Jesús García de Prado: «Lo más culto de León fue siempre la Montaña»
«Si no hubiese sido por la guerra, quizá hubiera seguido en el seminario, pero no sé, quién sabe»
Jesús García de Prado advierte al periodista: «Es De Prado, no Del Prado». No es vana la precisión. Por el apellido viajan las raíces y las de Jesús, montañés hasta las cachas, se hunden muy atrás en los ancestros de su pueblo: La Mata de Monteagudo. De Prado trae aromas del marquesado de Prado, -de cuyo palacio, en Renedo de Vadetuéjar, se trajo a León la fachada que hoy preside el sanatorio de Regla-, y también quizá se emparenta en la distancia con el hidalgo Diego de Prado que encontró, allá por el siglo XV, la imagen de la virgen que sería origen del hermoso santuario de la Virgen de la Velilla donde se reúnen, cada año, las gentes de la montaña. De Prado, pues, y a mucha honra. Jesús, como tantos, tuvo que abandonar pronto la sombra de Peñacorada y acabó, prisionero de la vida y sus veredas, en la capital de la provincia. Pero siempre ha tenido claro dónde están las fuentes cristalinas: dónde ha residido la cultura y dónde se ha practicado de verdad, la democracia de la solidaridad: «Lo más culto de la provincia siempre fue la montaña; desde Leitariegos hasta San Glorio. Y no sólo me refiero al nivel cultural sino a la solidaridad grande que había entre los vecinos; todo el mundo nos ayudábamos. A mi zona le decían 'el valle del hambre'; no era una zona rica pero curiosamente eso te llevaba a promocionarte intelectualmente, en especial porque mucha gente hacía estudios religiosos y salía gente muy preparada». No le falta razón a Jesús. En La Mata nació Saturnino Álvarez Turienzo, agustino y eminente filósofo que ejerció la docencia en la Pontificia de Salamanca; y también Mariano Álvarez Gómez, profesor de la universidad civil de Salamanca y estrecho colaborador del citado. Con 87 años recién cumplidos, Jesús disfruta de una lucidez envidiable que gana, con mucho, la partida a una molesta artritis y a unas deficiencias de oído que le encadenan al sonotone. Vive desde hace siete años, junto a su mujer, Purificación González, en la Residencia Virgen del Camino en San Mamés; llevan casados la friolera de 57 años y tienen cinco hijos: cuatro mujeres y un hombre; éste último el único que está en León. «Estamos muy a gusto aquí. Este jardín, en el buen tiempo, es estupendo. Y sor María vale mucho. Sabe organizar sin perseguir, sin agobiar. Somos ochenta residentes y el servicio es impecable. Otra cosa es el nivel cultural... no con todos puedes dialogar de determinadas cosas. Ya sabemos cómo es el carácter de aquí; por algo nos llaman cazurros...». -Hablábamos antes de la despoblación de la montaña. Ningún gobierno, ha puesto freno a este fenómeno desolador. Al contrario, medidas como las concentraciones escolares, acabaron con los maestros... y con los niños. ¿No le parece? -Desde luego. Los maestros eran importantísimos. Y ahora que hablamos de eso le diré que en La Mata hubo uno que era una joya: don Ponciano González Llamazares. Estuvo dieciocho años, desde 1929 a 1947 y era mucho más que un maestro, era una maravilla de persona en todo. Sacó gente muy buena. Yo, por mi cuenta, hice una placa en su homenaje pero todavía no he conseguido que se coloque. Don Ponciano era natural de Valle de Mansilla y quizá tenga alguna vinculación familiar con el político Gaspar Llamazares que también desciende de allí aunque se crió en Asturias. -Cuénteme cosas de su familia; ¿cuántos hermanos eran? -Mi padre era agricultor y ganadero, un trabajador incansable. Éramos seis hermanos, dos varones y cuatro chicas. La mayor vive en Pamplona. Yo soy el segundo y el que me seguía era sacerdote y murió a los 38 años. Ejerció 17 años en Villamanín y allí le recordará mucha gente. Se llamaba José y tiene una calle dedicada: «Arcipreste García de Prado». Las cuatro mujeres todavía viven. Jesús se emociona al recordar a su hermano sacerdote, un camino que, de no ser por la guerra, quizá hubiera seguido también él mismo. «Quién sabe. El hecho es que a los 11 años empecé estudios en la preceptoría que había en La Mata. Eran cuatro años de cara al seminario. Yo hice tres allí y luego en Madrid hice cuarto de Latín y primero de Filosofía. Pero en las vacaciones del 36, el entonces obispo de Madrid, Leopoldo Eijo y Garay, que era gallego, veía que la cosa estaba fea y nos dijo que nos fuéramos todos a casa. Habían hecho un seminario de verano precioso en Arenas de San Pedro. Si llegamos a quedarnos allí, amén». - La guerra inevitable fue la que iba marcando caminos... - Sí, fueron seis años y pico de guerra y de mili que te parten todo: desde los 18 a los 24. Estuve en la campaña de Cataluña. Al principio creí que íbamos al Ebro de cabeza, pero no. En enero de 1939 nos llevaron a Sort, en Lérida, el pueblo de la lotería. Allí estuvimos pasando mucho frío y charlando muchos días con el enemigo que estaba muy cerca... a tiro de bomba de mano. Y así hasta que se rompió la ofensiva en el Segre. En el obligado «vuelta a empezar» de la posguerra, quedó atrás la sombra de la sotana y consiguió aprobar unas oposiciones a funcionario del Ministerio de Agricultura en lo que entonces se llama Distrito Forestal de León, luego Icona y actualmente Medio Ambiente. Y allí estuvo 41 años, hasta la jubilación. Asegura que tantos años detrás de la ventanilla lo convierten a uno en un «psicólogo»: «La gente más franca, más sincera, es la del Bierzo y los más austeros, los más áridos, también en el carácter, son los de Tierra de Campos». - Usted vivió como funcionario una época muy distinta a la de hoy día; ¿no le parece un tanto lioso ahora el panorama con tantas administraciones encabalgadas? - Le diré: el centralismo de Franco tampoco tenía mucha razón de ser; eso de pretender resolverlo todo en Madrid... Le cuento una anécdota. Ya casado, fui al pueblo de mi mujer, cerca del mío, y mi suegro me comentó que había una orden que obligaba a retirar las cabras del monte; me quedé de piedra. El ingeniero equis, que no había visto el monte en su vida, dijo que fuera cabras; era algo absurdo porque las cabras pueden hacer algún daño pero son muy importantes para el monte. Hubo protestas y la más fundada fue, curiosamente, la que hizo un canónigo de la Catedral, don Isaac Riaño. Quiero decir que ese centralismo... no. Lo que ocurre ahora es que parece que nos hubiéramos pasado al otro extremo». Jesús, que no disimula su orgullo por sus hijos, por sus tres nietos y su biznieta «de la quinta de la infanta Leonor», reconoce que la institución familiar no pasa probablemente por su mejor momento: «Desgraciadamente, la familia está en crisis. En parte porque los matrimonios ahora trabajan los dos y no hay demasiado tiempo para el diálogo; la tele quita también mucho tiempo. - Ustedes llevan 57 años de matrimonio. ¿Cuál sería la clave para aguantar tanto tiempo sin tirar la toalla? -Tal vez influyan las creencias religiosas y también es importante el ser tolerantes. Pero es que, actualmente, monta tanto Isabel como Fernando...