«La sangría del campo leonés es similar a la de un desastre nuclear»

José Antonio Martínez Reñones | Con brutal sinceridad expone este escritor, editor y ex sindicalista el fenónemo de «devastación» que ha sufrido nuestro medio rural

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E. GANCEDO | texto
León

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Escritor, editor, ensayista, encauzador de innumerables proyectos culturales y económicos, secretario general que fue de las juventudes de la Unión de Campesinos Leoneses y de organización de la misma UCL y de UGAL-UPA, amén de muchos otros cargos, José Antonio Martínez Reñones (Toral de Fondo-Santibáñez de la Isla, 1962) pronunció el miércoles pasado una conferencia dentro del ciclo Reino de León en la que explicaba con claridad y crudeza la crisis del agro leonés. -¿Tan brusca fue la entrada del labrador leonés en el siglo XX? -Mucho. El siglo XX resultó ser para la mayor parte de las agriculturas occidentales, salvo la norteamericana, la del Reino Unido y la de escasos países europeos, el punto final del Neolítico y el punto inicial de lo que se ha dado en llamar modernidad; es decir, la economía capitalista, la de mercado. -Pero ya antes hubo varios intentos de modernizar las estructuras agrarias: Mendizábal, los regeneracionistas, etc. -Sí, en varios casos incidiendo en la necesidad de educar, de ilustrar a los agricultores. Lo que pasa es que nunca se logró poner en práctica el santo grial de su idea liberadora: la reforma agraria. Es más, y más trágico, cuando en la II República la reforma tomaba carta de naturaleza, el pánico que generó fue tal que se convirtió en una de las causas determinantes de la sublevación fascista. -Era complejo efectuar cualquier cambio... -Es que la estructura productiva y de poblamiento leonesa es muy característica: muchos pueblos, pequeños y muy próximos, diseñados para llevar una vida tribal, independiente. Ese modelo se reveló excelente en tiempos pasados, especialmente en la Alta Edad Media, cuando podía soportar militar y económicamente uno de los principales reinos de España, pero claro, se ha revelado incompetente en la época de las grandes economías de escala. -Poco se había movido entre la Edad Media y el siglo XX. -Así es. En la mayor parte de la ruralidad leonesa, empezando el siglo XX, el Neolítico de la tiva o arado romano, de la economía de trueque y de subsistencia, apenas se había meneado. Luego llegó, como digo, la incipiente revolución agraria, entendida como modernización, en los años veinte. Pero esta flor de primavera que trataba de homologarnos a lo que sucedía en el continente se trunca con la involución armada que promueven las burguesías industriales proteccionistas, los plutócratas y los terratenientes. -Si no hubiera habido guerra... -Tras la Guerra Civil, la renta agraria española no vuelve a alcanzar los niveles que tenía en 1935 hasta 1952. Por lo tanto, no es extravagante aventurar que, si no se hubiese producido el golpe fascista, la modernización del campo se hubiera adelantado quince años, habría sido menos dolosa y, principalmente, lo hubiera posicionado en términos más equitativos a la hora de la adhesión a las Comunidades Europeas. Adviértase, para tener una referencia de cómo estaba la economía española en el momento de la sublevación militar, que entonces existía paridad entre la peseta y el franco francés. -Luego llegarían los desarrollistas años sesenta... -Sí, el desarrollismo es esa manera basta, casi despreciativa, por su falta de planificación y sus excesos, de nominar el desarrollo industrial y terciario español; fenómeno que percute de manera brutal en la ruralidad leonesa. -Y se acabó todo un modo de ver la vida milenario. -Es lo que llamo «la quiebra de la tradición». El pueblo, entendido como lugar físico, a pesar de los continuos estertores emigratorios, había sido siempre un seguro de supervivencia, y es entonces cuando empieza a sentir en la nuca, como antes nunca había sucedido, el aliento de un modo de vivir ajeno por completo a las pautas ancestrales. -Es entonces también, como ha comentado en su conferencia, cuando se inicia una imparable sangría poblacional. -Alcanzado el máximo demográfico en torno al año 1960 y con un sistema económico acaparando mucha mano de obra y un alto porcentaje de explotaciones incapaces de alcanzar el mínimo de competitividad, la emigración desaloja de nuestros pueblos alrededor de un 20% de su población. Ahí se van familias enteras. En esa década son destinados al estudio la mayor parte de los jóvenes. También la mayor parte los culminan y, por tanto, se erradican dos tercios de lo que debería haber sido la fuerza de reemplazo. -No se paró ahí la cosa... -Resumiendo en cifras: si en 1960 la población de mi pueblo rozaba los 500 habitantes y su estructura era piramidal, con más de un 50% de ella situada por debajo de los 30 años, en 1980 la población había descendido hasta 380 y los que quedaban por debajo de los 30 años no llegaban a un 30%. En la actualidad la pirámide se ha invertido totalmente y está a punto de desplome: la población ha bajado a los 220 habitantes y por debajo de 30 años no llegan al 20%. -¿Cuál es el futuro inmediato de estos pueblos, entonces? -De seguir así, dentro de 10 años tendremos un paisaje humanamente lunar en medio de un vergel de choperas. La población activa ha pasado del 80% al 8 % en la actualidad. Si lo quieres crudo, esto ha sido así: si en 1960 la población activa era de casi 400 personas, en la actualidad es de 17. O sea, un panorama que nada tiene que envidiar a un accidente nuclear. -Hay quien argumentaría que ese caso se da en otros países europeos, que la tecnología permite ahora producir más con menos... -¿Y? Hemos asumido como algo normal que los pueblos se han de despoblarse para engrandecer las ciudades y que las profesiones agropecuarias han desaparecer; y es que hemos asistido a un fenómeno devastador: se evaporan las poblaciones rurales con capacidad de trabajo, sin darles ninguna alternativa de permanencia en su lugar de nacimiento, es decir, se provoca un éxodo; y lo que es racionalmente insufrible, se les hace creer que se trata de un proceso lógico y beneficioso para los que lo sufre, y que lejos, siempre lejos de donde les colocó la naturaleza, está el paraíso. -Verdaderamente es terrible. ¿Existe alguna solución? -Primero, que devuelvan la inmensa deuda histórica que deben a la región leonesa. ¿Habrá una tierra que, como ésta, a costa de su holocausto demográfico y del expolio de sus recursos medioambientales haya generado más plusvalías, todas lejos, en esas comunidades rapiña que se dicen históricas, lo cual ya es un insulto hacia todas las demás? ¿Por qué este no es el primer punto de los programas de los partidos políticos leoneses? -Tampoco nos va nada bien con esta autonomía, argumenta usted. -Vamos a comparar León con dos provincias con características físicas semejantes: Navarra y Logroño. Provincias que, a principios de los años 70, estaban en los puestos 20 de los PIB provinciales, al igual que León; oiga, mire usted, casualmente, hoy son autonomías; y, además, fíjese, hoy están entre los diez primeros puestos de los territorios españoles, mientras que León ya está alcanzando los tres últimos. Esperemos que se cree, cuando antes, la Comunidad de León. Visto lo visto, peor no nos puede ir. -¿Qué hemos hecho mal los leoneses? -Entre otras cosas hemos tenido la mala suerte de no contar con gente comprometida que haya entendido la variedad y las circunstancias excepcionales de León. No hemos consolidado ningún gran proyecto colectivo ni en los político ni en lo económico ni en lo social, y, lo más decisivo, no hemos contado, salvo una mano de excepciones, con representantes políticos a la altura de este enorme potencial, sino más bien al contrario.

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