesionales de la hostelería. A ver si hay suerte.