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Aeropuertos, la seguridad se convierte en histeriaTerminal desierta, vuelo puntualGran cola y una tasa inesperadaRegistro a fondo de mi maletaCarrera contrarreloj hacia la K-68
Para resistir en una terminal tienes que disponer de fondos, una cierta forma física y un poco de paciencia. Pero el ser humano puede, en pocos días, aclimatarse a espacios normalmente diseñ
M e enfrento a todo un reto: nueve vuelos en 16 días, tres compañías aéreas, siete aeropuertos, cuatro países, enlaces larguísimos y enlaces cortísimos... ¿Qué posibilidades hay de que todo este carrusel esté acompasado con mis localizadores; de que no se pierdan las maletas (Iberia opera cuatro de mis vuelos) y de que no se suspenda nada (en dos de ellos está implicado el aeropuerto de Alvedro)? Francamente pocas. Es una reflexión pesimista, sí, pero nada descabellada. Así que al cerrar la última cremallera de mi equipaje me armo con esa certeza: Algo ocurrirá. La Coruña-Madrid-La Habana . El avión sale a las siete de la mañana, pero yo llego a las cinco. No hay ni un alma. Y si la hay, no se ve. Los mostradores están vacíos, la cafetería y las tiendas cerradas, no se ve ni un guardia civil. Una hora después empieza el embarque. Como tengo el pasaporte en Madrid, no puedo facturar hasta La Habana. «No importa» le digo al oficial de Iberia. Me mira raro, pero me da la tarjeta de embarque. El vuelo sale y llega puntual. Uno menos. Y en la cinta de equipajes tacho también mi primera angustia (siempre me parece un milagro cuando veo aparecer mis maletas). Todo va bien. Recorro unos cuantos kilómetros hasta que localizo la consigna (literalmente en una punta de la T-4) y dejo el equipaje para ir a la ciudad a recoger el pasaporte en la Embajada mexicana. Regreso en el famoso metro que te lleva a Barajas desde Nuevos Ministerios. Desde allí a otro autobús que te transporta hasta la T-4 y, desde allí, otro tren que te lleva hasta la zona de vuelos internacionales. Con tanto viaje me da la impresión que ya podría estar a medio camino de Cuba. Pero no, aún faltan tres horas para embarcar. Busco un restaurante para comer y pronto me doy cuenta de que todos son el mismo o casi: sándwiches retorcidos en envoltorios plásticos, bocatas de tortilla hecha con huevina, botellas de agua de medio litro a más de dos euros... El paraíso del gourmet . Comer me ayuda a que pase el tiempo. De repente me doy cuenta de que no estoy demasiado irritado y descubro por qué. No hay música. Las odiosas canciones de Burt Babarach, Engelbert Humperdink y compañía que me taladraban el cerebro en otras ocasiones han desaparecido. Y eso hace que me sienta orgulloso de mi país. El control de seguridad es normal, sólo requiere que me quite el cinturón. Finalmente embarcamos y me derrumbo cuando me encajono en mi asiento de Iberia en el que pasaré las próximas diez horas. Mi vecino de adelante muestra su clara tendencia a reclinar el respaldo de inmediato. Todavía no hemos despegado y ya me veo en una columna de sucesos del día siguiente: «Muere otra persona víctima del síndrome de la clase turista». Pero todo pasa (incluso los impresos para entrar en el país) y tras dos películas vistas a medias y unos doce microsueños de pocos minutos, aterrizamos en La Habana. Me fui a las cinco de la tarde y llego a las siete, también de la tarde. Del avión, directamente a inmigración. En la cola tengo dos problemas. Los aparatos electrónicos con los que pienso trabajar en Cuba (viajo sin visado de periodista) y las ganas de fumar (Sí, sí. Ya sé que hice un blog contando mi experiencia al abandonar el tabaco, pero qué vamos a hacer, he vuelto a caer en el vicio). Resuelvo los dos sin angustias. Después de ver como un viajero enciende su cigarrillo, yo enciendo el mío, a pesar de las claras señales que lo prohíben. Y el pase por el control de inmigración se franquea con la respuesta «Turismo» a la pregunta «¿Qué piensa hacer en Cuba?». La funcionaria mira mi pasaporte, me mira a mí, otra vez al documento y tras una cara de «te perdono la vida» me franquea la puerta de La Habana. Me lleva casi un cuarto de hora recuperar el equipaje, pero antes de salir del aeropuerto he conseguido cambiar moneda, aprender cómo funcionan los teléfonos móviles y hasta encontrar un taxista jovial. Así que, muy ufano, salgo del aeropuerto a la noche caribeña. ¡Prueba superada!. L a Habana-Cancún-México City-Ciudad Juáre z. Escarmentado de mi exceso de puntualidad, esta vez me doy hora y media para facturar. Craso error. En el aeropuerto de La Habana hay una cola, una sola para todos. Y no se puede decir que sea muy fluida. Cerca de ella, una espléndida cafetería me tienta, pero no me puedo mover de la cola. Así que trabo conversación con dos médicos mexicanos que están delante de mí y con los que me da tiempo a charlar de todo. Cuando me toca ya hemos superado la hora del embarque y restan solo diez minutos para que parta el avión. El operario de la compañía me clava 25 dólares por una tasa inesperada. No digo nada e intento cambiar los pesos convertibles que nadie me cambiará fuera de Cuba. Cuando los tengo, busco la puerta de embarque en ese país sin indicadores que es Cuba y la reconozco porque un operario me está llamando: «¡Venga, venga!». Dos horas y pico después aterrizamos en Cancún con la única finalidad de pasar por inmigración. Entraremos en México como un vuelo nacional, así que hay que tramitar la papelería durante esa pequeña escala. Mis papeles no sirven: «¡Pero si son los impresos que me han dado en el avión!». Da igual, debo llenar otro formulario, así que allí espera todo el pasaje a que yo acabe con la burocracia inmigratoria. Otras dos horas después, en una plaza extraordinariamente amplia y cómoda (Click mexicana) que echaré francamente de menos a lo largo del resto de mi periplo, llego a México. Gano una hora en el reloj con respecto a la hora cubana y, consecuentemente tendré que esperar cinco en vez de cuatro en el gran aeropuerto de la capital de la república. Afortunadamente, esta vez la variedad de restaurantes, tiendas, quioscos y demás es mucho mayor. En Madrid, los espacios habilitados para fumar son pocos y exiguos, supongo que para hacer más vergonzosa la experiencia al fumador. En el aeropuerto de México, esas zonas son más amplias, tienen sillas y mesas y se puede permanecer en ellas horas si se tiene algo que hacer. Leer un libro, o escribir un reportaje tras repasar el kilo y pico que pesa la edición del domingo del periódico Reforma. El público es muy variado y no se aprecian las tensiones que, con tanta frecuencia, toman los aeropuertos españoles. Me asombra la cantidad de niños y ordenadores portátiles que van de un lado a otro y, aunque el nivel de vida en México es sensiblemente inferior al de la zona euro, compruebo una vez más que eso de clavarte en los aeropuertos es una costumbre internacional. El viaje a Ciudad Juárez con Aeroméxico es correcto. La cena, un clásico de la gastronomía aérea, hace que me pregunte si no será un único propietario el que sirve a todas las compañías del mundo. En Juárez, contra todo pronóstico, supero el control sin problemas mientras miro de reojo a unos militares vestidos de Tormenta del Desierto que, al parecer, no van a mirar mi equipaje -otro milagro- que ha llegado intacto desde Cuba. Ciudad Juárez-México city-Miami : Todas las facilidades con las que entré, se convierten en complicaciones para salir. Son las cinco y media de la mañana en Juárez, hace un frío que pela y, antes de conseguir mis tarjetas de embarque, miran de arriba abajo mi equipaje de mano. A continuación me piden que abra mi maleta y recuerdo lo que he sudado para cerrarla en el hotel. Pero no hay remedio, así que allí sale mi ropa limpia, mi ropa sucia, los libros, las chaquetas, los regalos... todo. Las dos funcionarias, tras comprobar que soy un turista normal, sufren conmigo para cerrar la maleta. Un rato después paso otro control de seguridad, el de quitarse el cinturón, esta vez especialmente riguroso. Cuando llego a la Ciudad de México me muevo como pez en el agua. Ya no tengo que preguntar nada a nadie (la capacidad de adaptación) y voy de sobrado. Pero, al embarcar, el funcionario de Aeroméxico me pide mi impreso de inmigración: «¿Qué impreso de qué?». Resulta que tenía que haber rellenado un cuestionario que sólo puedo conseguir a unos quinientos metros. Me hago el medio kilómetro en tiempos de campeonato de España dando el cante por los pasillos y consigo entregarlo a tiempo antes de que cierren el embarque. En el avión dos impresos más para entrar en Miami (de esos tan simpáticos que te preguntan si tienes previsto efectuar algún tipo de actuación terrorista en los Estados Unidos). Y en el aeropuerto de Miami, el gran festival de seguridad: revisión del pasaporte, de uno de los impresos, de la huella digital de los dos índices, mire al frente, qué le trae a EE.?UU... De camino a por las maletas, la revisión del otro cuestionario (aduanas) y, ya con el equipaje, revisión de todo. Miami-Madrid-A Coruña. El colmo de la seguridad lo vivo al salir de Miami: los subfusiles de la policía son de escándalo. El cañón mira hacia el suelo, pero el ángulo no me tranquiliza nada. Ni los perros que circulan por todas partes ¿cómo sé yo que uno de esos canes no está constipado y su pituitaria le juega una mala pasada? Las maletas no las facturan en el mostrador de Iberia, sino en una zona de seguridad por las que las someten a un proceso que yo no puedo ver, pero los agentes me avisan de que no me vaya muy lejos si las maletas tienen candado, no vaya a ser que, en mi ausencia, los tengan que reventar. Otra cola más asomando la nariz a ver si mis maletas pasan el corte. En veinte minutos, las dos han salido triunfantes con un sello de security supernice, como dirían en Miami. El control de quitarse el cinturón incluye quitarse los zapatos. Delante de mí, en la nueva cola, dos tipos despistados. Uno no lleva pantalones ajustados, con lo cual, la ausencia del cinturón le provoca problemas de gravedad con sus pantalones, especialmente cuando tiene que quitarse los zapatos. El otro suelta un elocuente «Oh, my god», cuando se da cuenta de que no puede pasar en el equipaje de mano dos botellas de tequila. Me cercioro de que esta vez no necesito ningún papel y parto hacia casa. ¿Plácidamente? El vuelo tiene la llegada a las 7.40 y el que me llevará a Coruña sale a las 8.45. Embarque en la puerta K-68. El avión llega con algo de retraso, que se incrementa con el típico paseo turístico por las pistas del aeropuerto madrileño. Cuando pongo un pie en el finger son las 8.25. A correr. Resulta que la exótica K-68 está lejísimos y mientras voy saltando controles, metros y ascensores como si fueran vallas me doy cuenta de que el equipaje no me acompañará ni de broma. A las 8.44 estoy en K-68. Igual que el resto del pasaje del vuelo Madrid-A Coruña. Ni han embarcado ni saben cuándo lo harán. Mítico, tras recorrer miles de kilómetros prácticamente sin incidencias, el primer retraso serio ocurre en Madrid, con Iberia y con destino A Coruña. ¿Les suena de algo? Dos horas después embarcamos y, no hay mal que por bien no venga, mis maletas salen las primeras.